Cara chica, culo grande

Hace unas semanas fue noticia en varios medios de comunicación el resultado de un estudio que realizó la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN) sobre la ganancia de peso durante la cuarentena, que como resultado obtuvo que el 80% de los argentinos aumentó unos kilos. Resulta interesante ver cómo el sistema de control de los cuerpos se preocupa por mantenerse a flote y aún en un contexto absolutamente extraordinario como lo es la pandemia desoladora, la preocupación está puesta en no engordar. ¿Por qué sería incómodo saber que engordamos por haber comido (quizás más) en este tiempo? ¿Qué problema habría con ganar peso? 

Memes y chistes gordofóbicos aumentaron su caudal durante este confinamiento. Hablar de ganancia de peso en un país con casi un 50% de pobres, más que incómodo es inoportuno, poco feliz y enajenante. Solo nos sirve para ver dónde se estamos poniendo el foco. 

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Gorda, gordita, grandota, enorme, pie grande, percherona, robusta, inflamada, gruesa. 

Así me definí durante muchos años cuando me pedían que pensara en mi cuerpo, en cómo era (¿cómo era realmente o cómo entendí e internalicé que era? Porque son dos cosas distintas, ¿no?). El hecho de que en mi descripción personal ponderara más mi forma física que mis actitudes intelectuales fue producto de un recorrido dentro de esta cultura gordofóbica en la que vivimos. 

Crecí en los años ’90, básicamente odiándome por ser alta y grandota, luchando contra algo que no sabía bien qué era, pero se materializaba en mi corporalidad, en mi peso y lo veía en el espejo todos los días y, obvio, era mi culpa: era yo la que no encajaba, la que no era flaca, la que no entraba en la ropa que quería usar. Así atravesé mi adolescencia pendulando entre dietas y atracones en busca de ese peso que me metiera en la norma, algo así como correr la zanahoria de una felicidad y belleza muy perturbadoras e inalcanzables, más cuando se concibe desde una perspectiva individualista. Pertenecer y no quedarse fuera de “lo que estaba bien” era algo simple y complejo a la vez. Se conjugaba en una sola palabra que se aliaba a mi nombre de pila, con todos los prejuicios juntos sobre quién era. 

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“Vos sos como todas las mujeres de esta familia: cara chica, culo grande”, sentenció una tarde mi abuela entre mate y mate. Amorosa como siempre disparó su comentario a una piba de 12 o 13 años que valoraba cada una de sus palabras. El problema no era ella (obvio), sino lo que decía hablando en nombre de toda una cultura que guiaba la mirada y adoctrinaba: el culo estaba mal. Mi cuerpo tenía un problema y ahí estaba la mirada de la sociedad para aseverarlo. Es la misma que se repite cada vez que intento comprar ropa nueva y pregunto (¡ilusa, yo!): “¿tenés otros talles de esto?”, a alguna vendedora x de la anécdota mil (porque la situación se sigue repitiendo) y los ojos bajan y miden: “¿es para vos?… No, no tenemos”. 

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El tiempo, la educación, la maternidad, la introspección y, sobretodo, la militancia feminista hicieron que empiece a cuestionarme este modo tan duro que tenía de verme y de ver a quienes me rodean. Si bien, nunca fui prejuiciosa para con les demás, sí aparecen los preconceptos y mandatos en forma de autoexigencia para conmigo. Tengo (aún hoy) muy internalizado esto de odiarme por no ser flaca. Así podría contarles varias anécdotas de casi toda mi vida que rondan en lo mismo, pero no quiero escribir para hablar de mi experiencia personal (o acaso sí, pero no es el fin), sino para interpelar las experiencias de otres, quienes lean esto y que pensemos juntes sobre la dimensión política que tiene sentirnos a gusto con nuestros cuerpos dentro de la cultura de la insatisfacción en la que fuimos criades, estructurades, leides y nombrades (que tampoco es algo que pueda abarcar en su totalidad en este texto ni mucho menos, pero vale empezar por algún lado).

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¿Qué dicen de nosotras las estrías, la celulitis, la gordura, las medidas o lo que “nos sobra”? ¿Qué ideas suscita un cuerpo que se sale de la norma? ¿Es parte de la identidad o es algo más? ¿Nos define? ¿Por qué? ¿Cómo construir nuevas representaciones corporales que incluyan esto que hemos invisibilizado durante años?

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La anécdota se repite en varios ámbitos que habitamos: “¡Qué linda que estás! ¡Mucho más linda!” le dicen entre varies a una compañera de trabajo porque ha bajado significativamente de peso. Se festeja la delgadez y se pena el exceso de peso. ¿Pero se condenan los excesos? No, solo los que tengan que ver con los estándares de belleza y de salud, ambas construcciones del sistema heteropatriarcal racista. La belleza asociada a la delgadez no es algo que sorprenda a nadie, el problema es que la gordura se asocia a la fealdad y al género. Escuchar a un grupo de varones contando “me comí a la gorda” entre risas sería la otra imagen que se repite de manual. Eso sí, la mitad de ellos son gordos. ¿Cómo se llama la obra? “¡El patriarcado lo ha hecho otra vez!”.

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El cuerpo es un territorio de disputa política, ideológica y simbólica, de eso ya no tenemos dudas. Quizás, gracias a la ola de reflexiones y de cambios de paradigma que nos han dado los feminismos estemos más cerca, no solo de decidir sobre nuestros cuerpos, sino también de dejar de clasificarlos o pensarlos como un problema, un límite o un espacio de conquista. La cuestión es ¿hasta cuándo seguiremos soportando las ataduras de los estigmas que creímos portar? 

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Me sigo preguntando dónde poner el foco. ¿Por qué sería tan “incómodo” o “terrorífico” engordar? ¿Por qué nos causa tanto miedo? Y ni qué hablar si, por ejemplo, fuera el resultado del placer por la comida.

Comida, placer, cuerpos: todos “problemas/tabúes” para nuestros sistemas de control. ¿De qué viviría este sistema si fuésemos gestores de nuestro propio placer y no necesitáramos fórmulas mágicas para llegar a él (léase dietas, medicamentos, tratamientos, etc.)? Como sociedad tenemos miles de problemas con el placer, cómo lo gestionamos y habitamos es un temón, dado que repercute en todas las dimensiones de nuestra vida social.

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Surfeo sentimientos encontrados al escribir esta nota. Por un lado, sensaciones y anécdotas que vuelven del pasado se mezclan con muchas preguntas y por el otro, están algunas nuevas certezas que llegaron para quedarse, a decirme “acá estoy” en tiempo presente cada vez que llevo un bocado de comida a la boca. Certezas que se parecen al “se va a caer” en todas sus dimensiones.

Tal vez, tengamos que poner las energías en construir nuevas formas de nombrarnos, más inclusivas y amorosas, pero sobre todo que dejen de oprimirnos y reproducir los privilegios de este sistema de control sobre lo que somos, hacemos y comemos. Seguramente la tarea esté más relacionada con repensarnos una y otra vez en redes, construyendo colectivamente las respuestas, que con mirarnos al espejo.

 

Texto: Lara Barneto.

Imagen: Cristyn Tapintada. Terapista ocupacional, artista visual, incipiente narradora, “Elektra” psicoamor en cuarentena. Productora de contenidos en @toengeronto y en @tapintada. Organizadora de eventos comunitarios y culturales. Parte del colectivo Mutágenas artistas feministas del conurbano.

Un comentario sobre “Cara chica, culo grande

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  1. Me encantó la nota. Muy clara y hasta emotiva. Recuerdo una vez, hace de esto mas de quince años, en que estando preocupado por haber subido mas de siete kilos de peso, expresé mi preocupación en una reunión familiar. Una persona que allí estaba, mi sobrina, me respondió con una frase que me impactó y cambió la manera en que estaba viviendo ese presente. Me dijo “se te ve más saludable”. Tuvo la inteligencia y la consideración, de buscar entre todos las posibles comentarios que suelen realizarse, la mayoría de la veces negativos, el adecuado para levantar mi alicaída autoestima y no agregar mas pesar al que yo ya traía. Gracias Larita. Por esta nota y por aquella frase que me ayudó mas de lo que te podés imaginar.

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