12 de Octubre, año 528

La fecha es propicia para hacer algunas reflexiones o cavilaciones. No importan mucho los cánones escolares y culturales con los que se conmemora el 12 de octubre de 1492, día en el cual Cristóbal Colón llegó finalmente a nuestras tierras. Tampoco interesan mucho las vicisitudes de la prolongada travesía de las carabelas que cruzaron el Atlántico, desde el Puerto de Palos, uno de los más prósperos del litoral andaluz en el siglo XV, hasta la isla Guanahani, una de las tantas del archipiélago de las Bahamas en lo que hoy se denomina Mar Caribe. La historia es harto conocida e incluso contiene múltiples fabulaciones. Lo que nos motiva es volver sobre la trascendencia de la fecha, tratando de sintetizar dos cuestiones trágicamente complementarias: por un lado, el inicio de la modernidad, que permitió desde entonces el desarrollo cualitativo del capitalismo como “sistema-mundo”; por el otro, el inicio del genocidio fundador, sí, genocidio fundador, sin ambages, con el que se fundó América y que permitió ese desarrollo avasallador en el último medio milenio.

Cristóbal (del latín Christophorus, el que lleva a Cristo) no era un simple navegante desposeído de ambiciones. Quería llegar a la India para facilitar el comercio con España. Se nutría de toda la experiencia de los navegantes portugueses, que durante el siglo XV circundaron África y habían convertido a Portugal en un país fundamental para el desarrollo comercial. La ambición de Colón, secundado por los hermanos Pinzón, contó con el apoyo decidido de los reyes católicos: Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, quienes, después de la reconquista de Granada, se encontraban en pleno ascenso. Al llegar a Guanahani en su primer viaje, e incluso después de sus viajes posteriores, en los que exploró las costas de lo que hoy es Venezuela y Centroamérica, no tuvo la certeza de que los territorios “descubiertos”, a los que se llamó Indias Occidentales, eran parte de un continente desconocido para los europeos, es decir sin conexión geográfica con las Indias Orientales con las que se buscaba incrementar el comercio por otras rutas. Este error recién se corrigió años después, en 1507, cuando el cartógrafo alemán Martin Waldseemüller publicó su famosa obra Universalis Cosmographia, en la que se muestra que el “nuevo continente” no está unido a Asia. Sin embargo, Waldseemüller comete otro error: atribuye el “descubrimiento” al comerciante y navegante florentino Amerigo Vespucci, quien también había realizado cuatro viajes, aunque después se rectificaría y reconociera que primero había llegado Colón. De ahí viene el nombre de América.

Nuestra denominación, entonces, es el resultado de dos errores: el primero fue el de Colón, quien nos llamó indios, aunque nunca tuvimos nada que ver con la India, salvo por su ambiciosa pretensión. El segundo es de Waldseemüller, quien llamó América a nuestro continente. La historia está cargada de errores, sin duda, pero finalmente somos indios/indias americanos/americanas por decisión de los antiguos poderes de Europa.

Guanahani estaba habitada por el pueblo taino, dividido en varios cacicazgos. Ese pueblo, que hoy denominamos originario, cultivaba maíz, mandioca, algodón, cacahuete, piña, batatas, tabaco, calabazas… Fue el pueblo “anfitrión” de los desconocidos europeos. Permítasenos transcribir algo del diario de Colón:

Yo, porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra Santa Fe con amor que no por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor… venían a las barcas de los navíos adonde nos estábamos, nadando, y nos traían papagayos e hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otras cosas que nos les dábamos, como cuentecillas de vidrio y cascabeles… Mas me pareció que era gente muy pobre… Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vi más de una harto moza. Y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vi de edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras: los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballo, y cortos: los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan… ellos son de la color de los canarios ni negros ni blancos… Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia. No tienen algún hierro: sus azagayas son unas varas sin hierro, y algunas de ellas tienen al cabo un diente de pez, y otras de otras cosas.

Al día siguiente, el 13 de octubre, escribió:

Yo estaba atento y trabajaba de saber si avía oro y vide que algunos de ellos traían un pedaçuelo colgado en un agujero que tienen en la nariz. Y por señas pude entender que yendo al Sur o bolviendo la isla por el Sur, que estaba allí un rey que tenía grandes vasos de ello, y tenía muy mucho.

El gran navegante, cartógrafo, almirante, virrey y gobernador de las Indias Occidentales al servicio de los reyes católicos, contempló a nuestra gente desnuda, observó que entre las mujeres no había “más de una harto moza”, le impactó que “todos eran mancebos” y que tenían “la color de los canarios ni negros ni blancos”, pero su atención estaba puesta en saber si había oro, tal era la preocupación de Christophorus, el que lleva a Cristo, un día después de su desembarco.

¿Encuentro de dos mundos? Mucho se ha hablado de esto, sobre todo en España, con el fin de endulzar todo lo que significó la colonización de nuestros pueblos. La toma de Tenochtitlán y la caída del Cusco, ya en el siglo XVI, marcarían a sangre y fuego ese genocidio fundador de la modernidad, la destrucción de culturas milenarias, en fin, una y otra dimensión de la colonización. No hubo encuentro alguno, hubo invasión, saqueo de oro y plata, explotación sin piedad de los pueblos conquistados, importación de epidemias, genocidio y tráfico de esclavos africanos para sustituir la mano de obra nativa que exterminaron. Todo esto está en la base del poderío alcanzado por el “viejo mundo”.

Nuestra América es hoy un continente singular. Tiene un fuerte componente mestizo, que se originó con el estupro ejercido por los conquistadores, después asumido como “normal” e incorporado a una cultura colonizada. Somos el resultado de una violencia inmensa, en particular ejercida por blancos y criollos contra las mujeres de este suelo. Con esa violencia se entremezclan la ambición extractivista, la imposición de una economía colonizada que los ideólogos del capitalismo llaman “subdesarrollo”, la aculturación y nuevas formas de explotación-dominación que siguen vigentes 528 años después.

La Cruz, la Biblia y la espada entraron aquí para generar todo lo que somos y sufrimos hoy. Sin duda, no se puede volver atrás la rueda de la historia, eso es imposible. Pero sí, también sin duda, desde lo que somos, desde nuestra identidad recreada en este siglo XXI, podemos proyectar un camino de liberación. Preguntémosle a Bernardo Cutipa Huallpa en alguna calle del Cusco, a Serafina Aucapuri en Potosí, o a Faustino Chimalpopoca en Tacuba.

Texto: Manuel Martinez. Periodista y escritor, con una larga trayectoria militante en la izquierda latinoamericana. Integra el Consejo de Redacción de la Revista Herramienta y participa activamente en la Plataforma Nueva Mayoría del Frente Patria Grande.

Fotografías: Adriano Prandi. Creció en el conurbano bonaerense. Estudió Historia y se desempeña como profesor y músico-terapeuta. Entre 2006 y 2015 realizó un viaje por América Latina, publicando artículos periodísticos en diversos medios alternativos sobre la actualidad política y socioeconómica del continente.

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