#PerdiendoAmigos – Mi casa, esa trinchera

Hace cuatro meses que estoy lejos de San Martín, me mudé a mi nuevo hogar en San Fernando/Carupá. No voy a mentir, a veces siento que estas dos postales (ver imágenes) son las que más me hacen sentir acompañada, menos sola. Por más que tenga a mi compañero que es, en parte, mi hogar, hay circunstancias que inevitablemente me convierten en una extraña. Por ejemplo, no me sé las calles (tampoco es que las supiera perfectamente en San Martín, digamos todo), no encuentro lugares familiares, ni recuerdos en las plazas de este barrio; no tengo un “paso en 10′”, ni un “me encontré de casualidad a”… Ahora, reencontrarse con alguien me implica un viaje de dos horas y un cálculo de cuándo y cómo volver. En síntesis, siento que todo los espacios están vacíos y las formas son siempre nuevas. 

Acostumbrada a entender a la perfección de dónde era, tal como las personas no videntes cuentan los pasos en los espacios conocidos, un nuevo hogar cambia todo. Se vuelve ceguera total y, si lo pienso más, deseo (en parte) que eso desarrolle los otros sentidos sobre lo que significa un hogar.

Permítanme la exageración de no retroceder solo algunos casilleros y cuestionarme la forma o los colores de un espacio llamado “casa”, sino también la noción sencilla e inigualable de habitarla con la certeza de pertenecer, sin poder argumentar extensamente. A veces, cuando me invade la soledad (que es como una sensación de desarraigo), miro por estas ventanita y se me pasa. Siento que todes estamos un poco así y que hacemos de los lugares algo donde sentirnos parte, que no “pertenecemos” a ningún lugar, que cada trinchera, cuando se le cuelga un recuerdo, es un hogar.

En mi intento por descifrar los algoritmos de las presencias y las ausencias, le relato a “la Leila de San Martín ” como haciendo un tour virtual: “en esa casa de allá, viven tres nenes que juegan con una persona mayor y se sientan en una mesa de jardín”; “en esa calle se para un señor a tocar la guitarra por unas chirolas, lleva barbijo y me saluda cuando paso”; y sigo “de ese departamento, a eso de las 11 de la mañana, sale alguien a tomar mate en el balcón, es una chica que siempre lee un libro”. Ahí tenés, de repente, tres recuerdos nuevos, que no hace a mi trinchera un hogar, pero moja mis raíces para que la adaptación me deje menos sola.

En esta oportunidad solo tengo preguntas: ¿y si el hogar no se trata de pertenencia? ¿Si un hogar se trata de nunca más pertenecer y en realidad más de SER en todos lados adonde vaya? Qué ardor, este, el de no depender del espacio. Cuando recae todo en une, no hay dónde escapar, no podés “ghostearte” a vos misme, tenés que presentarte, mirar y llevarte con vos a todos lados.

Lo demás puede que te siga o puede que crezca donde fue plantado.

Texto e imágenes: Leila Fernanda Tanuz. Integrante del equipo de El Tresdé. Es Diseñadora de indumentaria, docente e investigadora de FADU, UBA, tejedora en Il Porco Tejidos, constructora de imágenes en Casa Prensil, feliz, verborrágica y desobediente.

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