Balance de un año diferente (I): la reconstrucción de la política desde la gestión estatal

Hace algunos días se cumplió un año del gobierno del Frente de TODES (FDT) y es necesario balancear su gestión y su proyecto. Cierto es que este 2020 es difícil de equiparar a otros años anteriores, ya que la pandemia mundial de COVID-19 condicionó la agenda política y económica. También resulta difícil comparar la gestión sanitaria con países de la región debido al punto de partida que tenía Argentina. La crisis económica y social producida por el gobierno de Mauricio Macri dejó como paquete dos problemas contradictorios. Por un lado, el fuerte endeudamiento externo y, por el otro, la caída de las reservas producida por el impulso a la fuga de capitales (en el marco de la liberación del capital financiero-especulativo y una fuerte caída de la producción y el consumo).

Otro punto que debe considerarse es que el juego político democrático no implica un Estado que reine sobre la sociedad, sino una dinámica en la que también se puede (y debe) juzgar el rol o la iniciativa política de la oposición y de otros sectores. Muchas veces los balances de gestión quedan sin retomar ese aspecto de la política en la que todos juegan y buscan imponer sus líneas, aunque tampoco debe ser sobrevalorado porque por definición una oposición política sólo crece cuando el gobierno no cumple con las expectativas y sus planteos entran en conflicto interno o con la sociedad.

La idea de este balance es ir más allá del recuento de los hechos que hicieron al calendario del 2020 y por eso, nos tomaremos más de un artículo. Pensar cómo transcurrió el devenir del gobierno en el país requiere poner los ojos en la potencia del proyecto gobernante. Para eso hay que abarcar tanto la gestión como la iniciativa política. Mientras que la gestión mide la capacidad para materializar sus promesas y su identidad en los hechos político, la iniciativa habla de la vitalidad como espacio que puede organizar, no sólo el presente, sino el futuro del pueblo. Capacidad y vitalidad son las dos caras que pintan la situación de un proyecto. Cada actividad, medida, legislación o propuesta tiene esos dos factores, aunque las separaremos en dos notas por comodidad analítica. Hoy toca centrarse en la capacidad de gestión.

Gestión por reacción

El manejo del Estado tiene una carga reactiva mucho más grande de lo que a cualquier fuerza política le gustaría admitir. Mucho menos que un mediador o un director de la sociedad, los Estados fuertemente condicionados de Nuestra América avanzan y retroceden compensando las desigualdades o reforzándolas en marcos donde existen otros jugadores iguales o más poderosos. Reaccionar de forma correcta significa que se ha podido leer exitosamente los deseos y expectativas, y se los ha podido traducir en acciones concretas (no suena fácil porque no lo es, cumplir todo eso incluso de forma parcial es toda una hazaña).

La gestión política del FDT se encontró desde el vamos con varios condicionamientos: material por la falta de reservas y el default selectivo declarado; situacional porque la agenda sanitaria copó el centro de la escena y afectó los indicadores sociales y económicos; político externo por la fuerte deuda en moneda extranjera con jurisdicción en EEUU y tutelaje del FMI; y político interno porque, aunque tuvo un buen respaldo electoral, el gobierno asumió sin tiempo de gracia y las corporaciones mediáticas atacaron incluso antes de la toma de poder. Pero también se encontró con un Estado despolitizado, pues la promesa principal de la esencia neoliberal macrista fue que el gobierno podría ser manejado como una empresa, que la gestión mataba a la política y que se hacía por sobre las ideologías. No sólo se trata de premisas falsas, sino que fueron el sustento de un vaciamiento estatal sobre el que el nuevo gobierno tuvo que trabajar. Con todo eso, sería un error tomar los resultados del 2020 sólo en términos posibilistas. Es algo importante a tener en cuenta “lo que se pudo hacer con lo que se tenía”, pero al mismo tiempo las expectativas nacidas de la extrema necesidad en que Macri dejó a la población tampoco pueden responderse con un “podría ser peor”. Ser mejor que el peor no lo hace a uno necesariamente bueno.

Repasando las agendas

La agenda de gobierno es en verdad la coordinación de varias temáticas que respetan una guía general y avanzan, muchas veces, más como reacción a condicionamientos y demandas sociales que a un plan predeterminado. Se debe entender que los proyectos y planes en buena medida tienen su pie o efectos en varias agendas y el recorte de las mismas es más bien por una necesidad de análisis.

Agenda sanitaria. Se comenzó reestableciendo el Ministerio de Salud y la rápida reacción del gobierno en el marco de la pandemia le ha valido un fuerte apoyo. Se decretó la cuarentena, se gestionó de forma central la distribución de insumos, como respiradores, se construyeron hospitales modulares y se terminaron obras que habían quedado paradas durante toda la gestión macrista. Esto le valió un primer fuerte espaldarazo al FDT y la actual gestión por la vacuna (la fabricación nacional y la adquisición de numerosas dosis de varios productos), también lo ha puesto como un gobierno previsor.

El trabajo mancomunado con los opositores en roles de gestión mostró al FDT abierto al diálogo. Al mismo tiempo la oposición tuvo en este punto su mayor flaqueza con internas abiertas y una actividad más virulenta (y quizás también más desdibujada) en el apoyo a la anticuarentena cuando el gobierno optaba por esa medida y en defensa a la cuarentena cuando el gobierno comenzó las reaperturas.

Agenda social. Antes de la pandemia esta cartera ya era primordial para el gobierno que inició su mandato organizando los planes sociales y entregando la tarjeta alimentaria. No se debe olvidar que Juntos por el Cambio (JxC) dejó su mandato con aproximadamente un 40% de pobreza.

Así, se dispuso un conjunto de medidas para reactivar la economía desde el trabajo y el consumo de los sectores populares. Esto rápidamente sufrió un contragolpe cuando, en el marco de la pandemia, la brutal contracción económica hizo que el pedido de asistencia social creciera exponencialmente. Se evidencia de este modo que una porción de la sociedad estaba fuertemente afectada por la precariedad, aunque no tuviera asistencia estatal. Nuevamente la reacción del gobierno con el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), la coordinación territorial con los movimientos sociales y la ayuda alimentaria logró responder (no sin problemas como evidenció la rápida salida de Alejandro Vanoli del ANSES) a una situación común de la economía en la que son los sectores más pobres quienes sufren los golpes de las crisis con mayor fuerza.

Pero aún con esas medidas el panorama es preocupante: un reciente informe del observatorio de la UCA arrojó que la Argentina despide el 2020 con un 44% de pobreza y un 10% de indigencia. Bien se aclara que esos números no son producto de la acción del gobierno, sino a pesar de ella. Sin este tipo de gobierno y sin las medidas realizadas el resultado de la contracción económica de la pandemia sería más profundo y sin posibilidad de solución. La empatía con esta situación de aumento de la pobreza no es para tirar por la borda todo lo hecho, pero al menos llama a bajar los ánimos en el balance del año de gobierno y convocar a redoblar los esfuerzos, después de todo las palmadas en la espalda nunca solucionaron un problema.

La desigualdad también creció tanto por un efecto mundial como local: quienes ganaron con Macri siguen jugando fuerte y siguen manejando varios hilos de la economía nacional. En este punto la oposición política siguió levantando el modelo privado de la meritocracia contra la generación de planes o cualquier medida redistributiva.

Agenda Económica. A este ring el gobierno entraba con ambas manos atadas y vendas sobre los ojos: ahogados en deudas, sin reservas en el Banco Central, la producción en caída libre, el consumo castigado por paritarias a la baja y una inflación sin control, las tasas de interés por las nubes y las pymes cerrando de forma masiva. Entendió que para comenzar a desatar el enredo debía comenzar por equilibrar el consumo, algo que parecía estar encaminado hasta que llegó la pandemia.

Al mismo tiempo, se debía trabajar en el otro extremo del ovillo: el acuerdo con los acreedores externos y privados de la deuda argentina en dólares logró cubrir al 99% de los tenedores de deuda, se hizo del mismo modo con los acreedores en legislación interna levantando el default que había dejado Macri. Hoy se avanza en un acuerdo con el FMI que en grandes rasgos es el principal problema, no sólo en términos microeconómicos sino porque ese organismo busca menos defender el porcentaje de interés pautado, que imponer sus recetas económicas neoliberales. Estos datos de la llamada macroeconomía tienen efectos reales y tangibles en el bienestar de la población. Sin ir más lejos, la prueba está en el presupuesto 2021 aprobado en el Congreso, donde la inversión ahorrada en el pago de deuda pasará a impulsar la producción en áreas tan dinamizadoras como, por ejemplo, la obra pública.

Con la clausura del mercado financiero internacional, la falta de reservas y una balanza comercial golpeada, el aumento del gasto público para responder a la pandemia se realizó a través de emisión monetaria. Los economistas ortodoxos y los devaluadores comenzaron a operar desde el día cero, pero fue luego de mitad de año que se desató la fuerte corrida cambiaria orquestada el club de la devaluación (capital financiero y agroexportador). Esta llevó la brecha del desdoblamiento del tipo de cambio a tal distancia que impactó la inflación y buscó forzar a una devaluación gracias a sus defensores mediáticos.

De una corrida nunca se sale del mismo modo en que se entró, todas las respuestas tienen efectos negativos, pero no todas descargan la crisis sobre el pueblo. A diferencia de como JxC manejó las corridas el efecto esta vez se restringió a la quema de reservas del Banco Central lo que es infinitamente mejor que aceptar la devaluación que pedían estos sectores (hoy estaríamos hablando de una pobreza más cercana al 60% que al 44%).

Otro punto fuerte fue el mantenimiento directo de los puestos laborales a través de las ATP, la prohibición de despidos y la doble indemnización. Obviamente los resultados distan de ser felices pues en este marco y con la crisis previa a la pandemia de todos modos se contrajo el mercado laboral y se afectó negativamente al salario. Un año que debía ser de recomposición salarial luego de la miseria neoliberal termina con ejemplos claros de baja en el poder adquisitivo. Aunque resulta un golpe al pensamiento ortodoxo que con la fuerte emisión monetaria que se realizó todo hace preveer una fuerte caída de la inflación respecto al 2019.

Agenda de Derechos Humanos. En un marco de pandemia y destrucción de riquezas, muchos conservadores señalan que estos temas son “pantallas de humo” o “un curro”. Lo cierto es que son deudas sociales que impulsan varios movimientos y permiten avanzar en la ampliación de derechos, donde la economía no permite la reducción de la desigualdad. Se destaca a simple vista el avance en protocolos en diferentes organismos públicos y privados para el cupo laboral trans y travesti, siendo un sector social históricamente marginado al punto tal que la expectativa de vida de las personas de este grupo apenas supera los 40 años. Esta y otras diferentes problemáticas de géneros fueron levantadas por el nuevo gobierno desde el que se produjo la actualización y adecuación provincial a los protocolos ILE a principio de año.

Otro punto en el que se trabajó con sus claros y oscuros (más oscuros que claros, por momentos) fue el derecho a la vivienda propia y la nivelación de fuerzas en el mercado del alquiler. El relanzamiento de los planes Procrear y diferentes planes de vivienda buscaron responder a una problemática que aqueja cada vez más al país que, por el momento continúa con un proceso de concentración urbana que hace que más del 94% de la población viva en las grandes ciudades. El abrupto empobrecimiento producido por la coronacrisis mundial llevó a que se multiplicaran las tomas de tierra en pedido de planes de vivienda y ayuda estatal, y en algunos casos la gestión de las mismas resultaron en imágenes lamentables, como el caso de Guernica. A posterior de esas tomas se avanza en diferentes planes de vivienda que son ambiciosos.

Las posibilidades

Existieron diversos errores de gestión en este año, todos y cada uno magnificado por una prensa que se partidizó y funcionó como punta de lanza contra los gobiernos populares. Hay un trabajo de hostigamiento permanente que articula al frente opositor y los medios. Eso en sí mismo no sería un problema si no fuera que como no hay piedad tampoco hay memoria. El ejercicio de la doble vara y la crítica edulcorada al gobierno neoliberal es la contracara a la virulencia antipopular que pregonan.

En ese punto radica a la vez la mayor debilidad y la más grande fortaleza de la oposición: la forma en que radicalizan sus posturas les quita el sentido amplio que JxC buscó tener a principios de su gobierno, pero pueden tener efecto directo en el descontento con la situación social. Es así que no pueden capitalizar de forma positiva los errores del FDT pero tampoco quieren hacerlo porque les basta con representar el descontento por la negativa. El cercano recuerdo del gobierno de Mauricio Macri obliga a la oposición a construir de esta manera mientras arma las nuevas referencias para unas próximas elecciones donde no tendrán más que ofrecer que su mirada antipopular y la descalificación como respuesta al desencanto. Al gobierno le beneficia esta configuración pues le deja a su acción el resultado y no depende de nadie más. Pero al no existir posibilidades mínimas de aquel acuerdo social que promulgaba, las reglas del juego democrático se doblan y la presión ante cualquier falla puede ser demasiada.

Texto: Pablo Diz. Es laburante telefónico y militante político de la Plataforma por una Nueva Mayoría en el Frente Patria Grande.

Imagen: tomada de Polos productivos regionales.

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