#3poemas1poeta / Belén de la Paz Sobral

El primer poema de Belén dice “El futuro tiene un modo de llegar” y quizá de eso trate un poco la literatura: captar el detalle, la sombra de lo que no se pronunció todavía.  Les dejamos una selección de tres poemas, que los disfruten.

Todo lo que querés decir en el insomnio pero no podés
Porque las palabras a oscuras declaran la urgencia
El futuro tiene un modo de llegar
Sumamente delicado para nuestra percepción.
Cada semana fotografío mis plantas
Para saber si están creciendo o muriendo
Y siempre me quedo sorprendida de la profunda adaptabilidad
Que las raíces encuentran en sus pequeñas macetas.

La imperceptibilidad del paso del tiempo
me revela mi propia vanidad
¿Vos sos vanidosa?
Probablemente lo suficiente como para denostar
que estamos en el epicentro del engaño
creando la realidad que consideramos necesaria
sin saber que necesario es sinónimo de crítico.

Escuchame,
tenemos que acordar qué es lo verdadero
para tener más control sobre lo que somos y creemos
pero por sobre todo
para que nuestros predicados merezcan a nuestros sujetos.

Ahora que el clima está escenografiado
puedo hablar de todo eso que sos 
y en todas las estrategias que invento por las noches
pero soy incapaz de ejecutar por las mañanas.

Después de no poder dormir por seis meses
considero que una indemnización sería adecuada
por tanto tiempo perdido en tácticas inaplicables
al mecanismo que sos y que no llego a interpretar.

Sé que vos pensás en el futuro de manera inconcebible
como para que tenga alguna importancia la acción 
mientras yo veo diluirse mis insomnios 
en causas perdidas.

¿Cuándo vamos a llegar a un acuerdo
sobre cuál es nuestra verdad?
Puedo narrarte todo el día
pero ellos nunca te conocieron.

No quiero explotar tus vulnerabilidades
ni evaluar un progreso inexistente a partir de tus gestos
pero me exaspera no entender
si estás creciendo o muriendo.

**********

Tocame
Tocame el timbre
Me muero por sentir el sonido 
Desesperado, urgente, tosco
Introduciéndose prepotentemente
En mis oídos distraídos

Fantaseo 
Con revolotear por la casa
Pérdida en quehaceres domésticos
Y sorprenderme por el ruido
De una entrega que no espero

Me mareo pensando
ególatramente
En el instante deliberante
Cuando pudiendo convocarme
Desde un confort empantuflado
De calzones pegados al sillón 
Por el sudor incisivo
Decidas enjabonarte, 
Enjuagarte
Vestir tu contorno
/ Cuando podrías obviarlo /
Salir a la calle
/ ¡A la sucia calle! /
Y volverte a bañar en transpiración
Para estacarte frente a mi puerta.

Anhelo
La visita inesperada
La ruptura del protocolo
La supresión del aviso
La búsqueda casual
El chirrido impensado.

Deseo 
Que tu dedo decidido
Recuerde dónde posarse
Y empuje a mi oído el grito
Que me haga estremecer

Me regodeo
En tu olvido
Que te lleva a llamarme desde la calle
Clamando mi nombre
Teniendo la certeza 
De que no hay otro lugar 
Y que solo puedo estar
Del otro lado

¡Ay!
Necesito que te quiebres
Que no te conformes 
Con mis historias clasificadas
Con retoques de vidrieras 
Con el berreta esnobismo 
De la biografía que elijo mostrar.

Te quiero firme, implacable 
Durísimo
Poniendo todas tus vergüenzas en el buzón 
Abandonando el triste conteo de minutos
Entre estímulo/respuesta
Entrenando el movimiento 
De tus muslos
Despegándose dócilmente
Del ferviente sillón que te hunde en confort
Para acomodarte 
Sediento y mojado
Sobre el mío
Hasta volverte nativo.

**********

Laudatio a la merienda

Todas las canciones de amor hablan del desayuno, 
generalmente como cierto rito de iniciación hacia la confianza
y cotidianeidad de una pareja. 
A lo sumo se hacen referencias a la cena, con otras claras connotaciones. 
Pero nadie habla de la merienda. 
En muchas culturas el aperitivo vespertino no es una costumbre, 
pero en mi país es una comida que se toma muy 
en serio.

Las primeras citas en mi juventud eran merendar en una plaza, 
o tomar un café en algún bar comiendo una generosa porción de torta. 

Cinco de la tarde. 
La mesa en la cocina, alguna adulta con la piel arrodillada al sacrificio 
ofreciéndonos una leche tibia y ennegrecida donde mojamos
alguna galletita antes de engullarla. 
La escena de la intimidad total: la ofrenda. 
Entonces la Merienda toma, sin reclamo ni exclamación, agazapada y solitaria, 
el título de Clausura del día, robado arbitrariamente por la Cena. 
Después de la chocolatada el día se va a apagando tenuemente, 
acurrucándonos de manera imperceptible hacia el descanso.
Nosotres empezamos a apagarnos con ella, decidida y silenciosamente. 
Nada se hace con entusiasmo después de ella. 

La merienda es completamente inútil. 
Solo existe en su solemne rol de ritual, y como tal, 
es absolutamente necesaria para los feligreses de su credo.

Es un punto intermedio, 
una suerte de franja de paz que invita al conocerse,
a agasajar a une otre. 
No es un desayuno post coital o una cena con bebidas desinhibidoras 
para nuestras vergüenzas incipientes.

Este tentempié auspicia un terreno neutral para un primer encuentro, 
para conocerse a la luz del sol, 
para ser cautelose con lo que une cuenta, 
para inspeccionar con detalles las pecas en la cara del otre.

¿Cómo puede ser una copa de vino 
más incitativa al amor que un café con leche?

[Y sí, es un tazón de café con leche, no un cortado en jarrito, 
que es más apropiado para una reunión laboral.]

 El tazón enorme es una invitación a 
“contame todo sobre vos,
dejame conocerte y mirame, mirame mucho”, 
en algún cafecito con motivos shabby chic.

La merienda supo ser mi colación favorita/
porque en realidad siempre fui una romántica empedernida. 
Costó un divorcio prematuro, 
muchos dolores de panza y diez kilos extra 
mandarla al purgatorio de las comidas.

Quisiera reconciliarme con la merienda. 
Quisiera tener esperanza como antaño en que
una infusión pueda acercarme a une otre, 
quisiera que el invitar a alguien a compartir 
una mesa pequeña rodeades de pastelería
no fuera entendido como un convite fuera de lugar. 

Tal vez sea que ya hace muchos años no conozco 
a alguien que me interese poner del otro lado de una mesa,
y que me cansé de estar sentada en una barra
con quien solo quiere usarla como tobogán hacia las plumas y los resortes. 
O quizás nos acostumbramos 
a banquetes de impersonales bacon y cheddar 
como escenografía de nuestros fracasos. 
¿O acaso le tenemos miedo a una bebida que nos entibie un poco los huesos? 
¿Que la calidez diurna no es un filtro que le podamos aplicar a cualquiera?

¿No es encantadora la luminiscencia percibida
a partir del reflejo del sol en la bombilla yaciente sobre la boca deseada? 

¿Y
si te invito a casa a tomar unos mates con galletitas
te estoy abriendo con alfombra roja 
mi corazón?

Belén de la Paz Sobral. Profesora de Lengua y Literatura en el nivel medio, casi-graduada en Letras de la UNSAM, tengo al feminismo como el caleidoscopio por el cual contemplo mi propia existencia, y la militancia en el Frente Patria Grande como el espacio donde esa visión cobra una entidad de acción. No soy escritora, pero a veces algo escupo. Eventual correctora de textos y reseñadora serial. Conurbana nostálgica y lectora ansiosa.

Sección coordinada por Melisa Papillo.

Imagen: tomada de Pixabay.

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