Utopías

Mis hermanos, varones nacidos en los setenta, recuerdan cómo han intervenido adultos del barrio en situaciones callejeras que de niños los tenían como protagonistas. No sólo con retos o amenazas, sino inclusive con castigos corporales concretos, por ejemplo, en los “supuestos” casos en los que se destruía un bien público o se hacía sufrir a un animal.

Las niñas de entonces recordamos otras intervenciones: cierto manto de invisibilidad que nos recubría cada vez que hacíamos un mandado. Las amas de casa no nos veían en los negocios donde todos esperábamos el turno para comprar. Siempre se adelantaban a pedir la mercadería ignorándonos, como si hubiésemos sido realmente invisibles. Porque las chicas, los chicos, no contaban, no existían, y además se presumía que ya que disponían del tiempo que a ellas les faltaba, bien podían esperar. Probablemente también esas mujeres fueran madres o abuelas. Y sin embargo ejercían esa doméstica venganza, abusando del poder que les estaba vedado en otros ámbitos.   

Mandado/mandato. Si bien no se vivía como un tormento puesto que todos lo hacíamos, los que éramos tímidos experimentábamos una doble humillación: soportar el agravio y ser conscientes de la incapacidad de defendernos, a menos que otro adulto (el propio vendedor, muchas veces), lo hiciera. Aunque varones y nenas compartiéramos mandados y juegos, los recuerdos difieren, porque las marcas de género determinaban tareas. 

IMG-20200813-WA0108

En cada memoria persistirán recuerdos de niñez más o menos intactos, más o menos astillados, más o menos traumáticos. Si fue en el campo, en un pueblo, en una barriada. Si fue en el exilio o en una agresiva ciudad que impedía los juegos callejeros. Las infancias, determinadas por la pertenencia a una clase, a un territorio, a un momento histórico, tienen bordes bastante difusos. La niñez de mis propios padres, enmarcada por la brevedad, puede ser la niñez de hoy también. ¡Cuántos relatos de niñas encargadas de cocinar y cuidar hermanes, cuántos de varones que salían a trabajar muy precozmente, cuántos de adolescentes a quienes se los privó del derecho a estudiar, nos han sido contados! Ese pasado, sin embargo, puede ser el presente de muchas infancias. La concepción de “niñez” que los veía como pre-adultos que siempre debían emular al mayor, no está del todo desterrada. Como tampoco el derecho a aprovecharse de su inmadurez, aplicándole correctivos en el cuerpo. Es que difícilmente pueda amparar quien ha crecido en la crueldad y el desamor.   

Vencida esta experiencia inédita de reclusión, ojalá podamos ganar la calle también para todas las infancias. Que las afueras no condensen los temores más atroces. Que sean espacio de libertad donde podamos reconocernos en los otros. Y que los adultos, lejos de una mirada condenatoria o velada, acompañemos amorosamente el encuentro.

 

Texto: Nancy Manoli (Buenos Aires, 1967) es Profesora y Licenciada en Letras por la UBA. Dirige la tienda de libros y espacio cultural hermano William. Coordina talleres de lectura, saca algunas fotos, escribe crónica y poesía. Todo esto como intento de aproximación a lo mínimo, porque cree en la potencia de los fragmentos. Pueden seguir leyéndola en su página de Instagram @manolinancy.

Fotografía: Celeste Destéfano. Nací en 1983, en Buenos Aires. Camino junto a la fotografía hace diez años y es en lo documental donde encuentro mi idioma. Soy madre, feminista, compañera y pretendo siempre ser una obrera de la memoria.

   

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: