Estamos confundides, no hay por qué ocultarlo

Estamos confundides, no hay por qué ocultarlo. La novedad y la ferocidad de esta pandemia, si bien se podían suponer, no dejaron de impactar de ese angustiante modo: novedosa y ferozmente. Y a eso, el paso del tiempo y las reiteradas complicaciones, recrudecimientos, secuelas, pérdidas. Y a eso, la incertidumbre con la que siempre vivimos pero desnuda, ya sin disfraz, ya sin ficción posible. Así, cuerpo a cuerpo. Nosotres y el límite.

Hay quienes desean la vieja normalidad. Quienes imploran transformaciones radicales y que se instalen, entre la ilusión y el hartazgo de ese mundo prepandémico que era tan desastroso como éste, aunque con otro aspecto. Hay quienes confían en su Estado representante correspondiente con devoción, o confianza bastante amplia, o por miedo o por entendimiento de los mecanismos de la vida en sociedad bajo este sistema político. También hay quienes sienten que ya no hay nada que valga la pena hacer; o que cualquier medida de tal gobierno o de cual institución es una estaca a su libertad individual. Hay de todo, como siempre. Pero las venas se hincharon y “de todo” se vuelve una guerra. ¿Cuándo dejamos de vernos y ver a les otres como personas con las cuales identificarnos o empatizar? ¿En qué desayuno olvidamos nuestra suerte o anhelamos sin respuesta, con ansias de revancha sin brillo, nuestra falta de? ¿Por qué hay quienes dicen sí frente a la televisión y hay otres quienes dicen sí frente a la televisión? ¿Dónde estamos parades?

Claramente, yo no tengo ninguna respuesta a esas preguntas. Pero sí puedo dar testimonio de que durante estas semanas volvió a intensificarse en mi cuerpo el temor a perder la calma y la salud -que tengo el privilegio de poder cuidar, tanto por las condiciones materiales en que vivo, como por una serie de saberes sobre el cuerpo, el alimento, la psiquis-; el temor a perder a mis viejxs o a ver sufrir sin abrazos a otres. Incluso la pena infinita de imaginar la muerte en soledad.

En estas semanas, entré a las aulas y hablé sobre el lenguaje, la literatura; escuché a les estudiantes, pensamos juntes, reímos y leímos. Me fui moviendo por el largo de cada pizarrón llena de esperanza. Me daba el sol de una galería en el cambio de hora; el fresco de la noche en la bicicleta volviendo a mi casa. Casi que se me olvidaba la tragedia. Sentía que había esperanza si había paciencia, esfuerzo bien conducido, trabajo colectivo y deseo. Luego, me encontraba con la lujuria de les imbéciles y la necedad de les inocentes; me encontraba con chicanas entre mafioses de la clase política, que se cagan en todes, y con colegas escribiendo en grupos de whatspp a la medianoche, creyéndose abanderades de la justicia divina que dicta que em que emmm eeeh emmmm. Bueno.

Estamos confundides, no hay por qué hacernos pasar por paladines de la verdad, porque ni conocemos nuestra fecha de caducidad cierta, como particulares, ni como especie. Estamos caminando lejos y sin calzado por el polo heladísimo. Se nos rajan los pies desaforadamente…¿De qué verdad nos creemos que hablamos cuando afirmamos que hay un solo camino correcto, el que nosotres vemos? Existe algo que se llama humanidad y ésta supone contradicciones, reflexiones, más contradicciones y la chance de, en ese enrulado devenir, o bien accionar por el bien común o bien creerse sabie y rebelde, dando por el suelo con todas las diversas realidades humanas que no se conozcan de primera mano; o que no se nos parecen; o que nos estorban. Eso sí, con argumentos liberales, algunes; de otres, libertarios con descuento; de otres, plagades de indignación primal disfrazada de signo político/apolítico/neoliberalis.

La escuela de los suplicios

El ejemplo que más me (re)corre es el de la educación escolar, por mi rol docente y por mi maternidad de una personita en segundo grado de primaria. ¿Qué importancia tiene la presencia de los cuerpos, con sus expresiones sutiles, la voz entonando y rompiendo, la observación de la mirada, al momento de interesarse en una propuesta, avanzar sobre ella, autosustentarla? Una enorme importancia. No hay que ser pedagogo para saberlo. ¿Pero cómo se posibilita esa experiencia fundamental y se saca provecho de la educación presencial en las aulas en un contexto de crisis, sudor y lágrimas, en esta urgencia de muertes? Si se ameseta o se mejora la situación, claro que sí, aplicamos un paréntesis -no de los cuidados, sino de las noticias, de los avances y retrocesos de la coyuntura- y disfrutamos, aprendemos, damos rienda a ese encuentro educativo. Pero cuando no sucede así, como ahora mismo viene no ocurriendo, por las casi 30mil personas contagiadas enfermando diariamente, ¿de verdad creemos que hay que pagar aún más costos fácticos con la vida de ancianes, adultes, jóvenes y niñes? ¿De verdad creemos que debemos, como sociedad y el Estado como representante ejecutor de políticas públicas, dar por sentado el colapso sanitario viendo gente morirse sole, asfixiade y sin ayuda, en favor de “las clases presenciales”? Y esto no es el juego de quién es más sabionde o estratega, no se trata de a qué le damos mayor importancia, si a la escuela o a la recreación gastronómica; acá estamos hablando de pueblos diversos y desiguales en el acceso a derechos, con Estados que deben responsabilizarse por sus ciudadanes, todes. Acá estamos hablando de una tragedia donde buscar el mal menor y menos inmediato porque les más desfavorecides se hunden en la miseria y en la censura de la vida, así, sin más. No es clases sí o clases no, es el modo en que se desarrollen mientras salvamos a la mayor parte de nuestres compatriotas de perder la vida sin un maldito abrazo.

En todo este año, habría que haber exigido más y logrado soluciones en torno a la educación formal, como por ejemplo, la segura universalización de recursos tecnológicos. Ahora bien, fallado en eso, ¿qué? Se vino el segundo acto del drama y ¿dejamos que sea peor el remedio que la enfermedad? Quiero decir, ¿nos parece una locura cerrar algunas semanas las escuelas y continuar como se pueda a la distancia porque no se hizo a tiempo lo que se debió hacer, como si se tratara de una revancha contra nosotres mismes, al fin? Vamos. Yo amo dar clases, amé ir al aula a trabajar estas semanas, amé ver la sonrisa de Cielo al volver de su escuela. Pero más amo tomarme un café con mis viejxs de 80 años, que podamos rompernos de risa con una película con mi misma hija, que podamos caminar por la tardecita con mis amigas, a 2 metros e intuyendo las sonrisas cómplices. Pero ojo, esto que nombro son privilegios de una mina de clase media que trata de no caer en su propia vanidad. La realidad de la mitad o más de les argentines es muchísimo menos favorecida y elles sí desearían, yo creo, ir a la escuela o mandar a sus hijes sin preocupación de enfermar o morir, desearían trabajar mientras les niñes y jóvenes estudian para su mejor futuro, desearían tener el plato lleno, la pilcha abrigada y el techo de tejas españolas. Pero no. Y ahí el Estado debe desplegarse lo mejor que su conciencia, su idoneidad y sus recursos lo permitan. Cuando no hay voluntad de salvar los cuerpos, menos habrá vocación de salvar las almas. No seamos ingenues. Especialmente, porque no aprendemos con hambre ni con miedo, ni educamos con un respirador artificial entre las mejillas.

Somos lo que comemos

Paremos con esto. No porque no crea de base en esa premisa. Pero, agraciades del capitalismo y radicalizades del ecologismo, paremos un poco, por ahora, con esto. Sí, funciona para quienes podemos elegir qué, cuándo y cómo comer. Incluso para quienes ni idea tienen de que comerse una salchicha no cuaja en ninguna vida en salud. Incluso para quienes meten coca cola en la mamadera de sus bebés. El punto es que, de fondo y estructuralmente, la salud y la alimentación, es decir qué comemos y qué se banca nuestro cuerpo como agresión interna y externa tienen muchísimo que ver. Ahora bien, ese punto a quiénes les sirve en su cotidianeidad. Porque si no tengo más que fideos hechos con harina de pésima calidad para llenar la olla, o no morfo o me los morfo. ¿Y el Estado no debería ya trabajar urgentemente para que todes nos alimentemos –y así fortalecer nuestras defensas- en vez de sólo procurar que comamos o ni eso, o en vez de obsesionarse con la vacunación masiva? Claro, sí, pero es un camino y con sacarnos el barbijo para cantar que el sistema está mal y que como no acuerdo con la ignorancia del Estado y las instituciones, haré la vida según #misreglas, lo que hago es hacerme el anarconewage y cagarme en todes quienes no viven como yo. Chau, pibis, engaño neoliberal si los hay. No se crean que no veo justicia en hacer estallar el capitalismo extractivista, el patriarcado y la mar de males con que devastamos el mundo y a la misma humanidad; pero al barco de las dicotomías no me subo porque creo en la evolución a través de los trapos de las contradicciones, en ese aguante a cagarla y repensarla hasta lograr una verdadera mejora o un cambio radical. Porque creo que las verdades reveladas pueden disimular un sálvese quien pueda. Porque creo que las personas tenemos más miedos que aciertos. Incluso los Estados…que están hechos de personas. Incluso las escuelas que educan personas. Incluso yo, obvio.

Todo esto para qué

Para nada, para sacarme la bronca. Para decirles a todes quienes piensen parecido a mí que no somos sumises por escuchar y acatar por las dudas, por no saber del todo, por hacer lo que nos dicen ya sea por nuestra intuición, ya sea por nuestro miedo. También para decirles a todes quienes no piensen ni parecido a mí y vean lo menos progre de mi currículum en este texto que está todo bien con su camino en la vida, que lo comparto en gran medida, ideológicamente, pero que, por favor, en serio, por favor, no obvien que no todes tenemos ni la misma suerte, ni las mismas agallas para ser valientes y arriesgades. Incluso que podemos estar re equivocades, pero si se limitan en sus ganas de respirar sin tapabocas o de salir de farra en masa, nos dan al resto una mano; si nos cuidan apenas, tampoco tanto, como para vivir lo suficiente y así darnos cuenta de esos errores. Y para la revolución.

Texto: Pamela Neme Scheij

Obra visual: Carla Álvarez. Profesora de artes visuales, artista y mamá. Acompaña niñxs-adolescentes en aulas y espacios de taller -Taller Crisantemo-. Sus imágenes surgen como la necesidad de un grito propio y colectivo.

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