Semana de la Lactancia 2020: De la tarea individual al desafío colectivo

Hoy termina la Semana de la Lactancia 2020, celebrada mundialmente para visibilizar una tarea oculta a los ojos del mercado de cuerpos y de consumo, y reforzar su esencia colectiva para poder sostenerse. Las personas que amamantamos lo hacemos pese a un sistema que se esfuerza en vendernos polvitos mágicos y hacernos creer que si nuestro tiempo está destinado a producir fuera del mercado, está mal. Este evento busca difundir y concientizar sobre los beneficios del amamantamiento para el recién nacide y para la persona lactante, y sus implicancias sanitarias, económicas y ambientales. De hecho, no es menor que para este 2020 se haya elegido el lema “Apoyar la lactancia materna contribuye a un planeta más saludable”. 

En pleno siglo XXI todavía necesitamos de este tipo de recordatorios para discutir la temática y que la información circule y no quede a merced de la búsqueda de las voluntades individuales. Porque hay que decirlo: somos muches quienes buscamos información por doquier para poder sostener nuestras decisiones, pero el sistema no está preparado para que las personas decidamos sobre nuestros cuerpos, sino que se construye sobre la vulneración de nuestros derechos elementales en pos de “apurar el trámite” (llámenlo embarazo, parto, lactancia, crianza, ese que nos saca de la ruedita productiva) y recetarnos fórmulas para todo. Para decirlo de otro modo, de nada sirve tomarnos una semana para hablar de la lactancia y llenarnos de información si a la primera consulta pediátrica nos dicen “tu leche no alcanza”. En esa simple frase hay muchas cosas que no fueron contempladas.

De hecho, la semana pasada fue noticia una carta dirigida al Jefe de Diputados Sergio Massa donde la Asociación Argentina de Pediatría expresaba su preocupación por las incumbencias de las puericultoras que, dicho sea de paso, vienen trabajando fuertemente porque se apruebe el proyecto de ley que permita el trabajo de las asesoras de lactancia en todo el sistema de salud, tanto público como privado. Ante la situación, muches profesionales de la salud salieron a respaldar el importantísimo trabajo de las puericultoras. No parece menor tal pronunciamiento, dado que detrás podría haber un conflicto de intereses, justo en un momento donde se vuelve crucial el acompañamiento en las distintas etapas de la salud reproductiva y la crianza.

La elección del lema no resulta menor, decía, si pensamos en el contexto de pandemia que estamos atravesando y porque un planeta más saludable no significa que los cuerpos estén destinados a cumplir tal cual función “natural”, sino que la lactancia debe ser pensada, al fin, globalmente. Esto es: tomar real conciencia de qué significa ocuparse, alimentar y criar a un niñe y cuáles son sus implicancias sociales.

En primer lugar, la leche xaterna tiene los componentes necesarios para el desarrollo  saludable del niñe que la toma y la persona que amamanta, aportándole los nutrientes adecuados y anticuerpos que se traspasan en una combinación perfecta para cada diada. Además, está siempre disponible, a la temperatura justa y no precisa de envases para su mantenimiento. Pero como todo proceso que nos reconecta con nuestra corporalidad, conlleva un tiempo y una paciencia que no puede quedar solo en manos de quien amamanta: el sistema médico debe ser respetuoso de los procesos y eso no se cumple (¿qué era el respeto?).

En segundo lugar, la lactancia requiere de recursos y disponibilidad de la persona que lleva adelante esta tarea y para eso necesitamos políticas públicas que igualen derechos y permitan sostenerla en diálogo con el mundo real del trabajo. Las licencias por xaternidad son muy cortas y se le asignan a una sola persona: la madre. Y acá es donde por omisión se sigue sosteniendo el mandato de género que tanto nos pesa, de que solo las madres podemos hacer este tipo de tareas. Un gran desafío que tenemos por delante, creo, es poner estos temas en agenda, así como lo fueron las tareas de cuidado en cuarentena. Además a esta problemática se le suma la falta de adecuación de los lugares de trabajo para que el proceso de lactancia continúe pos licencia, porque muchas veces no se cuenta con lactarios ni espacios de almacenamiento higiénicos. Por eso, no puede quedar tampoco atada a las realidades particulares, porque no todes podemos tomarnos licencia laboral, por ejemplo.

Por otro lado, la lactancia no es gratuita para nada, ahora económicamente hablando, es una inversión a futuro que en varios países con licencias de familiar directo extendidas ya entendieron. Significa menor gasto en materia de salud pública, dado que no es lo mismo sostener económicamente una alimentación basada en leche de fórmula que una que produce un cuerpo humano, y es sostenible en el tiempo en consonancia con el desarrollo del medio ambiente: se producen menos residuos, no se necesita de agua para producirla ni medios para calentarla y mantenerla en buen estado, ni recursos para pagarla.

Y acá aparece otra cuestión no menor para empezar a discutir: hay una gran injerencia de la industria de las leches de fórmula en el sistema de salud. De hecho, la misma Organización Mundial de la Salud manifestó en su mensaje oficial por esta semana, entre otras cosas, el llamamiento a los Estados a “proteger a los profesionales de la salud de la influencia de la industria de los alimentos para lactantes”. Ojo al piojo: más arriba me ofuscaba por tener que celebrar una semana para la lactancia pero cabe pensar qué está pasando cuando tenemos laboratorios y empresas lecheras trabajando para acrecentar sus ventas de leches de fórmula. 

Todas las cuestiones nombradas pueden obstaculizar el deseo de quien decide amamantar o cargar de culpas a quienes deciden no hacerlo, especialmente si viene en combo con prejuicios y falta de información. Por eso, ante todo y en todos los espacios posibles, la tarea es seguir informando y generando herramientas reales y sostenibles en el tiempo para que, quienes elijamos llevar adelante una lactancia, podamos hacerlo desde la convicción y el deseo, y no desde el mandato o la exclusión.

 

Texto: Lara Barneto.

Fotografía: Celeste Destéfano. Nací en 1983, en Buenos Aires. Camino junto a la fotografía hace diez años y es en lo documental donde encuentro mi idioma. Soy madre, feminista, compañera y pretendo siempre ser una obrera de la memoria.

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