La memoria como destilación y resistencia

Conviví con la realidad de la ausencia de mi tío Jorge Agustín Palacios Alcaraz desde que nací. Digo ausencia y no desaparición porque aún recuerdo los primeros años de mi infancia como un descubrimiento de lo innombrable. Era muy pequeña cuando escuché en la voz de mi abuela la angustia por temer lo peor, la crueldad sobre los cuerpos de lxs que no estaban, en fotografías blanco y negro que habían sabido ocultar o que habían llegado como noticias clandestinas de lo inminente. Yo, sentada al lado de mi abuela, como en un pacto de revelación que me llevaba, a mis tres o cuatro años, a una meditación y somnolencia extensa que aún perdura. Aún no eran desaparecidxs, sino que la explicación alternaba con un trabajo desconocido que lo retenía durante años y luego, con la espera de que la información que manejaba mi abuela se cumpliera.

Mi abuela recibía llamadas telefónicas de distinto tipo, incluso durante la democracia siguió recibiendo esas llamadas que la atosigaban y la perseguían, llegaron a pedirle dinero entre otras cosas.

El dato que mi familia manejó desde el comienzo es el mismo que aún perdura: Jorge y Rosa (Kazgudenian) fueron asesinadxs en un tiroteo en su casa de Morón, donde vivían clandestinamente, el 6 de enero de 1977. Yo sólo tenía 6 meses, pero la presencia de mi único tío, más joven que mi papá, acompañó toda mi infancia a través de un payasito que me dejó en alguna visita en mis primeros meses. Payasito que conservo con el pañuelo de mi abuela. Este muñeco tuvo distintos significados a lo largo de mi vida, como la representación del juego, de la máscara, como si fuera un pequeño talismán que espero algún día nos conduzca a saber la verdad. Pero, también no puedo dejar de asociarlo con algo que una vez me dijeron los integrantes de los macocos, grupo teatral que me encantó, lxs desaparecidxs hoy trabajarían con lxs chiques, haciéndoles reír, ayudando a las niñeces a construir su sensibilidad.

En mi adolescencia, la figura de mi tío representó un ideal de compromiso social, de actividades que no tenían forma para mí, pero que tenían un valor imprescindible, y que creía era compartido por la mayoría de las personas. No entendía muy bien la distancia emocional, ni afectiva de muchxs compañerxs en la escuela por ejemplo, ni el racismo, ni la discriminación; desde el comienzo, eso era signo de que las cosas estaban muy mal. No pude verbalizar ni actuar durante los 90’ como me hubiese gustado; terminé la secundaria y comencé la carrera de Letras, ahí recuerdo que mi conflicto era articular esos saberes desmedidos para mis posibilidades con la realidad. En una oportunidad, fui a hablar con Hebe, no le pude contar que tenía un tío desaparecido. Pero, por alguna razón, me preguntó donde trabajaba y cuando le conté que enseñaba en el Barrio Ejército de los Andes, me alentó sobre el valor de estar en ese lugar, de trabajar con lxs chicxs de las clases populares. Eso fue un aliciente para mí. Hebe, recuerdo, era una de las madres que llamaba a mi abuela y la estimulaba a seguir.

Un poco por mi trabajo y por mi necesidad de implicarme en el lenguaje poético, me costó muchísimo asumir una voz para decir, para decirme que el agua turbia que rodea mi infancia no se conforma con enunciados establecidos, ni frases hechas, reconocerme en lxs otrxs es parte de un diálogo aún inconcluso, como los mensajes de luna en botella que no encuentran la respuesta, porque a quienes queremos oír, escuchar y tocar no están.

Mi dolor fue adquiriendo formas con los años, imágenes de sótanos oscuros, terrazas por donde escapar si venían los militares a buscarnos, se mezclaban entre sueños y recuerdos de juegos infantiles que teñíamos de lo que percibíamos o escuchábamos. Escribía desde hacía unos años, pero fue ahí que pude visualizar las palabras que me faltaban para compartir: escribí un libro que se llamó alambique durante años, donde pude plasmar algunas palabras y algunas sensaciones que me generaba mi abuela, Agustina Alcaraz. Ella tenía una huerta muy grande y un parque lindísimo que durante años la mantuvo ocupada, antes de enfermar. Provenía de Villa Mercedes de San Luis y siempre conversó acerca de su origen querandí. El folklore, el amor por Evita, los relatos de sus experiencias con flores, su conversación con lxs muertxs, su profunda espiritualidad se mezclaban con el relato de su hijo menor y la certeza ciega de que volvería.

Con los años su historia, como inmigrante del interior, oscura, aborigen o india, como se sentía y la de su hijo, mi tío, Pedro como militante político de la agrupación montoneros, Peter en la escuela porque había aprendido muy fácilmente el inglés, me resultan nítidamente unidas como expresión de lxs que no tienen voz, a quienes se intenta asimilar, conducir, aterrorizar, borrar por representar un modo diferente de pensar y pensarse en el mundo. Nuestras mujeres indígenas del buen vivir lo llaman “terricio”, distintos momentos del planteo global capitalista sobre las cosmovisiones diferentes. El genocidio y el ecocidio son partes de este avance criminal sobre nuestros territorios, avance extractivista económicamente, pero que es más profundo porque es un avance sobre las subjetividades.

Cada tanto, pienso que las cenizas de mi abuela oscurecen mi lenguaje y caigo en abismos de duda y sospecha; pero los datos reales de este plan sistemático fueron y son clarísimos. Creo convincentemente que el inconformismo de la semilla se nutre de las cenizas como la palabra de la lengua culpable. No renunciar, apropiarse de los enunciados presuntamente transparentes para desnudar los petroglifos de nuestra memoria; es la orfebrería poética que está en nuestras manos. Y en esta tarea, tengo un inmenso agradecimiento a quienes me permitieron ser interlocutora en este campo poesía-memoria, como mi terapeuta Perla Zimnowicz, poeta, que me permitió ir llevando la palabra a la herida, para cobijar mi carne viva. Y luego el inmenso trabajo en la clínica de poesía de Liliana Lukin, que mitigó la distancia con el cuerpo de la historia, y trabajó con mi palabra dándole entidad que, en ese momento, era existencia poética.

¿Cómo no ver que son las palabras de mi abuela oscura las que hablan a través de mis ojos? Esta fue la primer revelación en el proceso poético terapéutico al que arribé después de muchas cavilaciones sobre la necesidad de decir, la angustia del no poder. La escucha principalmente de mi amiga Tania García Olmedo, nuestras cartas sobre nuestras abuelas, la música que emergió de las abuelas oscuras que cantan y las abuelas cristianas que rezan, como en un susurro, para abrirse paso en la espesura; hoy lo visualizo como un acto surrealista de resistencia.  Y estos poemas, mis primeros poemas trabajados con esta intencionalidad en Alambique (Tersites, Buenos Aires, 2006), fueron parte de un viaje hacia mi interior para reconocerme como parte de una historia que supura.

Genealogía

Debajo de mis piernas

voces aturdidas

despliegan

la enredada madeja

del futuro.

Una conquista sobre

sótanos

bauleras

desvanes.

Secretos tribales

de los niños escondidos.

Profecías de cristal

vengando otros olvidos

rotos.

Cantos sin pausa

para no escuchar

si nos venían a buscar.

Representación

Cuerpos de nylon

flotan

en las espinas de los cactus.

Mis piernas, descalzas

en azulejos

de mármol oscuro:

Sacrificio del espacio

por una búsqueda incesante.

Documentos íntimos

extirpados.

Hemíptero

Pánico

al ojo de la bestia.

¿Quién escudriña

la procesión de calas y violines?, un hombre

vestido de gris celebra

un entierro sordo.

El espacio se hace nostálgico:

pánico

al ojo de la bestia

que se posa

sobre la ranura secreta.

Un Hombre vestido de gris:

ornamento.

Último rastro de la ausencia.

La procesión de calas y violines

mutila

ahora

el espacio ensordecedor.

La música se eleva,

la marcha en orden:

uno

tras

otro

uniformados.

Amarillean las calas.

Un hombre vestido de gris,

pánico al ojo

de la bestia de los violines.

La obertura final: el entierro sordo,

el viaje.

Yo también soy sepulturera

del cuerpo público.

Desde la vía

todo parece

pánico.

Un caleidoscopio de lo percibido.

Tráfico

Débora acaricia la mirada

de sus hijas,

sabe que no hay sintaxis de la muerte

que pueda extirparle

su fe.

Débora canta la mudanza

de las fuentes claras,

de los frescos ríos

en degradé.

Las ideas brillan pálidas,

como chispas erráticas

por instantes estallan,

y luego se retiran

como bruma.

Dark, dark, dark

They all go into the dark.

Sus párpados esperan

exhalan y caen.

Piensa que eran seis las que se llevaron.

Y sueño que sueña otro sueño,

cae rendida en muerte.

Donde antes lo veía

ahora sólo sueños,

pero leche,

blanca leche de tus senos,

la más chica

sube tu remera

y mama,

rendida no

se debe.

El desierto contractual

cubre el cuerpo de las nenas

como ejércitos

sin virginidad.

El jardín

Escondía el bordado gota a gota de miseria en las ondulaciones del cabello de los lirios. También azucenas, moviendo sus copas gatunas sobre el pecho de las albahacas, girasoles y ciruelos, que amargas mutilaban sus brotes para la ofrenda nocturna.

Texto y poemas: Victoria Palacios. Docente y Poeta. Escribió Alambique (Tersites, 2006); Los goces de Dafne (CILC, 2009); Turbantes (Ediciones la Biblioteca, 2014). Participa de la Agencia Paco Urondo y es parte de Mutágenas Artistas Feministas del Conurbano.

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