#HastaAbajo Estamos pensando mal

Estamos pensando mal. Eso dije por teléfono a unas amigas. Lo dije a mi psicóloga. Y al espejo. Necesitamos una vivienda para nosotras, nuestres hijes y eso nos vuelve vulnerables, chiquititas, con ganas de ahogarnos en cada paso de búsqueda o desencuentro. ¿Estamos pensando mal, quizás, si insistimos en lograr cierta independencia en un paradigma que jamás lo permitiría, en un sistema que se basa en dividir y alienar?

Conseguir alquilar una vivienda –ni me pasa por las venas la posibilidad de ser propietaria- para quienes tenemos trabajo, una profesión que nos da chances, una ascendencia que puede salir a ayudar es una osadía de menor calibre ante la imposibilidad de muchas personas que, por diversas razones, se encuentran solas, sin recursos, con hijes y con violencias variopintas. Sin embargo, en todo hay vulnerabilidad en las entrañas y vulneración en el acceso a un derecho humano, el hábitat, el techo, el tener dónde estar la noche y las mañanas, dónde llorar y morfar, dónde acunar y desnudarse. En paz.

La conformación y la mutación de la familia nuclear nos dejan solas cuando la mano se quiebra. Cuando el dinero no es un objeto más con el cual hacer y deshacer a gusto. Salir a buscar dónde vivir es una apedreada en la espalda con risotadas de fondo. Te hace sentir estúpida e imposibilitada. Entonces, yo decía “estamos pensando mal”. Porque sentirse así por buscar felicidad, estabilidad, autonomía o lo que sea en el sentido del crecimiento, de la libertad, no puede transformarse en un vía crucis urbano. Seguía pensando: hay algo que no cuaja, pues si queremos ser libres sin precarizar nuestra vida cotidiana material y simbólicamente, es que estamos sacándole la lengua a la alienación que nos propone el capitalismo y el patriarcado y ahí o sufrimos o creamos, o sufrimos y nos adaptamos ocultando los costes o creamos. O nos juntamos.

¿Pensaron en el espacio? El espacio para circular, para tirarse al suelo, para desparramar el juego. El espacio sin techo donde salir en tetas en el veranito sin que les vecines hagan círculos con sus labios horrorizados. El espacio como materia de expansión, no como acumulación. El espacio para movernos, ¿quién no necesita moverse de alguna manera? Eso aparece negado o casi negado: si querés llegar con estos suelduchos a un alquiler, el espacio te será arrebatado y todo sucederá casi de costado, chocando las rodillas con paredes y cosas, con los ruidos rebotando y eso. Yo que siempre fui una suertuda en este mundo de miserias, que en las tres casas en que viví tuve espacio, aire, luz, caminos, verdes varios y capacidad de dispersión, ahora que no me da el cuero para, con soltura y tranquilidad, salir a alquilar algo semejante, lloro. Algo tan obvio y tan negado, el espacio.

Antes dejé un guiño: o nos juntamos, dije. Hace años pienso que la experiencia de comunidad es la única que nos salvará de la precariedad y el olvido de nosotres mismes. Salir del núcleo falso del puertas adentro familiar para constituir otras familias, como tanta gente que admiro ha logrado hacer, en el cemento y en el barro. Cuando hay confort y no pica el bicho, quizás pasa inadvertido; yo misma dejé en stand by este pensamiento durante años y ahora, que la constitución de mi familia será otra, porque me separo de mi compañero, porque quiero un lugar para mí y mi hija, intento mudarme y sí, acá viene, el eterno retorno de la intuición, por suerte. Estamos pensando que sólo cambiar el escenario nos acomoda en nuestros deseos –o nuestras impostergables necesidades-, pero tantas veces –como la mía- creo que no, que sólo es un sueño o un artificio medio maltrecho. ¿Qué independencia, qué libertad cotidiana logramos apremiadas por los veintimiles mensuales, por el cuchitril disponible y por las horas de trabajo en aumento para sostener? Pregunto posta, ¿conservar la soledad cotidiana una vez que cerramos la puerta y encendemos la lamparita nos va a hacer más felices hasta las plantas de los pies? ¿O no estamos sabiendo qué hacer dentro de esta opresión sistémica en la que armamos la vida, criamos, existimos? ¿Y por qué nos cuesta tanto a muches salir de esa catástrofe del corazón aún observándola entendides?

Por mi parte, creo que ideas no me faltan, pero tampoco me sobran. Lo que me falta es coraje para enfrentar este paradigma de la injusticia doméstica con un gesto revolucionario. Sacudirme los miedos necesito, si más miedo que esta soledad precarizada no puede haber. ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos? Escribiría esa pregunta en todas las paredes del barrio. ¿Qué hacemos con esta realidad de poca monta, donde la felicidad se sostiene con buena voluntad y no mucho más para quienes no tenemos grandes herencias ni trabajos multinacionales?

Imagino que la comida puede ser una olla grande donde meter verduras de mil colores. Y que hoy mi hija podría jugar con ellas y mañana sus hijes conmigo. Imagino que podría respirar antes de llegar a las aulas como una heroína de esa ficción que deseo crear. Sentir la precarización posible de mi vida por desear unos días más a tono con mis pulsos no me deja satisfecha. No me conformo fácil. No me gusta ceder todo. Así como otros pasos dados, quisiera una idea rayo que fracture nuestra vulnerabilidad y nos ascienda al cielo de las rebeldes que se juntan, que se cuidan, que no entregan el espacio en el que quieren bailar, encender el fuego y echarse a mirar el cielo nocturno cada verano.

Texto: Pamela Neme Scheij

Obra visual: Carla Álvarez. Profesora de artes visuales, artista y mamá. Acompaña niñxs-adolescentes en aulas y espacios de taller -Taller Crisantemo-. Sus imágenes surgen como la necesidad de un grito propio y colectivo.

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