La rebeldía que va

AVISO Éste será un texto basado en preguntas. No propongo desde la certeza, porque no la tengo. No enjuicio desde una posición de superioridad moral, porque creo que sería entre soberbio y estúpido. Éste será un texto de recovecos para pensar juntes.

Cuando comenzó la pandemia en Argentina, supe que ocurría algo así en el mundo. No tenía idea antes. Estaba en otra. Es más, supe que comenzó el bardo una vez que Alberto anunció la cuarentena. E incluso creí que no era para tanto. A la semana, sentí miedo.

Del miedo pasé al relajo. De allí, al trabajo desordenado y sin brújula. De ahí, a valorar mi tiempo y la posibilidad que el encierro me brindaba. Volví al miedo. Decenas de veces. Me ordené y me desordené. Hice planes y los cancelé. Salí de casa como si nada. Salí de casa sudando paranoica. Pasé, como creo que la mayoría de las personas que no estamos en la línea de fuego en términos sanitarios, por una diversidad de estados, ánimos, desafíos más materiales o más efímeros que casi, ya en agosto 31, no podría enumerar sin mentir. En el medio, hice decenas de actividades que adoro. Inicié búsquedas intransferibles. Tuve techo, trabajo y comida.

Ayer dije en voz alta, con tono frustrante, “faltan cuatro meses y se termina este año”. Finalicé la oración y me sentí muy egoísta por mi pensamiento sin dirección y mi tono de burguesa sin muertes solitaries por la pandemia. Luego de eso, quise escribir este texto.

De qué códigos me hablás

En estos meses, pudimos observar una vez más –y van…- en los medios masivos de comunicación y en las calles de cada barrio que no todes compartimos los mismos códigos. Que la pereza o la jactancia por cierta verdad que se sostiene en un máximo de ninguna prueba empírica lleva a muches de nuestres conciudadanes a cagarse en les otres. Frenemos acá: no hablo de grandes acciones u omisiones, son detalles, es la vida cotidiana, es preferir no usar barbijo “porque no sirve para nada”, sin preguntar qué opina el que te fuma las gotitas de saliva invisibles a tu lado en la fila del no sé qué, aterrade. Por ejemplo. Es el atropello de pronunciarse públicamente para desparramar aseveraciones incomprobables, como si la salud de una población ante un virus seudo desconocido que enferma rápido y mata fuerte pudiera pender de una opinión individual –y no idónea- a lo comentarista de fútbol. Así, un desparramo de ejemplos más. Pensáte alguno.

Pero, en algún punto, aunque debía decirlo, no quiero hablar de eso. Si no de la ruptura de códigos más sutil, la que incluso yo ejecuto sin darme cuenta o sí. Ésa que se acrecienta con el tiempo, el hartazgo, la paciencia hecha chicle y la entrega al vértigo más imbécil.

¿Por qué hablar de esto? Por dos razones: para interpelar tu introspección –y la mía- y para dirigir la mirada hacia los odiadores (sí, lo pongo en masculino porque es una actitud de las machistas más falocéntricas conocidas) de siempre; que se masturban con la desgracia de los pueblos, que se oponen a todo porque adoran el poder de destruir y dominar –o de creer en cierto poder que los domina-. Cuando veo a la dirigencia política opositora al gobierno nacional, cuando escucho a periodistas de rating alto despotricar, cuando la doña o el doño repiten cómo les gusta autolatigarse en defensa de los intereses ajenos, agudizo el oído y vengo escuchando: pavadas, sentencias delirantes, y también: apropiación de consignas, hitos, figuras, conceptos que se caen del horror apenas se pronuncian. Patria. Libertad. Rebeldía. Pueblo. Nación. República. Completá.

Ahora bien, ¿qué sería de ese circo de acomodadores de la contra y el egoísmo si no hicieran mella más allá de su público vitalicio? Quizás vapor. Quizás nada. Excepto que tengan mucho alcance discursivo porque monopolizan los medios de comunicación y usen estrategias quemacabezas para que quienes no pensamos como ellos, quienes estamos a metros o a siglos de distancia de su postura ideológica o de sus intereses o de su imaginación mezquina, igualmente caigamos en la trampa. Finita la trampa. Hecha de las migajas que se nos cayeron de los bolsillos. Pero trampa al fin. Y dejemos de cuidar (nos), y hagamos algún que otro plancito, y obviemos por diez minutos que hay cuidadanes exponiendo su vida como 14 horas por día y de vuelta a casa, la de su familia. Finita la trampa de los odiadores que no nos saca de nuestra postura de próceres anónimes, pero que pincha en la debilidad que todes tenemos, que a todes nos constituye y creamos que el horror puede ponerse entre paréntesis un rato. Tan finita la trama que dudamos, un microsegundo al menos, de si la rebeldía nuestra es la de ser más fuertes, de tolerar nuestra incomodidad individual en pos de la comunidad, no como mártires, sino junto a esa comunidad, como colectivo que se apoya, se sostiene, potencia lo que cada une es.

Laberinto

Rotos todos los códigos, los odiadores se declaran en disconformidad ante la pandemia, ante el aislamiento preventivo, ante el Estado, ante todo lo que no obedezca a sus caprichos de turno. Y se adueñan de la palabra “rebeldía” como de “libertad”, ya decía y detrás de eso, quienes nos mandamos errores cada día aprendiendo, quienes lidiamos con nuestras contradicciones en este sistema nefasto, pero que trabajamos cotidianamente para cambiarlo; quienes creemos en otra humanidad, somos arrebatades en la palabra, en el acto heroico más teatral y no sabemos cómo pelearla. Nos desorientamos. Dejamos de usar el altavoz porque estamos cuidando a les otres, desde el aislamiento, desde el comedor comunitario, desde el laburo, desde las aulas virtuales, desde la protección no reconocida como trabajo, etc. Estamos haciendo, con humildad, con perfil bajo, con la convicción de las hormigas. No podemos salir a marchar multitudinariamente para bancar los trapos, para hacer la fuerza colectiva en una foto, justamente por eso, porque sí queremos salir todes de la mala. Y mientras tanto, los odiadores nos quieren acuchillar por la espalda porque los códigos se han roto, ya no hay dudas.

Acá vuelvo a hacer una pausa: es tan observable con facilidad lo que afirmo, es una hipótesis tan obvia que sólo hace falta rastrear el espacio televisivo mainstream -y ojo, también el discurso oficial; debate que amerita otro texto- para confirmar que las marchas anticuarentena tuvieron todas las cámaras amplificadas y nada tuvieron en esos grandes medios las manifestaciones que denuncian el extractivismo de los recursos naturales argentinos, las quemas genocidas y ecocidas, los monocultivos y las fábricas de chanchos, etc. etc. Corporaciones, lobby. Sólo levantaron el repudio los medios alternativos. Porque les que queremos transformar este sistema de muerte no les servimos para vender nada, para ahorcar a ningún gobierno, para nada que fogonee sus intereses.

La cretina derecha, el liberalismo hiena, el sálvese quien pueda que no toleramos. Y sin embargo, se llenan la boca de rebeldías y libertades, insisto. Claro, es indignante. Pero, propongo preguntarnos, como para afilar la lluvia popular de ideas/acciones: ¿Cómo salimos a combatir esa farsa si estamos sosteniendo lo que ellos quieren derribar? ¿Cómo entablamos una batalla si no se arman sobre la justicia social ni la solidaridad sus objetivos ni sus ideales, pero sí son incisivos, faltos de sensibilidad y ética y eso les funciona como armadura? ¿Por dónde buscamos nuevas estrategias que nos permitan enfrentar tanto cinismo sin perder nuestro eje, la ternura, el sentido de comunidad, la alegría, hasta la poesía diría? ¿Qué debemos crear para impulsarnos en este presente desesperante y para construir futuro, futuro posta, del rebelde a nuestra forma, en este escenario desalentador, esperando todos los empujones posibles?

Deseos para este año

Que termine la pandemia, es obvio. Y que no haya más muertes.
Que la violencia no nos lleve a la desesperación y la ruina, más aún.
Que podamos celebrar en las calles un día y una noche mínimo, si entendimos algo de todo este trauma.
Que el Estado nos proteja, pero también que nos escuche cuando decimos que las soluciones deben ser inclusivas, colectivas y sustentables.
Necesito decir que deseo que seamos más guerreres del bien -aunque suene a película animada-, que es como decir “recontra feministas”, en el sentido más universal y en el más particularísimo.

Yo avisé. Este texto sería un recoveco para pensar juntes. Quizás hasta una baratija, pero llena de confianza en que somos capaces de llegar a mejores puertos entre todes, reivindicando la rebeldía popular, la capacidad popular de construir y gobernar.

Texto: Pamela Neme Scheij.

Fotografía: Gabyta Morales. Comunicadora audiovisual y fotógrafa de familias e Infancias Libres. Su trabajo consta en el registro cotidiano pero con una impronta documental, para las generaciones futuras, en las cuales se puedan reconocer. Fotógrafa y Videógrafa de familias y recién nacidos. Pueden ver más de su trabajo en Instagram y Facebook.

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