Curso exprés para conocer los mitos de las feminidades (y sus efectos en nuestras vidas) Amor Romántico

¡¡¡Oh, el amor, el amor!!! Con el amor se come, se cura y se educa. ¡Ah, no! ¡Ésa era la democracia! Convengamos que no es justamente democrático este tipo de amor.

En esta última entrega, les propongo repensar un tipo específico de vinculación que se construye socio históricamente como el modo por excelencia. Les invito a desarmar el amor romántico, el cual pone en jaque la noción de amor en sí misma ¿es realmente amor lo que comprende este mito?

El amor romántico, producto de la modernidad, plantea un modo de enamorarse, asociado al “emparejarse, de una vez y para toda la vida”. Veremos cómo, este mito, en el mismo acto que une, desiguala a una de las partes.

Repasemos un poco

Durante anteriores entregas, nos aceramos a lo mitos y la manera en que marcan diversos modo de circulación por los mundos público y privado, disciplinando nuestros cuerpos, deseos y vidas, reglamentando aquello que podemos o no podemos hacer. En el caso de las feminidades, este “poder hacer” está vinculado con lo que socialmente se consideran actividades desvalorizadas, por ejemplo, tareas de cuidados y crianza en el mundo privado. Asimismo, cuando estas tareas se realizan en el mundo público, además de ser desvalorizadas, tienen una remuneración inferior a otras. ¿Por qué? Porque la construcción sociohistórica comprende la afirmación en la cual dichas actividades deberían hacerse por amor, como si existiera una “esencia femenina” que nos marca los rumbos y modos que estos debieran seguir. El amor romántico, aquel que contiene los demás mitos de las feminidades, se posiciona a partir de la modernidad, como el modo de vinculación por excelencia y el más importante para las mujeres cis.

Aquí haremos una distinción entre el significado de las palabras que le dan nombre a este mito y lo que comprende en sí; el amor romántico es asociado al amor verdadero, puro, desinteresado e incondicional (Herrera, 2018), lo cual condicionará que las feminidades depositemos en él gran parte de nuestra energía. Durante el recorrido, nos adentraremos en cómo este mito nos entrampa, mientras justifica malestares y violencias. Podemos pensar el amor romántico como un combo en que se incluyen cuestiones muy poco amorosas.

Recordemos que, con el surgimiento de la modernidad, se genera un reacomodamiento social que mantiene su estructura hasta la actualidad. La familia nuclear, como institución primera, sentará sus bases en dos ciudadanes en “igualdad de condiciones” que se eligen por amor y construyen un proyecto en común. En esta dinámica social, las mujeres cis serán preparadas durante sus primeros años de vida, para ser elegidas por un varón que las represente en el mundo público y provea los bienes necesarios (simbólicos, eróticos y económicos) para la conformación de una familia (con el formato de padre, madre e hijes). Las mujeres cis serán las “reinas del hogar”, quienes realizarán las tareas domésticas, de cuidado y de crianza, entre otras. Para justificar la gratuidad de estas tareas, nuevamente aparecerá el amor (Fernández, 1992), considerándolo lo más importante, el objetivo fundamental para las feminidades.

El cuento del amor romántico comprende dos mitades incompletas, que deben encontrarse y unirse, con la promesa de felicidad, completud y la cena especista con perdices incluidas. En este cuento, el amor todo lo puede, valdrá la pena sufrir, será parte del combo. Las tareas realizadas en el hogar y por las que no habrá un intercambio monetario, serán realizadas por el amor que las mujeres cis “llevan dentro”. El costo, la carga metal, el tiempo de dedicación, será invisibilizado y desvalorizado en un mismo acto. Los estereotipos subyacentes reproduciéndose aun hoy; muchas veces, se encuentran disfrazados en diversos formatos e instituciones, por ejemplo medios de comunicación, publicidades, chistes, que sustentan la obligatoriedad de estos roles, que nos entrampan como únicas proveedoras de afectos y cuidados.

¿Cómo aparece el amor romántico en la actualidad? ¿Cómo impacta en nuestras vidas?

Para repensar estos interrogantes, partiremos de la asociación feminidad-amor-entrega-exclusividad-postergación. Mandatos que encontramos escondidos dentro del amor romántico y consideran el “amar a otres” en tanto detrimento del amor propio: postergación, resignación, incondicionalidad y tolerancia; utilizando como justificación los discursos que asumen una capacidad natural de dar amor, por ende, la capacidad de ser buenas mujeres. Si los cuidados son socialmente leídos como demostración de amor, se borra la posibilidad de otorgarles un valor y visibilizar el costo que conllevan. En cambio, se valorizan los indicadores de postergación, resignación, incondicionalidad, logrando así “romantizar” el amor romántico; cuanto más nos posterguemos, mejores mujeres seremos. Quedarán idealizados e invisibilizados los costos que estas tareas conllevan, mientras que se dará relevancia al amor de pareja e hijes por encima de otros amores. Con la premisa que plantea este “amor” como el que sostiene el funcionamiento del mundo público-productivo desde el privado-reproductivo, pero sin la consideración de los costos para quienes realizan la tarea.

En este modo romantizado de vincularnos, podemos encontrar una fusión que borra la singularidad; mientras que si éste no se concreta, el fantasma de la “incompletud” rondará sobre nosotras, seremos mujeres en menos (Fernández, 1993).

Coral Herrera (2018), afirma “lo romántico es político”, dado que puertas adentro encontramos disputas de poder y dominación, imágenes en bloque (Hercovich, 1992) coaguladas de sentido respecto a qué significa aquello que llamamos amor romántico. Mientras, con el lema “somos el uno para el otro” se naturalizan, justifican y romantizan violencias, controles y opresiones. Insisto en aclarar que no estoy planteando una universalidad para todos los tipos de vinculaciones amorosas, sino que me remito a aquellas que responden al amor romántico, patriarcal, capitalista y cis heteronormado, el cual lleva a unes a aguantar y sufrir en nombre del amor, mientras que niega la posibilidad de vinculaciones amorosas para otres. Como lo plantea Williams Sequeira Peres (2013): “estar y vivir en el closet, se configura tanto en términos de los amores y prácticas sexuales secretas posibles de expresarse solamente en los espacios privado-intimistas de los guetos, como de la reafirmación de la creencia que solamente los amores y prácticas heteronormatizados están autorizados a expresarse libremente bajo la luz del día y en plazas públicas.”

¿Cómo trasciende el amor romántico?

El amor romántico se cuela en nuestra cotidianeidad, las feminidades lo hacemos carne para una romantización de la vida en general, así desoímos inequidades, des-jerarquizaciones y violencias. Consideramos que el amor todo lo puede, todo lo sana y todo lo justifica, una omnipotencia amorosa que impide encontrar con claridad nuestros propios deseos, anhelos, sueños y modos de amar, mientras construye un mandato en el que, si se hace por amor, no cansa, no agota, no nos cuesta, sino que es parte de “la esencia femenina”.

La provisión de amor a demanda, como algo inherente a la feminidad, nos deja ancladas en el mundo privado, como las mejores opciones para otorgar cuidados y amorosidad. A la vez, esta modalidad de vinculación desacredita los demás modos de amar, ya sean vínculos sexo afectivos, parejas, vínculos poliamorosos, amor libre, de amistades o familiares y, por sobre todo, hacia nosotres mismes.

Amor romántico y violencia de género

Considerando la lógica “lo romántico como político” (Herrera, 2018) y la consecuente jerarquización de una de las partes en detrimento de la otra, podemos entender las lógicas de vinculación del amor romántico como la base de las violencias de género. Profundicemos un poco en esta afirmación. En el ciclo de la violencia, encontramos tres etapas fundamentales: ACUMULACIÓN DE TENSIÓN > ESTALLIDO DE LA VIOLENCIA > LUNA DE MIEL. Luego de las situaciones de violencia, más o menos explícitas, aparece el arrepentimiento por parte del agresor; en esta etapa, denominada “luna de miel”, se reafirman los pactos del amor romántico: “la media naranja”, “el amor todo lo puede”, “incondicionalidad”, “entrega”, generándose un manto de amnesia y borramiento de las violencias sufridas. Este mecanismo provoca que cada situación de agresión sea considerada un hecho aislado (por ejemplo: “estaba nervioso”, “yo hice mal la comida”, “es mi culpa por ser así”, “no lo va a volver a hacer”) cuando, en realidad, son partes de un encadenado de sucesos, etapas de un ciclo continuo que va aumentando la intensidad a lo largo del tiempo.

Operan factores tales como “vínculo=completud” junto con el armado que responde a “no tener pareja es estar sola”, la afirmación de que “el amor todo lo puede”, la postergación como mandato. La hegemonía de este modo de vinculación la enaltece como fundamental y prioritaria, afirmando la agresión como inherente a los vínculos amorosos, asociando el amor con el sufrimiento; nos encontramos aquí con la “justificación amorosa” para las inequidades y violencias.

Lograr desasociar el amor y las violencias es un proceso sumamente complejo que conlleva replantearnos cada una de las lógicas y estructuras que sostienen nuestras vidas. La emancipación de vínculos violentos implica dificultades asociadas, entre otros factores, a los mandatos de “amor para toda la vida” y “amor sin condiciones”.

Asimismo, y sin dejar de considerar la complejidad y urgencia que conlleva esta temática, la cual se desarrolla en amplia variedad de investigaciones, escritos, artículos, etc., considerar que otros modos de vinculación son posibles es, al menos, esperanzador, en un contexto en el cual los índices de violencia de género son profundamente alarmantes. Les invito a pensar ¿qué amores nos sostienen y acompañan cuando el amor romántico hace estragos en nuestras vidas, dejándonos esa sensación de fin del mundo, de haber fallado?

Propuesta emancipadora, modelo para armar

Coral herrera (2020) nos invita a encarar la revolución de los afectos y las relaciones. Quizá la propuesta debería sumar el empezar a llamar cada cosa por su nombre. Mientras que el sistema patriarcal hace el circuito inverso, metiendo en una misma bolsa (con una etiqueta que dice “amor romántico”) una mezcla de mandatos, sentimientos, acciones y opresiones.

Consideremos, primeramente, la diversidad existente en los modos de vincularnos, por lo cual, es fundamental conocer qué aceptamos y qué no en esa vinculación. La obligatoriedad de enamorarse y que este enamoramiento sea desde la cis heteronormatividad, cumpliendo pasos como: emparejarse, el matrimonio, les hijes como demostración del afianzamiento del vínculo, la entrega y postergación, el quedar anclades en distintos ámbitos según nuestros géneros, son construcciones sociales que operan como mandatos, junto con la afirmación de la vinculación amorosa obligatoria y la monogamia como modalidad hegemónica. Ante este panorama de la realidad, consideramos la ética amorosa**, la noción de respeto, paridad y equidad como premisa para vincularnos con otres, invitándonos también a encontrarnos con interrogantes: ¿Qué entendemos por amor? ¿Qué modo de vinculaciones elegimos? ¿Cuáles son nuestras condiciones para vincularnos? ¿Elegimos vincularnos sexo afectivamente?

Insisto, el amor romántico es un tipo (no el único) de modalidad para vincularnos y comprende muchas características que nada tienen que ver con nuestras capacidades de dar o recibir amor. Quizá este recorrido permita que el amor no sea reconocido solo como el amor de pareja y que el amor de pareja no sea entendido como sinónimo del amor romántico. Entonces, poder habitar relaciones donde consideremos importante nuestro sentir, siempre en un marco de respeto y paridad para aquelles con quienes nos estamos vinculando, con pactos y acuerdos claros.

Abrir el juego y comprender que los vínculos sexo afectivos no necesariamente tienen que ser los más importantes (eso dependerá de si lo elegimos de ese modo, en ese momento, con ese/s otre/s) los coloca en un lugar de horizontalidad respecto, por ejemplo, a los vínculos de amistad, dado que muchas veces es el amor de les amigues el que nos abraza y nos contiene.

Considerar claves como el respeto y la ética amorosa dentro de los vínculos, con pactos singulares, que a su vez no abarquen la totalidad de nuestras vidas, nos permitirá encuentros sanos de amorosidad mutua. Evitando así la postergación o desvalorización de nuestros sueños, proyectos, anhelos y deseos.

Construir nuestra propia noción de amor, priorizando el autocuidado, nos permitirá desarmar el sistema atracción – conexión – sexualidad – vinculación – proyectos en común como sinónimos de control – postergación – exclusividad – darlo todo por amor para construir las vinculaciones amorosas que realmente elijamos.

*Los borradores de las cuatro entregas de este curso exprés fueron leídas y corregidas por parte de mis redes amorosas, entre elles María Luz Ruiz Campos, Mariel Lazaroff, Malena Martinez, Jess Gutman y Pamela Neme Scheij. Este trabajo no hubiera sido posible sin sus consejos y sugerencias.

**Conversaciones con Lic. Evangelina Mauri. Psicóloga, docente de la cátedra Introducción a los estudios de género (Psicología UBA), Red de Psicólogxs feministas, concurrente Hospital B. Moyano.

Referencias

  • Federicci, S., 2004. Calibán y la bruja. Traducción al español. Ed. Traficante de sueños. Madrid, España.
  • Fernández, A. M., 1992. La mujer de la ilusión. Paidós. Buenos Aires Argentina.
  • Herrera, C., 2018. Se ha disfrazado de amor el control y la dominación. Público. Recuperado en: https://www.publico.es/sociedad/amor-romantico-coral-herrera-disfrazado-amor-control-dominacion.html
  • Herrera, C., 2020. Dueña de mi amor, contra la gran estaba romántica. Efeminista. Recuperado en: https://www.efeminista.com/duena-de-mi-amor-mitos-amor-romantico-mujeres/
  • Hercovich I., 1992. De la opción “sexo o muerte” a la transacción “sexo por vida” en Fernández A., 1992. Las mujeres en la imaginación colectiva. Paidós. Buenos Aires, Argentina.
  • Siquiera Peres, W.(2013). Políticas Queer y subjetividades. En Fernández, A.M. y Siqueira Peres, W. (Comp.) La Diferencia desquiciada. Géneros y diversidades sexuales (pp. 27 -40). Buenos Aires, Argentina

Texto: María Luján Costa. Licenciada en psicología (Universidad de Buenos Aires). Diplomada en género, sociedad y políticas (Flacso). Docente Cátedra “Introducción a los estudios de género” D. Tajer (Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires). Adjunta Cátedra “Perspectiva de género” D. Tajer (Facultad de Psicología, Universidad ISALUD). Red de Psicologxs Feministas. Miembro de Spot Consultora en género y diversidad.

Obra visual: Flor Venditti. Ilustradora y diseñadora de indumentaria (UBA). Instagram: @florilustrame

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