De la esperanza al realismo, 2020 un año bisagra

Algunos dicen que Argentina es un país con todos los climas, Pedro Saborido dice que el conurbano tiene a todas las argentinas adentro. Sin dudas el 2020 fue un año con varias décadas adentro o, al menos, varios años dentro. Quedará en la historia como el año donde todo lo que hasta ahora era conocido se puso en cuestión y se produjo la crisis económica más grande de la historia (por el nivel de caída de la actividad y la crisis, que generará daños y secuelas que no sabemos hasta dónde podrán extenderse).

También fue un año de quiebres, donde surgieron debates importantes, donde la discusión por lo privado y lo público volvió a estar en el centro de la disputa. Hasta vivimos escenas dignas de la Edad Media, como las quemas públicas de barbijos, personas predicando en contra de las vacunas y suponiendo que la crisis económica más importante de la historia era un plan macabro de Bill Gates y un grupo de Illuminatis que quieren crear un nuevo orden mundial.

Pero vayamos por partes: ¿cómo pasamos de una esperanza renovada al inicio de la pandemia, por su posibilidad de cambio, por una vuelta a la naturaleza y un florecer de actitudes solidarias, a este presente, donde las grandes potencias mundiales compran la producción entera de algunas vacunas anti COVID-19 suficientes para inmunizar dos, tres y hasta cuatro veces a su población? ¿Cómo pasamos de la esperanza de que esta crisis civilizatoria nos haría mejores como especie, a este presente de realismo economicista, diplomático y hasta militar?

En primer lugar, es bueno recordar algunos episodios de lo que fue este año. Hacia abril se publicó de manera gratuita un libro en formato digital, “Sopa de Wuhan” donde aparecía el famoso debate entre un filósofo alemán Marxista y un filósofo coreano. Para ser sintéticos, la discusión giraba en torno a si esta pandemia y todo el periodo de confinamiento con su posterior crisis económica nos haría más solidaries y atentes a le otre o por el contrario más egoístas y preparades para el “sálvese quien pueda”. El balance del año fue algo más matizado que estas posiciones antagónicas, pero sin dudas el filósofo coreano pareció haber leído más a Marx que el filósofo marxista (un pecado de juventud, muchos marxistas han leído más a autores marxistas que al propio Karl Marx).

Volvemos hoy, a 202 años de su nacimiento, a Marx porque algunas de las lecciones que él aprendió y nos transmitió en su teoría es que las crisis siempre se resuelven con mayor concentración del capital, con mayor desigualdad y rara vez se “sale mejor” de un proceso de crisis civilizatoria si no hay un liderazgo político que tienda hacia allí, o si esa crisis civilizatoria no es la resultante del movimiento de la lucha que los diferentes bloques históricos sociales disputan en ese momento. Para decirlo más rápido y salir de nuestra asamblea universitaria de la facultad de ciencias sociales: ¿por qué suponíamos que saldríamos mejor como sociedad de esta crisis, si la misma es la resultante de un proceso de agotamiento del neoliberalismo y su rápida extensión se debió a la hiperconectividad humana en la cual se desarrolla el mismo?

En el medio de todo, expresé que hubo matices. A mitad de año vivimos el asesinato de George Floy y todo el movimiento antirracista que se generó en EEUU, el país “más desarrollado del mundo”, el más importante en términos económicos y culturales y, probablemente, uno de los más racistas y desiguales. También, en EEUU Donald Trump perdió de manera ajustada la elección donde pretendía reelegirse, mientras que, en Latinoamérica, el MAS volvió a triunfar en las elecciones y Luís Arce es el nuevo Presidente de Bolivia.

¿Qué tiene que ver esto con el debate de los filósofos a inicios de la pandemia? Que la resultante de la crisis se parece mucho más a desnudar nuestras propias realidades y miserias como seres humanos y a poner en evidencia desigualdades estructurales intrínsecas al neoliberalismo (y eso sí es una oportunidad). Incluso, se parece mucho más a visibilizar cómo algunas de las innovaciones de la cuarta revolución industrial se hacen cuerpo en un nuevo mundo del trabajo, donde las formas actuales de protección del trabajador (ya sea por las
leyes, por los sindicatos o por los movimientos sociales) quedan cortas.

Por otro lado, podríamos hacer una mención especial para la centralidad que han tomado los análisis sobre las tareas de cuidado. En un escenario donde se debió permanecer mucho tiempo en casa, muchos varones vinimos “a descubrir” la carga horaria que conlleva criar hijes, cocinar y habitar un espacio higienizado.

Y, por último, podemos destacar a las personas con discapacidad, porque donde existió una oportunidad se generó una brecha. La posibilidad del teletrabajo permitió abrir un mundo de trabajo para aquellas personas con discapacidad física, visual o psicosocial a las cuales el derecho a la ciudad y el derecho al empleo se les ve negada, pero sin acceso a herramientas digitales y buena conectividad esto es imposible. Como una ironía trágica de la famosa frase de Eva Perón, pocas de las necesidades se transformaron en derechos. La coalición gobernante del país entendió con lentitud la centralidad de garantizar el acceso a internet y declararlo servicio público, o incluso empezar la discusión sobre la matriz tributaria argentina.

Para finalizar podemos decir que efectivamente fue un mal año para todo el mundo. Pero un año que nos ha dado una muestra gratis de lo que somos y a dónde llegaremos si no cambiamos el modelo de acumulación. La posibilidad de hacerlo está en nuestras manos como pueblo, pero sobre todo en la de nuestros líderes políticos. Ayer en la madrugada del 30 de diciembre tuvimos una demostración de esto, cuando el Senado argentino aprobó la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, un hito histórico producto de la lucha de las mujeres, las diversidades y las disidencias en Argentina. El 2021 nos dirá qué tanto nos parecemos a una distopía clásica o qué tanto nos parecemos a Katniss siendo traicionada luego de liberar Panem en “Los juegos del hambre”.

Texto: Matías Ferreyra. Nací y me crié en el conurbano bonaerense, allá por los tiempos en donde las leyes de impunidad y “la casa está en orden” eran tapa. El estudio y el activismo político me atravesaron desde siempre. Soy Licenciado en Estudios Políticos en la UNGS, trabajo en la defensa de los Derechos Humanos de las Personas con Discapacidad, desde la realidad de ser uno de ellxs. Fortuna y virtud son los faros de mi accionar.

Fotografía: Borde Colectivo fotográfico. Somos un colectivo fotográfico gestado en el deseo de habitar a través de nuestras miradas compartidas los márgenes de la realidad que transitamos y por la que nos sentimos atravesadxs.

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