#HastaAbajo Miedo de mí

Por unos días, sentí que mi propio cuerpo, éste que encarna a la que escribe, éste que está escribiendo ahora mismo, podría traicionarme. Me costó ir hacia la ondulación de la confianza en mi voluntad, en mis potencias. Sentía que mi cuerpo podría traicionarme. Peor aún, temía que lo hiciera y yo lo advirtiera a destiempo, tarde. Una tos y el flemástico asco. Un dolor localizado en mi cabeza como un monstruo que me arrasaría las ideas futuras, latentes. Todo era un síntoma de decadencia. Detrás, la chatura. El corazón latiendo estúpido para cualquier parte, ruidoso. Y el llanto.

Cuando los pasados días tuve miedo de mí, lloré sin ritmo. No pude formar cadenas lógicas ni secuencias explicables. Lloré y lloré y lloré por un gesto de cariño. Por un té que me acercaban tibio. Lloré porque la muerte siempre es una posibilidad y nadie la quiere; o sí. Y en esas lágrimas que notaba cortas de agua y hondas de suspiros, no había más que miedo de mí y de las tormentas que podemos ser las personas tristes, o miedosas, o ardiendo. Miedo de que el deseo finalmente sea una chuchería o una farsa.

Cada vez que lloraba por más de 10 segundos, tosía, tosía tanto y desde unas profundidades plexosolares tales que no quería imaginar qué podría salir de allí dentro, de mi cuerpo. ¿Qué podría salir más que aire sobrante y flemas? Sigo pensando que tenía razón en dudar, ¿qué más? Yo temía que saliera algo más vergonzoso, una sustancia peligrosa que no supiera descifrar encerrada y sola.

Al final, creo que todo es diminuto y a la vez, arrasador: el entendimiento, el amor, la vida, el alcance de nuestra rebeldía y nuestra fuerza. Un mensaje y yo lloraba, porque sentía lo arrasador del amor. Un pensamiento y yo lloraba porque sentía lo diminuta de mi importancia. Es como un subibaja de plaza conurbana: rotosa la madera, indescifrable su color, alarmante su chirrido, pero sube y baja aún. Así el cuerpo y la necesidad del cuerpo. Así el miedo de mi propio cuerpo. No sé qué registro queda, con sello y todo, en la memoria luego de temer la propia posible, amenazante traición a mí misma.

Si queda algo cuando los días y el trabajo me expriman, que sea secreto, que nada lo banalice, y que perdure para cuando una próxima vez la escalada sea más terca -porque éste ha sido un desastre interno sutil, comparado con otros tránsitos ajenos-.

Camila Sosa Villalba, el domingo, dijo a Tamara Tenenbaum, su ocasional entrevistadora, que estaba decepcionada con “nosotros mismos” como sociedad porque “llegó un punto en que no supimos nada, pero tampoco estamos siendo capaces de inventar nuevos saberes. Toda la creatividad se nos pone en el saludo con el codo ¿viste? Y nada más. Hasta ahí llegamos”. Y me dio bronca a la vez que creía cierto aquello que leía. A mí también este devenir me decepciona, como si dejara unos cuantos minutos por cada hora del día de creer en todo lo que creo. Como si perdiera la confianza en la transformación, en las salidas victoriosas de esta crisis humana. Estos días tuve miedo de mí, y asco y vergüenza por mis cobardías. Y tras leer la entrevista, supe que también me daba impresión la corta visión de la que me creo parte; un pullover que fue chaleco y nos conformamos, sin más, aunque se nos hielen las muñecas. Un querer no cambiar y si lo hacemos, refunfuñamos. Una tergiversación de la rebeldía o un anquilosamiento de lo que ya no podrá servirnos nunca más.

Me dan ganas de patear hasta la computadora por el miedo de mí que sentí varios días y por creer que ya pasó y que todo es una desilusión ante la cual debería mejor engañarme para andar liviana. No sé en qué pienso exactamente cuando escribo todo esto, porque en nadie pienso en concreto, sino la sensación de desgarro y desgano. Esa misma que una amiga me viene contando, ésa más colectiva que no entiendo cómo y cuándo se alquimizará. Porque es la pandemia pero también somos todes nosotres, rebotando entre calmarnos o cebarnos, entre callar o gritar, entre hacer como máquinas o dormir como perritos.

No tengo respuestas. Las preguntas me parecen una pavada y relevantes a la misma vez. Es girar y tratar de no vomitar. O hacerlo, bancarse la humillación de perder, y ver qué sale del cuerpo, sin tanta expectativa.

Texto: Pamela Neme Scheij

Collage: Valeria Dincoff. Del Oeste. Mamá, docente y coordinadora de los talleres La Cueva de Las Manos / Mi Mundo Creativo. Integrante de Mutágenas Artistas del Conurbano. La fotografía es uno de sus modos de registro del recorrido que va transitando en la vida. Otro es el arte plástico, a través del cual se deja llevar por la exploración y el deseo. El collage es hoy para ella una técnica infinita que la representa.

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