A 45 años del Golpe, no olvidamos

Escribir simplemente 45, como un número cualquiera, es por cierto muy fácil. Pero darle a ese número el significado que tiene hoy, en la Argentina de hoy, seguramente remueve mucho y también recrea la tragedia que empezó a vivirse aquel 24 de marzo de 1976, hace 45 años. Puede ocurrir, sin embargo, que una chica o un muchacho de 16 o 20 años se pregunten: ¿qué pasó en esa fecha? También ocurre que algunes con más edad tienen sólo una referencia borrosa de lo que fue la peor dictadura cívico-militar que sufrimos durante el siglo XX. Todo esto sucede, sin duda, más allá de los espacios militantes, no tanto por el tiempo transcurrido, que parece mucho, sino también por los relatos que se fueron construyendo en los últimos años para cercenar la vitalidad de la memoria popular tan necesaria. Sí, 45 años parece mucho tiempo, pero en realidad es un tiempo corto, más aún si se tiene en cuenta que constituyen menos de una cuarta parte de la vida real y además próxima de lo que hoy comprendemos como República Argentina. Por esto mismo, como ejercicio de una memoria social imprescindible, siguiendo en la búsqueda de la verdad y reclamando justicia escribimos estas líneas.

Aquel 24 de marzo de 1976, no sólo se quebró una institucionalidad democrática débil y a su vez permisiva de crímenes horrendos, como los que perpetró ese aparato para-estatal autodenominado Alianza Anticomunista Argentina antes del golpe de Estado. Se fue mucho más allá, se dio un salto cualitativo en la represión despiadada a todo lo que era considerado “subversivo”, a la militancia popular en todas sus expresiones, ya sea política, sindical, territorial o cultural, en fin, se impuso a sangre y fuego la pretensión de borrar todo aquello que tuviera una marca de solidaridad social. Semejante “obra” fue realizada por las fuerzas armadas, por el partido militar que desde los años 30 del siglo XX soñaba con la “hora de la espada”. Su reloj se detuvo durante la década peronista entre 1945 y 1955, pero volvió con su tic-tac criminal con la “revolución libertadora”, luego con la “revolución argentina” de 1966, la cual, más temprano que tarde, saltó por los aires con la insurrección popular iniciada con el Cordobazo en 1968 y el retorno de Perón en 1973, después de 18 años de exilio y proscripción. Tres años más tarde, ese partido militar, sostenido por los “sin partido”: la vieja oligarquía, el capital financiero, las multinacionales, los grandes medios de comunicación y la Iglesia, volvieron a ocupar el centro de la escena. Tales fueron los ejecutores y actores del golpe de Estado y de la dictadura iniciada en 1976 que laceró, como nunca antes, a la sociedad argentina.

Corresponde decir que la dictadura no logró el desmantelamiento total de la presencia del Estado en la economía nacional. Aquel anuncio de su ministro Martínez de Hoz: “se inicia la liberación de las fuerzas productivas”, si bien provocó la destrucción de miles de pequeñas y medianas empresas, generando desocupación y mayor pobreza, así como un salto enorme en el endeudamiento externo, no alcanzó el desmantelamiento del Estado que sufrimos tiempo después, en los años 90, con el gobierno neoliberal de Carlos Menem. Esta observación no es menor. Tiene que ver con el carácter de la estructura económica argentina precedente, a su vez usurpada por la casta militar saqueadora, así como con el contexto regional en el que el neoliberalismo que conocimos después sólo tenía como referencia al proceso impulsado por la dictadura de Pinochet en Chile. Siendo esto así, sin dejar de lado la importancia de la política económica de la dictadura argentina, su primer propósito fue imponer una “disciplina social” sin miramiento alguno, instituyendo la desaparición de personas, los centros clandestinos de detención, la tortura y la apropiación de niñas y niños que nacían en cautiverio. El saldo fue horroroso: 30.000 personas desaparecidas y asesinadas, miles de presas y presos políticos, miles de compatriotas que sufrieron exilio. Tal fue el eje de esa dictadura genocida, mostrando a las fuerzas armadas como la garantía del orden que necesitaban los grupos concentrados de poder.

Ante su estrepitoso fracaso, sobre todo en el plano económico, la dictadura se embarcó en la aventura de la guerra de Malvinas en 1982, tomando una justa reivindicación nacional que los genocidas no podían lograr. Esa aventura significó su fin. Hubo entonces una reacción social generalizada. Si en 1976 algunos sectores de la sociedad habían visto bien que un gobierno militar “ponga orden”, en 1982, ante la grave crisis económica, la represión generalizada y la derrota de Malvinas, la gran mayoría del pueblo pasó a repudiar a ese régimen nefasto. La resistencia molecular que ciertamente existió durante aquella noche negra, pasó a convertirse en rechazo generalizado. El dato, sin duda muy importante, es que la dictadura más cruel cayó y en ese proceso el partido militar pasó a retiro, dejando de ocupar el lugar que había tenido durante décadas.

Es importante recordar que la apertura democrática iniciada en 1982, con marchas y contramarchas, dio lugar al Juicio a las Juntas Militares realizado en 1985, condenando a cadena perpetua a los altos mandos que perpetraron la barbarie. La Argentina es el único país latinoamericano que lo hizo. Otro hecho es que desde 2004 nuestro país adoptó como política de Estado la recuperación de los centros clandestinos de detención para transformarlos en Espacios de la Memoria, así como también la legitimidad de los Juicios por la Verdad, condenando a centenares de genocidas.

Las Madres de Plaza de Mayo, que resistieron desde el principio, pasaron a ocupar un lugar central en la lucha por los derechos humanos a escala mundial. Las Abuelas, con su incansable lucha por recuperar a sus nietas/nietos apropiados, ya han encontrado 130 y continúan en su búsqueda de otros centenares. Todo esto es extraordinario, debemos subrayarlo una y otra vez. Cuando se pretende tergiversar o borrar la historia, cuando las voces del neoliberalismo del siglo XXI gritan su “libertad” que contienen tantos crímenes, sigue vigente la vitalidad de la memoria. Se trata de una memoria activa que se transforma en rebeldía, sobre todo en rebeldía juvenil contra la impunidad que pretenden los opresores.

Después de 45 años, el medio calor del inicio del otoño no marchita las flores. A quienes no saben lo que realmente pasó, a quienes dudan, debemos decirles que no volvemos para atrás para odiar a nadie. Repasamos lo vivido como necesidad para comprender el presente y mirar hacia adelante, prefigurando desde ahora mismo una sociedad justa y solidaria.

Texto: Manuel Martínez. Periodista y escritor, con una larga trayectoria militante en la izquierda latinoamericana. Integra el Consejo de Redacción de la Revista Herramienta y participa activamente en la Plataforma Nueva Mayoría del Frente Patria Grande.

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