La ley de las calles feministas

Hubo una semana en que un presidente de una nación que se caracteriza por su agitación constante traccionó una promesa. Hubo una semana en que nos volvieron a sudar las manos y no paramos de mirar las redes, charlar con amigas y trabajar, comprar, cambiar pañales, cocinar, lavarnos las manos fuerte, orinar, todo entonando trocitos de canciones que, palabra más, palabra menos, en algún momento dicen “el aborto será ley”. Ese país es esta Argentina, pandémica, en crisis, pero no en retirada, de noviembre de 2020.

Alberto Fernández, tal como anunció en su campaña electoral y en el inicio de las sesiones del Congreso, envió por fin a esa cúpula de debate y determinaciones, tras mucha espera y progresiva presión feminista desde todos los ángulos, el Proyecto de Ley para la Regulación del Acceso a la interrupción voluntaria del embarazo y a la atención postaborto; junto a éste, otras definiciones vinculadas, como la ley de los 1000 días, para la atención y cuidado integral de la salud durante el embarazo y la primera infancia. ¿Qué es este gesto ahora, además del cumplimiento de una promesa asumida y de una acción ejecutiva de quien nos gobierna, que abre nuevamente la posibilidad de decidir sobre nuestro cuerpo legalmente y un Estado presente haciéndose cargo de su gente? Decía, ¿qué es este gesto? Es la revancha, el redoble, el calor de años y años de trabajo incansable, cada vez más masivo, de mujeres y personas gestantes, acompañades por tantísimes otres, que consideramos que la maternidad debe ser deseada o no ser, para que no se mueran por el útero más ciudadanes. No olvidemos: este nuevo intento es otro logro de las calles feministas. Eso quería decir. Eso.

Ahora bien, ¿por qué estos párrafos trasnochados? Porque hace algunos días que no puedo parar de pensar en mi hija y en su futura  vida de joven y adulta. No puedo dejar de pensar que esto que me agita por mí y por nosotres, ahorita mismo, que intenta poner fin a las injusticias aún sufridas,  una vez más, impacta en ella y les demás pibis con capacidad de gestar; quienes, en pocos o muchos años, podrán disfrutar de su sexualidad sin fantasmas de hemorragias y vergüenzas. Pienso en ella que ya hoy escucha, entiende y pregunta –y se sabe los cantitos que repico por la casa- y captura la esencia: sólo seré madre si quiero serlo, es decir, si lo deseo; es decir, no porque no me queda otra; es decir, no porque si no puedo joderme.

Leer la ley

No entiendo nada de leyes. Cada vez que atiné a leer algunos artículos de una ley que me interesaba por tal o cual razón, se me nubló la vista.  Pero hay algo con esta ley, ésta que abrazamos tantas tardes y noches, tantas lágrimas y abrazos, con un nivel de épica y poesía encapuchadas y sudadas y nerviosas y empapadas, ilusionadas, cansadas y fortalecidas, indignadas y escupiendo argumentos, que hace que la entienda. Yo no sé si se trata de los resúmenes que me ayudan, las ganas de que sea una realidad de una vez o qué, pero ésta la entiendo con algo más que la pura razón. Y cuando hace algunos días se hizo pública esta copia del proyecto, me puse a anotar en un papelito. ¿Un papelito? Sí ¿Para qué? No sé bien, pero puse: Las mujeres y otras personas con identidades de género con capacidad de gestar –gracias por haber avanzado, el nombrar se lleva un porcentaje enorme- tienen derecho a decidir y acceder a la interrupción de su embarazo hasta la semana CATORCE (14) inclusive, del proceso gestacional –suspiré, hice puñitos con mis manos, ademanes de festejo, como reconfirmando lo que sabía que encontraría-. Luego, en un calendario imaginario, anoté máximo diez días para que se efectúe la asistencia. Ahora que lo pienso, haría una marca bien roja ahí. Continué anotando: personal de salud, que garantice TRATO DIGNO, que respete las convicciones personales y morales de la paciente (erradicar prácticas violentas). Acá taché palabras mal escritas, hice un recuadro en TRATO DIGNO, a pesar de ya haber usado las mayúsculas. ¿Qué habrá detrás de mi lectura y anotaciones además de un deseo irrefrenable de que seamos escuchadas y cuidadas? Creo que detrás está mi hija, ella en todes, todes en ella. Andá, hija, disfrutá, yo anoto, disfrutá esto que logramos; tanto costó, que no se va a borrar de la memoria colectiva y juntes lo haremos valer.

En el proyecto, artículo tal o cual, se habla de PRIVACIDAD –así anoté, en una letra enorme-, CONFIDENCIALIDAD. Se me vinieron tantas noticias abrumadoras de niñas sujetadas por medios de comunicación, instituciones médicas y religiosas, obligándolas a gestar y a parir, negándoles un aborto con dardos venenosos cargados de ideas tergiversadoras, deshumanizantes, perversas. Era su derecho, pero igual las semanas pasaron. Igual, niñas madres.

Anoté y subrayé: Autonomía de la voluntad y además de pensar que de eso hablamos siempre, de eso, sí, de eso; saqué una flecha y seguí copiando el personal de salud debe respetar las decisiones de las pacientes respecto al ejercicio de sus derechos reproductivos, las alternativas de tratamiento y su futura salud sexual y reproductiva. Qué bien se siente. Qué ganas de llorar por todes les perdides.

Hice más notitas, agregué resaltadores y flechas: objeción de conciencia, ok, pero cómo; penalidades; edades y consentimientos, excepciones; acceso a la información, esi; cobertura 100% pública y privada. Bien, la ley es para leerla mordiendo como a un dulce el pañuelo verde de la sororidad, el entendimiento, el deseo, la batalla y la victoria. Si hace falta, repetiremos que es un tema de salud pública y no de moralidades el que venimos reclamando y debatiendo. Si hace falta, reiteraremos lo que tantas pavadas inspiró de quienes se escudan en la vida para cagarse en todas las vidas. En el Congreso habrá otra vez voces mezquinas e ignorantes, como es esperable. También hubo un gesto, instituyente, no definitivo, pero cargado de poder simbólico. Veremos. Creemos que sí, que esta vez sí.

Otras épocas (que lejos estaban de ser mejores)

Cuando yo no tenía idea de casi nada, una amiga muy querida miró hacia algún lugar distante, que no era la cara que tenía enfrente, la mía, y me contó que había quedado embarazada. Y que no sabía bien qué hacer. Pero que prefería no tener ese bebé en ese momento con esa persona con todo lo que gestar, parir y criar podría significarle. Yo no sé qué pensé. Pero tuve miedo. No tenía información, cogía siempre con el temor al embarazo no deseado –qué bajón “disfrutar” en medio de esa paranoia-, pensaba en qué castigo paterno me dejaría clausurada si me pasara. Y ya no recuerdo cuánto más me invadió pero tuve miedo. Una vez más, pero muchísimo más real, de cerca. Mi amiga pudo decidir la interrupción de ese embarazo, pudo ser ayudada con el contacto y el dinero, tanto como pudo ser y fue violentada con la palabra de quienes la querían. Lo importante no era que podía y quería decidir, sino que se había equivocado y no quedaba otra que dejar todo en manos de ciertes adultes.  

Pienso en una piba de 16 años que pueda ir al sanatorio de la prepaga o al hospital y acceder a una interrupción de un embarazo no deseado y pienso en mi hija, de nuevo, con certeza y calma. Creo que ese miedo y esa vergüenza que sintió mi amiga, que sentí yo, que sentimos casi todas alguna vez, puede ya no aparecer en las nuevas miradas, plenas de derecho a decidir sobre su cuerpo, acompañadas por el Estado, como debe ser; asistidas sin violencias, como debe ser; no juzgadas, sino respetadas, como debe ser.

Si volviéramos el tiempo atrás, abrazaría a mi amiga rompiendo el silencio que creo recordar me cubrió en ese entonces. Si esta ley ya fuera la realidad que será, la abrazaría y juntas iríamos al centro de salud, esquivando la clandestinidad, no necesitando el dinero de un adulto poco empático que quisiera disponer de todo porque contaba con el capital para abortar en condiciones más o menos zafables y no quedarla. Nos abrazaríamos porque, como lo sentimos ahora, no estamos solas, somos dos y un montonazo más, miles miles miles que nos damos cuenta de que el tiempo podría haber sido antes, sí, pero exigimos que sea ahora. No queremos ni una persona muerta más por aborto clandestino. Queremos educación sexual integral efectiva para decidir, anticonceptivos disponibles para no abortar y aborto legal para no morir.

Gracias, Campaña, por tanta garra y tantas enseñanzas. Gracias, compañeres de todas partes, por estar en las calles en las redes en las casas en las escuelas en los trabajos haciendo fuerza con la convicción potentísima con que llegamos juntes hasta acá.

Texto: Pamela Neme Scheij.

Obra visual: Carla Álvarez. Profesora de artes visuales, artista y mamá. Acompaña niñxs-adolescentes en aulas y espacios de taller -Taller Crisantemo-. Sus imágenes surgen como la necesidad de un grito propio y colectivo.

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