Néstor Kirchner – 10 años después. Memoria, ficción y comunidad

Memoria y procedimiento

Escribo estas líneas acompañado por una intuición y una certeza. La intuición: mientras el cielo del domingo está blanco, la lluvia y las cotorras amenazan las bolsas de basura y algunxs optimistas aprovechan para caminar en la plaza, cientos de dedos escribimos unas líneas por el décimo aniversario de la muerte de Néstor. Habrá quienes se sumen a los homenajes de los medios mainstream -para esos balances desmesurados, épicos o siniestros-, decorando sus notas por voces autorizadas, y habrá quienes lo hagan para publicar en medios alternativos, blogs o redes sociales, con menos oficio y más torpeza, pero todxs nos estamos preparando para algo y, si miramos en el fondo de la pantalla con la atención con la que se contempla el fuego, podemos llegar a vernos las caras. Conformamos una comunidad que trata de hacer pie alrededor de una ausencia imprecisa, entre la historia y la memoria personal. Un rol dentro de un mapa de discursos, una soledad que se encamina para ser un ladrillo más en la gran máquina de narrar. En la antología que nadie convocó.

En segundo lugar, una certeza: en 48 horas (hoy en realidad), las redes sociales se van a llenar de recuerdos (posteos) del 27 de octubre de 2010: frases rimbombantes, agradecimientos quebrados, fotos latinoamericanistas épicas, ecos de la juventud -“si la tocan a Cristina qué quilombo se va a armar”- para todos y todas. Un choque entre la memoria, entendida como acto de la conciencia desencadenado por el deseo o el estímulo (una magdalena, una campana), y la arbitrariedad de la tecnología que hace de cada día una efeméride -un presente total diría Meschonnic- de nuestra propia biografía: la foto de cierto choripán en cierta plaza como prueba de que alguna vez estuvimos vivxs. El 27 de octubre es un día de la Memoria en otros términos. No la memoria de la atrocidad y, por ende, la reivindicación de una resistencia colectiva e implacable. Es el día de la memoria en tanto procedimiento. El día en que la experiencia y el Yo material resisten y vuelven a encontrarse con su estrategias (sus versiones) para ficcionalizar el presente, lo que dijimos alguna vez tomadxs por la emoción: nuestros fantasmas a corazón abierto.

Evocar la muerte

A lo largo de la semana, mientras pensaba en la escritura de este texto y sentía una presión y un temor absurdos, me pregunté muchas veces por qué me acuerdo con tanta claridad del 27 de octubre de 2010. Con esto me refiero a una memoria milimétrica: al menos, cinco escenas del mismo día, incluso la noche anterior y la tarde siguiente. Me acuerdo que el 26 a la noche me tomé un taxi de Nazca a Once y que, de lo borracho que estaba, no veía los nombres de las calles; me acuerdo también que después me quedé dormido en un living usando un zapato de almohada mientras mis amigos jugaban al PES. Me acuerdo del Censo en el palier de un departamento de Flores; que volví a Ramos al mediodía y nos organizamos para encontrarnos en la tanga (una plazoleta triangular en la intersección de Rivadavia y Avenida de Mayo) a las 4 de la tarde para ir a Plaza de Mayo; del Sarmiento y el Subte A llenos de banderas; me acuerdo de personas con las que me encontré y abracé en la Plaza y que quizás no volví a ver. Podría escribir las enumeraciones más aburridas esta tarde. Pero, otra vez la pregunta, por qué. Por qué me acuerdo de todo esto incluso con más rigor que de los días en que murieron mi padres, o de la tarde que me recibí por mail, o de todas las primeras veces, y podría seguir. Por qué todas las marchas, asambleas, festejos, incertidumbres, derrotas y temores a la represión forman una película confusa y acá las fotos se vuelven nítidas. ¿Es lógico y esperable que el aniversario de una muerte nos lleve antes al día de esa muerte por encima de a la memoria de quién murió, a sus actos y sus palabras?

¿Me acuerdo porque lo viví o porque lo escribí?    

Monumentos

En Sobre la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida (1874) Nietzsche acuña el concepto de Historia Monumental. A grandes rasgos, se trata de un modo de leer y entender el pasado (y de escribirlo) haciendo eje en sus grandes hombres y, por ende, a partir de los grandes hitos -monumentos-: la historia de las guerras, los reinados, los héroes y los mártires, los descubrimientos científicos y las revoluciones, más allá; la Revolución de Mayo, la Independencia, las guerras civiles, la campaña al desierto, la ley del voto, el 17 de octubre del 45, el voto femenino, los bombardeos a Plaza de Mayo, el Cordobazo, Ezeiza, el genocidio, la guerra de Malvinas, la vuelta de la democracia y diciembre de 2001, en nuestro país. En síntesis, un canon o una versión apenas extendida del calendario de feriados, de los billetes y los símbolos -Rosas y Belgrano o un Yaguareté-. Los monumentos -o las tumbas, como destaca Nicolás Prividera en Tierra de los padres, una historia literaria de la violencia- son quienes tienen voz en el relato mayor y por eso siempre se enfrentan al derrumbe o al reemplazo.

Podemos, a la vez, pensar un paralelo entre la Historia Monumental y las biografías: en vez de guerras y revoluciones, tenemos nacimientos, celebraciones religiosas, graduaciones, vacaciones memorables, más nacimientos, primeras veces, fiestas, aniversarios, accidentes, traumas, muertes: el juego de la vida del que tratamos de huir y cada tanto nos envuelve. Todos aquellos momentos que hasta no hace tanto entraban en un álbum de fotos físico o mental y que cada año se repetían como efemérides más o menos nombradas o celebradas. Cada año corriendo una y otra vez en su versión privada y pública. Entonces, una hipótesis: quizá el 27 de octubre sea el broche de luz que une ambas líneas de tiempo, un cruce indeleble. Es el llanto televisivo de Luis D´Elía [acá podríamos trazar una historia de los llantos para pensar el recorrido 2001-2010: el supermercadista chino desolado mientras saquean su comercio, Juan Carlos Blumberg llorando a su hijo asesinado por televisión y D´Elía, el más bravo de todxs, quebrado], las propias lágrimas en algún sillón primero, rodeado de extrañxs y amigxs en una fila infinita, después. La historia del país, que es también la historia del peronismo y sus lecturas del pasado, no como un disparo ajeno que suena en la noche, sino anidando puertas adentro, construyendo un territorio éxtimo para el ritual colectivo: el dolor, la algarabía, la violencia en tanto gesto de mostrar los dientes y pelar las uñas expandidas; el encuentro de todas las memorias.

El 27 de octubre de 2010, lxs que nacimos en democracia nos sentimos más jóvenes que nunca y creímos que teníamos un rol que cumplir. Entonces, forjamos nuestra épica -un nuevo relato de origen-, perplejos y envalentonadxs frente a coronas de flores enviadas por Chávez y Fidel Castro. La Plaza de Mayo repleta a las 4 de la mañana. Lxs grandes hombres y mujeres y el pueblo en un mismo espacio común. De algún modo, vimos a la historia atravesar las persianas de nuestras casas. La historia de todas las causas justas. La Verdad teleológica. Nos pareció que podíamos hacer pie ahí.

No sé exactamente qué significa ahí, pero yo estuve ahí. Yo soy ahí.

Uno de los posteos que va a traerme el algoritmo. Facebook, 27 de octubre de 2017

La noche anterior había terminado durmiendo en el suelo del living de Ventousa con uno de mis zapatos negros como almohada. Los que estaban ahí, siguen estando ahí. En esa época trabajaba con zapatos, jean y chomba. A veces usaba medias blancas y no me importaba. Me sentía un poco un viejo, otro tanto un punk o un personaje de Arlt tratando de quedar bien o de volverme mi propia parodia en los circuitos de oficina. Mirando las ventanas con desdén y ojos vidriosos. Le ponía empeño pero ya no me salía, llegaba el momento de cambiar de lógica, de sacar las remeras y las camisas grandes de los cajones, aunque ya no me entraran. Faltaba poco para que llegara esta etapa maravillosa en la ex ESMA. En el territorio de todxs.

Cuando me desperté, la noticia más triste me cayó en un departamento memorable de Flores, uno de esos que entran en todas nuestras biografías. Luis tampoco lo podía creer, la cabeza y los ojos nos dolían. Hacían presión. Después vino el sujeto del censo y le dije cosas, que vivía en algún lado y no sé qué más, lo miré con desconfianza porque no se lo notaba lo suficientemente triste. Ya rondaba ese rumor sobre “gente brindando”, ya Carlos Pagni sacaba una nota que, para cumplir la máxima borgeana, lo definía para siempre como un miserable. Lloré, sorpresivamente, un poco en el sillón, no entendía bien por qué pero sentía el peso de una deuda y una gratitud enorme. Lloré como un zurdo triste, abandonado, culpable. Miraba twitter, escribía algo. Le daba like a todo, etc. Miraba la tele y lo veía a D´Elía derrumbado, un tipo recio, rudo, totalmente quebrado. Una imagen literaria como esa de los aviones entrando en la materia firme de las Torres gemelas que aparece en algún libro de Martín Kohan. Lo duro en realidad es blando.

Un rato después, el viaje en colectivo desde Flores combinó matices de todas las finales perdidas, todas las eliminaciones de los mundiales, el cabezazo del burrito y las manos planas de Verón pidiendo calma, las derrotas de lxs otrxs que te crucifican sin que puedas defenderte. La vuelta.

Esa tarde, antes de arrancar para la Plaza, nos juntamos con otros amigos en mi casa de toda la vida. Tomamos mate y comimos bizcochitos dulces hasta que llegó el quiebre. En medio del murmullo para llenar la tristeza, mi vieja se nos acercó emocionada con su notebook en brazos -la que estaba aprendiendo a usar a los 67 años para firmarnos todas las publicaciones y compartir fotos con sus nietxs- y nos dijo: “éste es el último regalo que me hizo”. Algo tan simple, tan vulgar para la gente exitosa, transgresora, pensante que nos rodea todos los días. Un ama de casa que en el 96 se había quedado viuda sin jubilación (obvio), sin pensión, sin experiencia laboral, fuera del sistema con el país en curva descendente y con un pibito de once años a cargo, ahora adentro del sistema previsional para el que ni ella ni mi viejo habían aportado “lo suficiente”, se compraba la computadora en un millón de cuotas y entraba al mundo paralelo cada vez más real que el tangible. “Éste es el último regalo que me hizo”, esa frase hiriente, antigorila, burda, lejos de los parámetros de los buenos civiles; todo lo que los cínicos, los que escupen cuando dicen la palabra “populismo”, los que hablan de derechos que siempre tuvieron como algo que hay que ganarse, los que mandan a laburar a los demás y nunca aportaron nada al mundo más allá de su casa chiquita, un perro, las medias altas de sus hijxs para que no vean sus propias heridas, desprecian con esa cara de angustia que llevan a todos lados, engrampada. Mi vieja radical, alfonsinista a muerte, me hizo entender con esas palabras la sutileza, la humanidad torpe y desordenada del peronismo, el florecimiento entre las baldosas, ese barro jazminoso del que nunca más se vuelve.

Gracias NK, por ser dentro de tus limitaciones generacionales y de clase algo más de lo que se esperaba de vos, de lo que te quedaba más cómodo, que es lo que hace la mayoría. Por no ser un cobarde. Por movilizar a personas que hasta entonces pensaban que la política era propiedad exclusiva de la rosca. Por ayudar a que muchos saliéramos a la calle de otro modo, para intentar dar una mano, para transformarnos. Por procurar estar a la altura de lo que te pedía la historia. Todo eso que no sabemos si realmente existe, todo eso que nos cuesta no saber hacia dónde tenemos que ir.

Hinchas de la hinchada

Uno de los riesgos en las malas, lo sabe cualquiera, es taparse los ojos y volverse hincha de la hinchada. Hablar de épica y de tribunas llenas cuando tu equipo no sólo no gana sino que tampoco patea al arco y atraviesa una etapa de desconcierto, de desorden aún cuando asoman algunas sociedades interesantes. Incluso hablar de unas tribunas llenas donde vos no estás ni estuviste. Construir un relato lúcido y confortable o creer en la Verdad, como algo que poseemos y va a triunfar de cualquier manera, por justicia poética, por razón histórica. Vuelvo a la pregunta del comienzo: ¿por qué, más allá del cruce de memorias que hacen del 27 de octubre de 2010 un acto colectivo y un recuerdo personal, quirúrgico, pensar en la muerte de Néstor es pensar, sobre todo, en nosotrxs el día de su muerte? ¿Qué implica el yo estuve ahí a la vista de lo que vino después? Me refiero al triunfo aplastante, la fiesta total (un texto que se llame “esa noche en Güerrín”) y la disolución posterior. La imposibilidad de articular un discurso pragmático que en 2015 interpelara desde hechos concretos, desde la experiencia, sin pretender que las razones materiales resultaran obvias por sí mismas, sin comprender el desgaste como motivo suficiente para hablar con humildad.

Si antes los álbumes familiares expresaban esa memoria íntima, esa biografía construida a partir de una serie de hitos importantes, al menos en los papeles, ahora estamos en una época de demolición por goteo. Cada día contiene una huella involuntaria que viene del pasado. 365 días y seis horas que se repiten sin jerarquía -una y otra vez- construyen un presente absoluto. La demostración de que existimos alguna vez con otro cuerpo, otro pelo, otro lenguaje, otrxs a nuestro alrededor. La demostración de que los hitos ya no existen y acecha el ostracismo, el desierto despoblado, sin literatura. Recuerdos sin estímulo que exponen a la memoria como un artefacto sin músculo.

El libro de Nietzsche que nombré antes comienza con una escena y una explicación: unas ovejas que pastan tranquilas, sin problema alguno, “felices porque no tienen memoria”. Un rebaño feliz. Perder la memoria es dejar de ejercerla, que un otrx (o algo) lo haga por nosotrxs y construya un pasado a la medida de lo efímero, lo narcisista (resultaría siniestro que un espíritu burroughsiano interviniera esos goteos con textos que no escribimos para que volvieran recuerdos sin origen). Pienso entonces en la posibilidad de recordar fuera de esa repetición, en la potencia de hacer que la historia íntima sea un eslabón de un relato mayor y no sólo una unidad dentro de la ficción circular del yo.

Para concluir, un deseo: que hoy sea un día para pensar en la reescritura de la historia. En la ilusión latinoamericanista, los superávits gemelos, el perdón por parte del Estado y la derogación de las leyes de impunidad, las paritarias superadoras, las universidades y las fábricas encendidas, el trabajo para todxs. No una efémeride que apenas sirva para celebrarnos y añorar nuestra juventud, nuestra épica. Qué florezca un origen colectivo, una comunidad. Que el Yo estuve ahí sea una señal hacia el futuro.

Texto: Damián Lamanna Guiñazú. Ramos Mejía, 1985. Escritor, docente y gestor cultural. Escribe poemas y crítica literaria. Publicó tres libros –Dormir en la espalda de la lengua (2011, edición de autor), Después de la superficie (2013, editorial Simulcoop) y Propiedad Horizontal (2016, añosluz editora)- y participó en antologías en Argentina, Brasil, Chile y Colombia. Integrante de los colectivos musicales Las Hojas y La culpa del mundo, con quienes en 2019 editó su primer disco, La culpa del mundo. Trabaja en una escuela media de Villa Bosch y en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti (ex ESMA). Es magister en Escritura Creativa (UNTREF) y licenciado en Letras (UBA).

Obra visual: Sebastián Vidal. Diseñador y artista gráfico de Tres de Febrero. Trabaja el Collage digital y otras técnicas. Su obra está basada en gran medida en el Surrealismo y el arte cósmico.

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