La cuarta ola llegó al teatro para quedarse

En los últimos años los feminismos han crecido, se han visibilizado y expandido de manera impresionante en Argentina, y me enorgullece poder escribir “en Argentina”, que no sea sólo en Buenos Aires, sabiendo que las realidades de las mujeres en algunas partes del país son a veces mucho más limitadas por una tradición patriarcal extremadamente dominante. La desaparición de María Cash y el primer “Ni una menos” fueron reveladores para mí, y el “Vivas nos queremos” y la lucha por la despenalización del aborto me hicieron comprender lo heterogéneo del movimiento feminista.

Sin embargo, en nuestra sociedad seguimos cruzándonos con personas y poderes que justifican el accionar patriarcal o culpabilizan a la mujer por sus libres elecciones. Entre esas que, para muches, son razón de cualquier tipo de violencia o desprestigio, está la imagen de la mujer artista, específicamente de la actriz, muchas veces asociada a lo promiscuo (tenemos el ejemplo, en su momento, de Eva Duarte), o con la “venta” del cuerpo como algo negativo y ni me quiero explayar en el mito que, lamentablemente, en ocasiones se vuelve real, del “casting sábana” para acceder a un papel en una tira, una obra o una película. Pero el menosprecio a la mujer artista no queda solamente en la imagen de la actriz. Se extiende hacia otras áreas, por ejemplo, se prejuzga a la mujer que elige dirigir teatro porque la dirección o “el mando” es cosa “de hombres”; o se cuestiona la capacidad de la mujer escenógrafa, como si diseñar y construir escenografías fuera “martillar y tener fuerza varonil”. 

Es necesario hablar de feminismo en el teatro argentino. Si no lo fuera, no se hubiesen conformado el Colectivo de Actrices, el Colectivo de Dramaturgas y el de Directoras. Si no fuera necesario, estaríamos evitando el encuentro entre el teatro y la sociedad o viviríamos en una realidad paralela. La visibilidad que se tiene que dar a las mujeres atraviesa todos los encuadres actuales, al menos en Argentina (creo que se está dando a nivel mundial, pero cada país, región, cultura, está en distinto estadío) y no tiene que ver con la rebelión infundada o simplemente con la violencia explícita hacia nosotras (para no decir los continuos asesinatos) que vemos acontecer cada día. La violencia es el punto cúlmine de esta situación y hay que poner el freno antes.

Cuando nos referimos a “sociedad patriarcal” estamos hablando de conceptos instaurados en la cultura y la tradición nacional que presuponen que las mujeres “sirven para algunas cosas” y en otras no se pueden meter; o que las mujeres no pueden ocupar cargos de decisión o de dirección porque el poder “es de los hombres”. La famosa frase: “detrás de un gran hombre hay una gran mujer” nos muestra qué lugar nos impone la sociedad patriarcal desde su pensamiento: “detrás de…” es en las sombras aconsejando, pero sin poder decidir, sin poder liderar. Esta frase estigmatiza a las directoras de teatro y juzga la construcción artística de las actrices. 

En su artículo “Teatros independientes y feminismo” de la Revista Acotaciones María Fukelman expresa que la única profesión teatral conformada ampliamente con cupo femenino es la confección de vestuarios. No es aleatorio, no es casual: el aprendizaje de la mujer hasta hace no menos de 60 años atrás estaba ligado a las tareas domésticas, al arte culinario, corte y confección, y quizás con viento a favor al desarrollo de alguna actividad artística (en general dibujo, piano, comprensión y análisis de textos literarios), y no desde una perspectiva laboral. Incluso, se han realizado grandes avances en materia de derechos y de visibilidad: el pasado 23 de Septiembre se conmemoró el Día Nacional de los Derechos Políticos de la Mujer; el Día de la Mujer ya no es día de festejo sino de memoria y lucha; en abril de 2018 se creó el Colectivo de Actrices Argentinas, y en marzo de 2019, el Colectivo de Dramaturgas argentinas que, entre otras cosas, se preguntan por qué reciben premio al “Mejor dramaturgo” (así, con O). Se sigue debatiendo la ley de interrupción voluntaria del embarazo y se pone en el eje de la cuestión esa frase que tanto repetimos: “mi cuerpo, mi decisión”, pero en términos históricos (podemos sumar la libre elección de métodos anticonceptivos, el uso de pantalones, el largo de las polleras, etc.), esta aceptación de la mujer como sujeto de derecho es joven y sigue desarrollándose. Y el teatro no es ajeno a eso.

Es muy difícil rescatar artistas mujeres que se dedicaran al teatro antes de la década del ‘60 en otros lugares que no fueran el vestuario y la actuación. Es casi imposible encontrar el rol de la mujer en cualquier actividad teatral en el siglo XIX. ¿Cuántas artistas investigadoras tenemos en la historia no reciente? Y en la historia reciente, a nivel estadístico, ¿cuán equiparadas están las funciones del hombre y la mujer en las distintas áreas teatrales?

Fukelman plantea ciertos puntos en común entre el feminismo y el teatro independiente de los cuales quisiera destacar que ambos son movimientos colectivos y, desde mi punto de vista, lo colectivo es el único motor para construir una sociedad más justa y equitativa. Ambos buscan el reconocimiento, pero no la aceptación, y ambos son movidos por el deseo. En este último punto quisiera detenerme para desromantizar la situación del/la teatrista independiente: sí, le teatrista independiente es movide y movilizade por el deseo, esa frase de Pavlosvski: “el teatro es mi vida”, nos hace mover, nos hace hacer, nos hace “teatrar”, como dice Kartún. Pero no podemos esperar que el deseo nos alimente más que el espíritu. Y otra vez surge un punto en común con el feminismo: el deseo mueve, pero el deseo se tiene que materializar en política pública, en leyes y derechos, en protección del Estado. Nuevamente, la conciencia del otre hace la diferencia.

Estos colectivos feministas que se están autoconvocando y construyendo en el ámbito teatral demuestran que es necesario hablar del tema en el teatro, que es necesario visibilizar los roles que las mujeres ocupamos en los ámbitos artísticos, que somos profesionales capaces de todo y más. Pero no alcanza con unirnos y hacernos visibles. Necesitamos diseño de políticas públicas, cupos laborales, implementación de la ESI y modificaciones en la perspectiva de género en el ámbito educativo a nivel nacional. 

Los colectivos son nuestro motor, nuestra horizontalidad, pero las leyes son las que nos avalan, nos protegen y permiten la construcción de una sociedad más equitativa. El cambio es profundo y por ahora, lo estamos haciendo “solas en comunión”, es decir, por ahora, nos sostenemos entre nosotras, ¡y no es poca cosa! Nos creemos, nos valoramos, nos acompañamos y defendemos… pero como dije antes, con el deseo no alcanza. 

Que sean leyes. Que sea ley.

Texto e imagen: Ana Victoria García. Licenciada en Actuación y docente de Teatro. Cursa actualmente la Maestría en Teatro con mención en Actuación en la UNICEN. Dentro de su experiencia docente, coordinó durante diez años la Carrera de Arte Dramático de la Escuela Municipal de Arte y Comunicación de Tres de Febrero (EMAC), y trabaja en varios secundarios de Tres de Febrero. Como actriz, es parte de la Compañía Teatral Familia Diciembre y fue dirigida, entre otres, por Guillermo Cacace, Gustavo Tarrío y Cristian Palacios. Este último año conformó la organización del Festival Internacional de Teatro Pirologías y lleva presentadas dos obras en formato virtual: Sí virtual dirigida por Leandro Montgomery y Desazoom disponible hasta el 15 de noviembre en Alternativa Teatral, dirigida por Mariángeles Aduco. 

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