Machismo e instituciones: desarticular el pacto que nos mata

Es imposible transformar las estructuras sociales e institucionales si están inundadas de perspectiva machista. Para cambiarlas, tenemos que cambiar las personas que las dirigen. Necesitamos una reforma institucional profunda, democrática, antirracista y con perspectiva de género.

El feminicidio de Úrsula es indigerible, ya no estamos dispuestas a naturalizar la violencia a través de relatos individualistas. Todo feminicidio es la revelación de  un sistema de poder, que articula diversas instancias y responsabilidades en la concreción del mismo. Cuando decimos patriarcado, nos referimos a esto. Los movimientos feministas venimos señalando este problema y planteando caminos, soluciones y horizontes colectivos. Uno de esos caminos, sin dudas, es alcanzar grados de mayor representación democrática y paridad, porque es imposible transformar las estructuras sociales e institucionales si están inundadas de perspectiva machista y si la mayoría es ejecutada por una oligarquía de varones heterocis blancos. Necesitamos una reforma institucional profunda, democrática, antirracista y con perspectiva de género.

Sólo el poder legislativo incluyó un mecanismo electoral que permite intercalar una cantidad equivalente de candidatxs “femeninos y masculinos” en los escaños. En el poder ejecutivo a nivel nacional, las mujeres no pasamos el 36% de ocupación de los cargos del total; a nivel ministerial ocupamos solo el 21%; en secretarías, el 37%; y en subsecretarías, el 38%. Y estos porcentajes son contando al nuevo Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidades, sin el cual nuestra participación bajaría notablemente en la medición. En las cúpulas del poder judicial, los ministros varones representan el 74% a nivel nacional y los jueces, el 64%. Además, el Consejo de la Magistratura, que tiene a su cargo la selección de los jueces nacionales y federales, tampoco se rige bajo ningún mecanismo de paridad. Lo mismo sucede con el sistema policial. Vivimos una paridad trunca y una representación democrática sumamente desigual en términos de género y totalmente nula en términos antirracistas; sin medidas de esta profundidad, no estaremos cambiando nada en la próxima década.

Se me puede objetar que la ocupación de cargos por mujeres y diversidades no es garantía de una política de género de por sí, pero ésa es una discusión estéril si se plantea sólo con el objetivo de obturar la instalación de nuevos mecanismos democráticos y muy fructífera si se plantea para luego de instalados, profundizar dichos mecanismos. Las mujeres y diversidades, que actualmente forman parte de dichas estructuras, lo hacen en forma de minorías, en muchos casos siendo neutralizadas, abusadas o silenciadas. Se me puede objetar que para impartir una política integral de género se creó el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidades, pero dicha jerarquización no reemplaza la tarea transversal de transformación que se debe realizar en toda institución, aunque puede impulsarla. Centralizar todas las críticas del sistema machista en ese Ministerio sigue reproduciendo la idea misógina de que somos las absolutas responsables de las violencias que vivimos.

Tampoco podemos decir que sistematizar información a esta altura es un gran paso. Hace mucho tiempo que conocemos la complejidad del fenómeno de los feminicidios en la Argentina: más de 1.250 mujeres fueron asesinadas en los último 5 años; casi un 30% había realizado denuncias previas; la mayoría de estos fueron cometidos por varones cis heterosexuales, que sostenían relaciones interpersonales con la víctima y no por extraños; la mayoría de los feminicidios fueron cometidos en el ámbito del hogar. Hace mucho tiempo que sabemos que sin recursos en infraestructura y vivienda, sin políticas claras en la dimensión del trabajo para conseguir la independencia económica, sin inversión en salud mental, sin recursos concretos para trabajar en comunidad y sin una justicia que dicte sentencias, entre otras cuestiones, es imposible no sólo frenar los feminicidios, sino lograr erradicar la violencia de género. Se necesitan políticas más inmediatas para las mujeres y diversidades que están vivas.

Si no rompemos, desarticulamos y terminamos con los pactos machistas en toda institución es imposible que dejen de matarnos. Estoy hablando de una medida estructural que urge y que no se puede esperar a que los mismos varones implicados en dichas estructuras de poder tengan la iniciativa, nadie renuncia a sus privilegios. Urge una reforma para desarticular los pactos machistas en las familias que cubren abusadores, en los clubes de barrio que fomentan la cultura del aguante, en los medios de comunicación que culpan a las víctimas de sus asesinatos, en nuestras amistades que cosechan violencia simbólica en la producción de nuestros valores. Urge una reforma para desarticular los pactos machistas en todas las cúpulas de poder que toman decisiones en función de protegerse y perpetuar sus privilegios y especialmente los pactos machistas que se sostienen en las instituciones del Estado y definen los recursos, las sentencias, las políticas. Hoy, miércoles 17 de febrero, movilizamos por Úrsula y por todas nosotras, hasta terminar con la fraternidad que nos mata.

Texto: Daiana Anadon. 31 años. Estudiante de Ciencias Políticas. Militante Feminista de Tres de Febrero. Facebook Daiana Yanina Instagram @anadondaiana

Obra visual: Carla Álvarez. Profesora de artes visuales, artista y mamá. Acompaña niñxs-adolescentes en aulas y espacios de taller -Taller Crisantemo-. Sus imágenes surgen como la necesidad de un grito propio y colectivo.

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