Balance de un año diferente (II): la vitalidad política y el debate público

La gestión y la iniciativa política son dos elementos que miden la capacidad de un proceso social para seguir dando respuestas a la población. Mientras que la primera expresa la acción en el presente, la segunda atañe a la proyección sobre el futuro. Luego de dedicar nuestro primer artículo a la gestión del 2020, como salvataje a la política, ahora toca medir la forma en la que el Frente de TODES (FDT) disputó con la oposición. ¿Qué discusiones se dieron y cuál fue el modo que estas tomaron?

Los proyectos y movimientos deben ser permeables a su sociedad: mientras que la gestión tiene un carácter monopólico (gestiona quién emerge victorioso de las elecciones y es sólo a través de la mala gestión que se refuerza a las fuerzas opositoras), la iniciativa política tiene forma de debate y, por lo tanto, se necesita de dos o más participantes. En este terreno, los distintos frentes (y sus armados culturales y de prensa) tienen un poder más diseminado. La democracia se nutre de una participación más inmediata y menos formal aunque eso no modifique el status quo.

El marco vital de un proyecto

La vitalidad de un proceso social histórico es la posibilidad de mantener la iniciativa, o sea anticiparse a reclamos impulsando voluntariamente las demandas más o menos latentes de la sociedad. Esto no es sólo marcar los temas a discutir, sino su ritmo y los márgenes en los que se puede argumentar. Un proyecto sin vitalidad no puede conducir el destino de una sociedad y es por eso que es recurrente, como acto más de campaña que analítico, que se decrete la caducidad de un movimiento o partido. ¿Cuántas veces dieron por muerto al kirchnerismo desde el 2008? ¿Cada cuánto se menciona que los gobiernos populares son anacrónicos y caducos?

Tomando un ejemplo de la historia reciente como es el kirchnerismo, vemos que es central convertir la iniciativa en gestión, es decir, volver acción concreta cada principio. Luego de la 125 del 2008 y la derrota electoral legislativa un año después, fue la capacidad de representar el futuro, como una serie de derechos sociales, lo que posibilitó la victoria del 2011.

Algo similar sucedió durante el gobierno macrista cuando (ya sin el monopolio de la gestión estatal) el kirchnerismo pudo ubicarse como armador y candidato predilecto del espacio de oposición y luego pateó el tablero al anunciar que Alberto Fernández buscaría la presidencia en 2019 (anuncio hecho con la propia voz de Cristina Fernández de Kirchner). Así se dio por tierra toda la campaña que había preparado Juntos por el Cambio (JxC) que perdió la iniciativa. La derrota de la coalición neoliberal se debió a su incapacidad de mostrar logros de gestión (macrisis económica y social) a la que se le sumó la pérdida total de la capacidad de imponer sus temas y tonos a futuro. Sin duda mantener y desplegar la iniciativa es un valor central para cualquier proyecto que quiera liderar el desarrollo nacional.

Iniciativa política al 2020

El corte entre gestión e iniciativa es más analítico que real. Para todos los casos resulta central revisar las fallas de comunicación y la abierta oposición mediática que condicionan su conocimiento público. Existieron temáticas en las que el gobierno asumió un rol defensivo y eso fue aprovechado por la amalgama opositora entre partidos-medios-jueces que no perdona, pues siempre hay algo a lo que oponerse en los tiempos de las fake news y las redes sociales (por lo que los resultados de cada eje son debatibles). Sin embargo, el FDT logra terminar el año con un buen nivel de medidas donde tiene la voz cantante. Toca repasar cómo fluctuó la iniciativa a lo largo del año.

Un primer eje que se destacó a principio del año y luego se adaptó al esquema de aperturas fue la definición de la primacía de la salud y la vida por sobre el lucro: no minimizar la enfermedad, gestionar el problema sanitario y no contraponerlo al bienestar (que para la oposición es más económico que vital) resultó un sello de identidad para el FDT. Mientras tanto, la oposición no puede hacer pie y tiende más que nada a manipular la información para lograr un uso político de los contagios y las muertes. Lo cierto es que la pandemia está en curso y la recurrencia opositora de hablar de “la cuarentena más larga”, un supuesto “enamoramiento de la cuarentena” o del “fracaso sanitario del gobierno” tienen más peso para impulsar desánimo como vía al colapso sanitario que para describir la situación.

Una reorganización más justa de la economía en el país es otro tópico donde el gobierno mostró una fuerte iniciativa, quizás menos profunda de lo que se esperaba. Se empezó el año estructurando un plan contra el hambre, con la Ley Solidaridad Social y la reactivación productiva en un proceso de recupero de la política redistributiva. Con la pandemia como marco, se impulsó el gasto estatal para palear el malestar social. Al mismo tiempo, se pudo plasmar que el financiamiento de la crisis necesitaba un mayor aporte de las grandes riquezas y se logró, incluso, perfilar el problema real del sistema impositivo, que no es su carga sino su carácter fuertemente regresivo. Durante la pandemia y luego de ella quienes más tienen son quienes tienen que aportar más.

Otro tema de este debate por una Argentina más equitativa es el problema de la deuda externa: el gobierno manejó la agenda con resultados muy positivos en la práctica, logró reestructurar la deuda privada e incluso el legislativo pudo ordenar cómo evitar nuevos endeudamientos irresponsables. Pero la cortina mediática tuvo el efecto difusor, para que pase sin gloria y la necesidad del gobierno de llegar a acuerdos amplios y exitosos (pues sigue la negociación con el FMI) no permitió hasta el momento que avance la investigación sobre cómo se usó ese dinero, la fuga de capitales y el endeudamiento durante el gobierno de JxC. Este terreno resulta central para organizar los próximos avances económicos.

También se progresó (aunque en un sentido estricto el debate sigue abierto) en el financiamiento interno o la reestructuración de la coparticipación, que había sido otorgada de manera arbitraria por Macri al jefe de gobierno de CABA, Horacio Rodríguez Larreta, con el traspaso de la policía de la ciudad a inicios de 2016. Con judicialización de por medio, el contrapunto estuvo entre la victimización del jefe de gobierno porteño que acusó el “recorte por motivos ideológicos”, mientras que Alberto Fernández mostró que la medida avanzó hacia una distribución más federal de la ayuda del Estado nacional a las provincias (y eliminó la discrecionalidad política de Macri). Es extraño recordar que este proceso comenzó como una respuesta al sedicioso levantamiento policial en la provincia de Buenos Aires, que bloqueó los accesos a la casa del gobernador y a la propia Quinta de Olivos (algo ausente de gran parte de los balances).

Por otro lado, con respecto a Vicentin, el gobierno no se animó a avanzar ante la abroquelada respuesta opositora por la falta de consensos internos. De esta falla quedó un saldo negativo con la asociación exitosa de la oposición con la defensa de la “propiedad privada” y sin poder vincularse a la empresa con el formidable acto de estafa al patrimonio del Banco Nación. Otro saldo (a desarrollarse) que nació es el proyecto de avanzar con la independización de YPF Agro para operar en el mercado del grano. El mal manejo del tema es una de las cartas recurrentes para atacar al gobierno en “defensa de la propiedad privada”.

Un tercer eje de la iniciativa del FDT es la capacidad de reivindicar la política como transformación social. Un ejemplo se vio con los incendios intencionales de campos y bosques que fueron un tema emergente a mediados de año. La forma en que el gobierno redobló la apuesta, le permitió mostrar iniciativa. Los incendios beneficiarían a los proyectos inmobiliarios y terratenientes y fueron los legisladores del FDT quienes impulsaron la Ley de fuego que prohíbe el cambio de uso del suelo afectado por las quemas. Al jugarse con claridad en un sentido (y con la oposición votando contrariamente), se logró un hecho político.

La batería de medidas en cuestiones de géneros también fueron importantes. De hecho, el gobierno busca cerrar el año con la aprobación del proyecto de Interrupción Voluntaria del Embarazo (aunque cada partido incluyendo al gobernante ha dado libertad de acción por conciencia a sus senadores). Esta es una promesa de campaña de Alberto Fernández y un planteo central del discurso de apertura de sesiones. Sería un logro distinguido para el presidente, ya que los escritos (se vota junto con el proyecto de ley de ayuda social durante la gestación denominado “1000 días”) son de su autoría.

Errores no forzados y el juego de la oposición

Hablar de victorias en este año es circunstancial: un punto de partida base debería ser que un año donde el pueblo sufrió (y seguirá sufriendo) no puede ser “bueno”. Se puede tener un orgullo moderado por cómo el rescate de la política permitió contener y ayudar durante este trance. Pero todo lo bien que se pudo hacer tiene el fuerte contrapeso de la destrucción sanitaria, económica y social de las crisis combinadas (la neoliberal y la pandémica). A su vez también debe pesarse en los problemas surgidos como errores de gestión autoproducidos, fallas de comunicación y algunas áreas donde el avance no es el esperado. Todo esto potenciado por una oposición férrea que explota al máximo cada traspié y cuando no los hay, los inventa (lo que hace que se construya como una minoría radicalizada).

Un primer eje fue la convocatoria a construir un nuevo pacto social. En primer lugar, hay que reivindicar esta apuesta pues la mayoría de análisis la piensan como un signo de tibieza o poca profundidad. La verdad es que todo gobierno debería tener como eje el “cierre de la grieta”, no como acuerdo donde se negocien los principios, sino como un acto de hegemonía (o sea, de imposición de agenda, principios y valores). El error del FDT fue confundir la forma, pues “la grieta” no existe como tal y no podrá ser cerrada en este modelo de sociedad. El intento de diálogo de Alberto Fernández fue respondido con una prensa de guerra, corridas cambiarias y una oposición partidaria que no reconoce que fueron sus ideas las que perdieron las pasadas elecciones. El gobierno demoró en adaptar este debate a un formato que no le cueste tanto esfuerzo para tener tan bajo resultado.

Como contracara a esta falla hay un error de la oposición que como principal trabajo buscó ventilar versiones de disputa interna y ruptura del gobierno. Nuevamente es una acción esperable y hasta inteligente, pues saben que la unidad popular es el gran escollo para sus planes y que, luego de un gobierno tan malo como el de Macri, necesitan cosechar descontento y despolitización para tener alguna chance. Nuevamente el error estuvo por el lado de las formas, porque trabajando con rumores o notas de opinión de algunos medios sólo lograron perder credibilidad ante un gobierno que cierra el año con varios actos de unidad, como diciendo “lección aprendida”. Es evidente que el tono y formas de Alberto Fernández son otros a los de Cristina Fernández de Kirchner. Sin embargo lejos están de quebrar el FDT como espera (pide y hasta suplica) una oposición que comenzó sus ataques desde antes del 10 de diciembre de 2019. El mismo Macri admitió desfachatadamente que su gobierno no terminó el 10 de diciembre de 2019, sino el 11 de agosto luego de las aplastantes derrotas de las PASO.

Por momentos se hizo latente una falta de articulación y comunicación entre medidas ministeriales que terminaron por poner a defensiva al gobierno cuando no era necesario. Por ejemplo, el cambio de la fórmula de aumentos de las jubilaciones y la equivocada definición de no realizar un IFE 4 en medio de la negociación con el FMI. Sobre estas cuestiones operó la denuncia del “ajuste” que estaba haciendo el FDT y mucha militancia e incluso referentes oficialistas otorgaron a la oposición la iniciativa en un tema que ataca el corazón y razón de ser del frente gobernante.

Lo cierto es que la expectativa de baja del déficit fiscal del presupuesto 2021 no confirma eso, pues la caída del gasto público es producida gracias a la reducción de compromisos de deuda. Por su parte, la nueva fórmula jubilatoria es en realidad una reversión de la fórmula del kirchnerismo que hizo que ese sector supere un 20% a la inflación desde el momento de su aplicación hasta que se dio de baja por el gobierno de Macri a pedido del FMI. Esta discusión aún está abierta y se cerrará con el crecimiento económico que se consiga los próximos años, sobre todo si se logra lo que sostuvo Cristina Fernández en su último discurso cuando aclaró que el crecimiento no debía ser apropiado por la minoría poderosa.

Quizás el problema donde más distancia se fija entre expectativa y realidad es la guerra judicial. El monstruo de la persecución jurídica a los referentes populares que condiciona las medidas futuras goza de buena salud. La pérdida de las garantías constitucionales y la judicialización de la política es un profundo daño a la democracia y la calidad institucional, y cada vez más se nota que la guía para la justicia federal y la Corte Suprema es la de reemplazar el poder emergido del voto con una suerte de nueva aristocracia de papel que sirve como careta y mano ejecutora del poder real.

Esa es la regla del juego de la actual oposición: todo lo que pueda caber de responsabilidad al gobierno se convertirá directamente en culpa penal y todo lo que no pueda caber, también. La insistencia gana a la reflexión con la esperanza de que ese juego vuelva a funcionar como en el 2015, su as bajo la manga será la corporación judicial y su mayor expectativa será el desencanto popular con el gobierno. Entonces, el asunto está en manos del FDT: el condicionamiento judicial a las medidas populares arriesga cualquier avance profundo. Para ir por un futuro con justicia social, soberanía e independencia se debe lidiar pronto con el lastre de este poder judicial aristocrático.

Texto: Pablo Diz. Es laburante telefónico y militante político de la Plataforma por una Nueva Mayoría en el Frente Patria Grande.

Imagen: Mariano Fuchila, tomada del Portal Ámbito.com.

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