Sustentos

Lavo las bolsas de red que han abrigado cebollas, leña o papas. Pliego con esmero el papel estraza blanco que no se ha mancillado. Apunto ideas, tomo notas, escribo borradores en el reverso de hojas impresas. Es la visión de mundo que heredé y que intento transmitir a nuestra hija y a nuestro hijo.  Haber sido testigo de la magia de las manos y las tijeras de mi abuela, que gestaba una prenda con cualquier retazo; ver a papá plantar en un fuentón devenido en maceta, los tallitos tiernos de la albahaca recibida en su porción de tierra húmeda; contemplar la destreza de mamá al reunir los cabos sueltos de pan duro para ligarlos en un delicioso budín, son algunas de las escenas de la vida cotidiana que documentan esta visión. 

Indudablemente también vivo con cosas superfluas, de las que podría prescindir. 

Hay, de un lado, una pulsión por obligarnos a consumir (persuadiéndonos incluso con la amenaza del terror al desempleo) y hay también un universo paralelo, del que las corporaciones se apropian con frecuencia para enmascarar sus propuestas. Este universo discurre por un cauce de claros principios: trabajo digno, consumo responsable, comercio justo,  armonía con el ambiente. Aún en defensa de dichas premisas, tratando de apostar permanentemente a ellas, solemos desplazarnos de uno a otro plano. Todxs experimentamos la paradoja del artista cuando pinta la destrucción del planeta con acrílicos. No queremos devastarlo pero necesitamos de sus recursos. 

Con la inédita crisis de la producción y el consumo que provocó la pandemia, las empresas se vieron obligadas a desplegar otros mecanismos de seducción: no hay que salir a buscar, la marca nos busca y se aposenta en nuestro hogar. El confinamiento, el alcance limitado de los permisos para transitar, la imposibilidad de viajar en transporte público y el autocontrol, acotaron la vida a lo barrial.  A modo de aldeas, los barrios respiran un orden cerrado. Sólo emisarios autorizados cruzan las fronteras para abastecer sus demandas. Una reverberación de motores enlaza lo pueblerino y controla el flujo de mercancías, previamente pactado.  

A este tránsito vertiginoso, enloquecedor, se contrapone la marcha lenta de los seres que deambulan o traccionan a sangre en busca de la materia de las cosas. Expulsadxs de los circuitos de producción, sus cuerpos exhiben la fuerza de trabajo que no todxs están dispuestxs a ver, en soledad la mayoría de las veces.  Y puesto que la composición de los objetos muta, mutan también las quimeras.  Un año sin escuelas (no sin clases), como dato más significativo, causó una disminución sensible de papel, pero las bolsas e-commerce se  multiplican, como todo lo asociado a la industria del embalaje. Plástico, metales, cartón, vidrio, reingresan en los procesos fabriles gracias a su recuperación. Las veredas y las calles hoy están menos sucias, pero más por desesperación que por conciencia ecológica. Vidas precarias que dependen del fluir de exiguas aguas territoriales:  fabriquitas, talleres,  pequeños comercios, ínfimos consumos.

Si las crisis nos enseñan a reconstruirnos a partir de los escombros, ésta parece ser una gran oportunidad.  El diseño industrial con remanentes o materiales de descarte, el rescate de lo vintage, el arte del collage, nos revelan las bellísimas flores que pueden abrirse a partir de cosas viejas o de desechos. Separar aquello que puede ser recuperado debe ser nuestra responsabilidad. Involucrarnos en los proyectos que dignifican el trabajo de quienes recolectan y reciclan, nuestro mayor compromiso.

Porque la salida es colectiva.

Para seguir en diálogo:

Texto: Nancy Manoli. (Buenos Aires, 1967) es Profesora y Licenciada en Letras por la UBA. Dirige la Tienda de libros y espacio cultural @hermanowilliamlibros.  Coordina talleres de lectura, saca algunas fotos, escribe crónica y poesía. Todo esto como intento de aproximación a lo mínimo, porque cree en la potencia de los fragmentos. @manolinancy

Obra visual: Carla Álvarez. Profesora de artes visuales, artista y mamá. Acompaña niñxs-adolescentes en aulas y espacios de taller -Taller Crisantemo-. Sus imágenes surgen como la necesidad de un grito propio y colectivo.

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