Hacia un Ingreso Básico Universal: desigualdades y pandemia en el laberinto de las políticas sociales

Se avecinan cielos tormentosos para el Capital.

La velocidad con que se concentra la riqueza está llevando a conflictos en sociedades que se creían ya amansadas. El 2% más rico de la población mundial se apropia del 55% de la riqueza producida; en otras palabras, las 85 personas más ricas del planeta tienen tanto como los 3 billones de las personas más pobres. La contaminación, la explotación voraz de recursos no renovables y su impacto en el clima y la biodiversidad  se aproximan a poner en jaque varias industrias. El avance tecnológico y organizacional lleva a la destrucción de millones de puestos de trabajo. Se estima que para 2030, la automatización reemplazará un tercio de los puestos de trabajo del mundo; en América Latina, el Banco Mundial estima que el 60% de los trabajos son automatizables. Estos factores se integran junto a crisis o conflictos raciales, migratorios, de género, de liderazgo y, en la actualidad, a la más grande de las crisis sanitarias producida por el virus covid-19. Este escenario de crisis multidimensionales afecta a les trabajadores. Sin embargo, las mentes más agudas del capital también comienzan a preguntarse si en esta situación pueden seguir contando con consumidores que vivan en cierta paz social . ¿Acaso nos amoldaremos a un mundo postindustrial, desigual e irrespirable?

En mayo de 2017, Mark Zuckerberg, CEO de Facebook, propuso en la universidad de Harvard aplicar un Ingreso Básico Universal (IBU) ante las irremediables consecuencias de la automatización. Los ecos no se hicieron esperar y el IBU se viene haciendo presente en todos los grandes foros, cumbres, eventos del gran capital y también las TED talks del mundo 2.0. La idea no es nueva, algo similar se aplicó en Inglaterra en 1835 y Nixon en 1969 también coqueteó con aplicarla.

El IBU significa otorgar a todes les ciudadanes una suma de dinero, sin importar su condición social ni su situación laboral, y por la cual no se exige ninguna contraprestación. Plata gratis para todes, ricos y pobres, sin condiciones, así de simple. ¿Cómo no estar de acuerdo?

Obviamente, no solo el Capital lo empieza a ver con buenos ojos; el progresismo, en sus distintos sabores alrededor del mundo, lo ve como una opción para reducir desigualdades. Por ejemplo, Rutger Bregman, autor holandés de “Utopía para realistas”, editado en 2016, plantea un IBU financiado por impuestos a las personas que ocupan la cúspide de la pirámide de ingresos. O Yanis Varoufakis, el griego ex ministro de finanzas del Gobierno de Alexis Tsipras, propone un dividendo básico universal, es decir, un ingreso básico financiado por un fondo común generado en base a un porcentaje de las ganancias del capital global. Ambos coinciden no sólo en el agotamiento de los Estados de bienestar, sino también en suprimir fronteras o establecer formas de gobierno globales.

Por otro lado, los cuestionamientos por derecha son similares a los de cualquier política tendiente a la distribución del ingreso: fomenta la inactividad, premia a los vagos, aumenta el déficit, es inflacionario, etc. A su vez, por izquierda se plantea que servirá para eliminar la pobreza, frenará la deserción escolar en jóvenes, llevará estabilidad a millones que viven al día y les permitirá ahorrar o emprender nuevas empresas.

Por ello y por lo poco concluyente de las experiencias empíricas, las preguntas acerca de cómo serían implementadas a nivel nacional, cómo se financiarían, cómo se relacionarían con las actuales políticas sociales y cómo administrarlas para que sean efectivamente un instrumento para mejorar las sociedades, aún están en espera de respuestas.

La pandemia desnudó muchas cosas, pero sobre todo dejó expuesto cuán desiguales son las sociedades actuales. Para muches, la crisis del COVID-19 supone un reposicionamiento del Estado como garante de derechos por sobre el Mercado que deja todo en manos del más fuerte. Pero más allá de expresiones de deseo, ese reposicionamiento parece estar ligado a la situación inédita y extraordinaria más que a un agotamiento del modelo extractivista, financiero transnacional. Por eso, vale preguntarse si el IBU no es un instrumento para simplemente sostener la demanda. O si el IBU no es también una gran oportunidad para terminar de desmontar lo que  queda de los Estados de Bienestar, ya que puede reemplazar el andamiaje de políticas sociales y a les trabajadores públicos que ellas emplean; dejando así, espacios libres para ser ocupados por las corporaciones.

Argentina, aquí y ahora

En nuestro país, quedó evidenciado a partir del Ingreso familiar de emergencia (IFE) que el 50% de les trabajadores son informales o desempleades. Esa masa de trabajadores vive en la inestabilidad de no tener un salario fijo y todas los derechos sociales que se desprenden de él (aguinaldo, vacaciones pagas, jubilación, obra social, licencias, etc.). Esta realidad no es consecuencia de una crisis temporal o de una caída de la actividad económica. Esta situación de les trabajadores es el fruto del triunfo del capital financiero a nivel global que pudo instaurar un modelo que expulsa trabajadores o los híper explota en función de aumentar la productividad. Pero eso no implica que no sean trabajadores esenciales, de hecho la pandemia demostró cómo sin eses trabajadores el sistema no funciona. Son trabajadores autónomes o sin patrón y/o que realizan tareas que el mercado descarta: el cuidado, el reciclaje, la producción de alimentos saludables, entre otras. Son, en gran parte, les trabajadores de la economía popular, que vienen avanzando en su institucionalización a partir de la Ley de Emergencia social de 2016, donde se establece el salario social complementario y la creación de un registro (recientemente aplicado) para estes trabajadores.

El salario social complementario está pensado como un complemento para los ingresos de estes trabajadores que les permita alcanzar un salario igual al mínimo vital y móvil, el cual es actualizado por el Consejo del Salario. Este sector de les trabajadores de la economía popular junto a les trabajadores formales conviven en un modelo económico extranjerizado, muy concentrado y con un sistema tributario regresivo.

¿Es este marco compatible con la idea de un ingreso universal? 

Primero, hay que saber que el trabajo no va a desaparecer, que el proceso de automatización se puede acelerar, pero más temprano que tarde nuevas formas trabajo surgirán o les trabajadores se inventarán su trabajo (proceso que ya viene pasando) y habrá que comprender que esas formas y trabajos no son marginales, sino tan centrales como los formalmente aceptados y por tanto, merecen una institucionalización acorde.

Segundo, no es lo mismo renta o ingreso que salario: salario implica una relación de explotación que debe ser mediada; sería un retroceso plantear que se puede distribuir ingreso mediante subsidios estatales directos en lugar de reconocer a les trabajadores como asalariades.

Tercero, el trabajo como ordenador social y herramienta fundamental para la planificación de la sociedad en que queremos vivir debería estar al frente de cualquier intento de redistribución de riqueza o reducción de desigualdades.

No menos importante es la cuestión del poder. Si para reducir desigualdades no tenemos en cuenta la dinámica de puja distributiva de los últimos años vamos a caer en saco roto. Por ejemplo, ¿cómo evitar que ante una recomposición salarial de los sectores populares, productores y comercializadores de alimentos aumenten sus precios? Si se plantea financiar este ingreso mediante nuevos impuestos o un rediseño impositivo más profundo, ¿podrán los sectores populares imponer la idea que les que más tienen deben pagar más impuestos para poder construir una sociedad más justa? ¿Alcanza con un acuerdo entre capital, trabajadores y Estado para sostener esta política de estado más allá de quien gobierne?

Yendo a la implementación, cabe preguntarse cuánto conoce el Estado a les trabajadores. Si bien vale destacar que en la “década ganada” ANSES se modernizó y permitió desplegar el sistema de seguridad social más amplio de América Latina, aún quedan realidades que el cruce de bases de datos no llegan a mapear. ¿Cómo llegar a eses trabajadores para les que la realidad cambia día a día? ¿Cómo implementar esta política de forma universal? ¿Debe ser universal, yendo a lo específico del término? ¿Cómo hacerlo de forma tal que sea un elemento que abone a la unidad de la clase trabajadora y no sirva para profundizar falsas divisiones o justificar prejuicios?

En estos días, desde el Ministerio de Desarrollo Nacional y el ANSES se viene hablando de un ingreso universal como segunda etapa del Ingreso Familiar de Emergencia, se piensa en tres millones de beneficiaries (no sería universal) y en ligarlo a la Asignación Universal por hijo, al programa Potenciar Trabajo y a un plan de urbanización de villas. Si bien no hay más detalles, de aplicarse un Ingreso universal básico o algo similar en la Argentina de 2020, no se debería dejar de lado la experiencia histórica de sus trabajadores que no solo se organizan, sino que van avanzando en la institucionalización de su realidad laboral.

La tecnocracia aplicada en las políticas sociales puede llevarnos a creer que la emergencia justifica cualquier intento de poner plata en el bolsillos de les trabajadores elegides con algún criterio que sea aceptado por la ética progresista. Tampoco basta con que el Estado encare solo esta política, se necesita fortalecer una alianza entre trabajadores, empresariado nacional y fuerzas políticas democráticas. Un ingreso básico más o menos universal aplicado en la emergencia pandémica llevará tranquilidad a millones de hogares y lo festejaremos como corresponde. Pero si nos perdemos la oportunidad de dar una discusión profunda acerca del actual y futuro mediato de la realidad de les trabajadores estaremos dejando pasar una oportunidad única de subirnos en el tren de la historia, la historia que escriben los pueblos.

Texto: Pablo Díaz. Ingeniero informático, educador popular, militante del Movimiento Evita, integrante del equipo de coordinación del Bachillerato Popular Ejército de los Andes. Ig @pmdiazz

Fotografías: Germán Romeo Pena. Fotógrafo con pretensiones fotoperiodisticas y documentales. Al sur del conurbano, Buenos Aires, Argentina. @germanromeopena

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