Aguafuertes bonaerenses / El Palomar / La curva del mate

Hacia Caseros, después de Rosas, un gato de Angola sube la medianera quebrada, la historia oficial pasó por aquí también, y como en un sueño, seguimos cavando y encontramos insignias, trajes rojoazulados, y algún fusil: el pozo es infinito, la tierra excavada ensucia las escuelas cercanas, del otro lado, el ojo del olvido.

Como una callecita que da la vuelta y vuelve a aparecer bajo sus máscaras carnavalescas, geografías sobre geografías de un incipiente urbanismo que muestra sus fauces sudorosas después de la jornada del día en bares y pensiones improvisadas; la curva del mate mantiene los vestigios de la trinchera, el incómodo lugar de la avanzada a la intemperie, pero también, el espacio del resguardo de lo conocido. Entre talleres mecánicos, y fábricas de repuestos, todavía persisten “descansos” fileteados como fondas porteñas, que desperdigadas en el más allá de la general Paz extendían la ruta del tango con sus postas, sus rondas de ginebra y sus osadías de lo prohibido.

El más acá, Ciudad Jardín, siempre fue la ciudad blanca, “la pituca”, la parroquial, para el más allá del recorrido, lo inhóspito que se abría en sus divergentes salidas al barrio comunal, donde abundaban los compinches, las terracitas entre las paisas, las santaritas y los tambores, y también, los sótanos secretos, sin una clara funcionalidad, inundados con una deficiente red cloacal y que se multiplicaban hacia el noroeste, interconectados entre sí en un gran lago gris subterráneo. Ahí se aprendía que “en los hombres nunca se puede confiar” o “que la felicidad siempre se encontraba en otra parte” como una visa rechazada a los boliches nocturnos donde frecuentaban y se mezclaban los conscriptos y los conchetos después de pasada la madrugada. Las melodías diferentes, el silbido de los potreros y algún que otro poeta competían con la canción española, y su cursilería a secas, voces chillonas superpuestas al ruido constante del férreo, aún hoy, tren San Martín, y a la fúnebre música intempestiva del colegio militar. Esa inevitable Franja de Gaza que se encargó y se encarga con su presencia de cerrar el paisaje, panóptico perfecto que apunta en su lejanía hacia “lo peligroso”, lo que debe ser vigilado en los límites de Palomar, Caseros y Morón y guarda, bajo su espalda, lo que debe ser cuidado y preservado.

El mismo gato, ahora mira hacia el desagüe, los recuerdos no tienen peso, cada tanto se cristalizan, más tarde o más temprano, estallan y se desdibujan. En la lejanía, veo venir a Alejandro, escultor de alguna de las náyades del parque Lezama, discípulo de Lola Mora, Diana apunta con sus flechas floridas, las paisas andan por aquí, entre tambos y reseros. Todavía persisten los rosarios murmurados en varias lenguas, cuando el sol marca su ritmo entre nata y torta frita.  Cuando sale el reparto del diario a domicilio con noticias de la capital  y las persianas marcan lo que se puede ver. Aún puede escucharse el clamor seco de los vecinos cuando vieron la muñeca de sus hijas, ultrajada por el conchetaje, las monedas cayeron del lado del mejor postor, el mate restaurado por mano inexperta no oculta el grito que faltó. Todavía no éramos Ni Una Menos.

Victoria Palacios. Docente y Poeta. Escribió Alambique (Tersites, 2006); Los goces de Dafne (CILC, 2009); Turbantes (Ediciones la Biblioteca, 2014). Participa de la Agencia Paco Urondo y es parte de Mutágenas Artistas Feministas del Conurbano.

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