Notas a Paisajes con agua en movimiento

Compré la versión artesanal del libro porque quería la experiencia multisentido. Con este libro en particular que propone un viaje sentí que era la manera de emprenderlo. Al final se puede descargar una versión digital del mapa creado por la autora, lo atesoro en mi cajita digital.

El título me recuerda a las postales que amo coleccionar, inmediatamente, una postal cae del libro, es la tele de la tapa, perdida en un mural gigantesco y noventoso que incluye montañas, agua y un bosque. Un hogar apagado y un piso que me lleva  a la casa de mis abuelos, mi casa actual. ¿Dónde está el movimiento? , pienso. Hay algo de estático en la foto, pero la memoria no lo es, es vertiginosa, tiene algo de la urgencia.

Una cita como preámbulo, iniciática, arranca el viaje. Toda lectura es un viaje, pienso. Sí, aunque este encierro es nuevo. Leer en pandemia ha sido un refugio, ya sé que no digo nada original. Pero este libro habla de otra cosa, no es la obviedad que podemos pensar, no es un puñado de poemas que hablan de viajes ahora que estamos encerradas, es un viaje en sí mismo.

Melisa Papillo, autora de Paisajes con agua en movimiento, junto a las dos ediciones de Ed. Carretilla Roja.

Un mapa calcado a mano nos marca el camino, veo lugares queridos, cercanos, fronteras imaginarias que dividen discursos y formas. Desordenados u ordenados como cuando la mente hace esas conexiones extrañas, como en los sueños, este lado de la Gral. Paz, Suiza, Italia y Caseros. Yo veo conexiones. Mi propio mapa estaría compuesto por Siria al lado de Once, Mar del Plata, Santiago del Estero y Pablo Podestá. Toda memoria construye su mapa. Convivimos con todos los lugares de los que vinimos, elegimos los antepasados que nos hacen más libres, dicen tiquun, construimos los mapas que nos hacen.

La voz es de una buscadora de tesoros pero los personajes que habitan la obra también lo son, se mimetizan con la voz para buscar palabras-joyas. Las notas al pie son otro viaje. Como cuando no planeamos el paseo, podemos decidir los caminos a conocer. Cada cita amplía las voces, los márgenes del significado. Una polifonía armónica. 

Los viajes los emprenden todas las voces que aparecen. Los poemas reterritorializan estas voces, las traen al mapa, en viaje desde donde sea, la plaza del barrio, el bar, la tele, youtube. En donde quiera que estén, vienen a caer al espacio de escritura. Pero no vienen solas, traen su alrededor y se conectan unas con otras. Confluyen en la ola como el agua en movimiento, los ríos terminan en el mar del poema. A veces la calma de la mirada de la tribu, esa manada que recién empieza, se compone de pequeños movimientos, ínfimos y rutinarios que dan vida al refugio, que se contamina y no por las imágenes de otros lugares. Pero este viaje no es un viaje que tiene que ver con la pérdida. No hay acá un deseo roto por la manada y el quedarse, hay un deseo expandido en la mirada hacia afuera. Adentro están las formas del cuidado.

El recuerdo del puerperio, donde la voz no sale, es distinta, solo sabe de sueño y horarios. El cuidado y las tormentas en los que se pierde la idea de sí misma. La identidad desaparece para dar paso a lo animal. Es una con el entorno, cambiante en la construcción de la tribu. La identidad se vuelve tormenta, ola, lluvia, pozo. Descontrol, volante sin rumbo.

El libro puede leerse de atrás hacia adelante, arrancar desde adentro hacia afuera. Pero tiene un orden, primero los viajes luego el territorio conocido, vuelto extraño. Un poema dice

Las piedras que traigo de los viajes/suelen tener formas preciadas. /No cualquiera se gana un espacio en el bolso./ Con forma de corazón, con forma de nariz de chancho,/una almendra y otra con forma de piedra./No dicen nada de donde estuve,/son una parte del cuerpo que fui / en ese lugar. 

En este poema como en el resto del libro el cuerpo no está separado de la voz, no posee el cuerpo, es. Las piedras que junta por un momento fueron parte de ese cuerpo que fue, pero es, por la memoria. Las piedras elegidas desembarcan en la casa que ahora es refugio y que también son cuerpo e identidad desconocida siempre cambiante. La piedra que lleva dentro del cuerpo es talismán. La palabra joya mueve todo el orden de la casa, y de las costillas. El cuerpo es la casa, la casa es el cuerpo: tiene costillas y estómago. Piedra-hijo que se lleva como talismán pero se sabe ya perdido. Y revela verdades, como todo amuleto.

Texto: Natalia Iñiguez. Nací en 1983 en San Martín, Conurbano. Trato de enseñar literatura a duras penas en los barrios, no encontré nunca trabajo menos esclavo que hablar todo el día de los que amo. Publiqué “Sorbos de Locura. Poesía ilustrada” en la Editorial Zediciones 2008, y Milena Caserola, 2009, los poemarios/fanzines “Tinta” y “Rota” con Humo Suburbano, proyecto artístico y cultural con el que organicé ciclos literarios y ediciones independientes. La antología personal “Todas las otras” y “Desubicada” en forma de plaquettes independientes en el año 2014 y a partir del 2016 reeditadas por la Editorial Mutanta de la que formo parte como editora y autora hasta la actualidad. En el 2016 formé parte de “Apetito Voraz por devorarlo todo”: Antología de poetas feministas aliadas y salió mi segundo libro “Una vez escribí todo” editado por Simulcoop. En el 2017 formé parte de la colección distancias con una plaqueta de poesía y fotografía analógica junto a la Editorial Ausencia. Edito fanzines y libros de poesía contemporánea y disidente con mi proyecto Editorial Mutanta.

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