Aguafuertes bonaerenses / Temperley / El almacén del Tano

EL ALMACÉN DEL TANO

“la nostalgia del viejo paese / desafina su ronca garganta…”

LA VIOLETA, Tango – 1930

(Letra: Nicolás Olivari, Música: Cátulo Castillo)

 

Durante la segunda guerra mundial, la última gran oleada migratoria estimó que nuestro país era un destino posible, una tierra de promesas para escapar de los horrores del fascismo y empezar otra vez. Barcos atestados de gente llegaban al puerto de Buenos Aires con la esperanza de barajar y dar de nuevo. Y entre tanta gente, llegó el almacenero de mi barrio, que seguro era muy joven y no sabía que iba a ser el almacenero de mi barrio.

Su apellido se parecía mucho al de cierto alcohólico tirano que supo arrastrar a la guerra y al desastre a todo un país. Parece una ironía que mi almacenero se haya escabullido de una guerra para, años después, ser testigo de otra en el país que lo había recibido. El tipo era italiano, no sé de qué parte de la bota, y era contemporáneo de su casi homónimo dictadorzuelo. Pero, a pesar de la similitud en los  patronímicos, los fulanos no tenían casi nada en común. Al menos eso creo.

Estamos, precisamente, en la época de la guerra de Malvinas. Yo vivo en Villa Galicia, Temperley Este, y curso primer grado en la escuela que está en la otra cuadra del almacén, así que paso todos los días por la puerta.

El comercio está pegado a la casa de Miguelito, el loco del barrio. A veces se escuchan sus alaridos mientras uno realiza la compra, como si hubiera un centro de detención clandestino más allá de la pared.

Lo cierto es que la célebre tienda de ultramarinos es un lugar de escaso magnetismo para los pibes. El tano es malhumorado y poco amigo de la higiene, y el negocio está siempre mal iluminado, con una humedad que muerde los cielorrasos como un lobizón hidrofóbico. Solo falta el dantesco cartelito Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate…” sobre el dintel de la puerta. Y es que el tipo es una especie de ogro etrusco que emerge de la penumbra y se saca de encima al cliente para volver a la gruta que lo parió.

Por esa época yo tengo seis o siete años y, siempre que puedo, evito la despensa del itálico. Voy cuando es la única opción posible.

Siempre trato de ir a mercados más modernos y luminosos, pero esos no abren durante la siesta. Y el tano sí.

Mi viejo todavía fuma, y a veces los 43/70 se le terminan. Entonces me manda a comprar cigarros y, si es domingo o es la hora de la siesta, solo hay una alternativa: la peor.

Dos cuadras me separan del consabido polirrubro, pero camino despacio, receloso, como si no quisiera llegar. Y es que realmente lo último que quiero es llegar.

El almacén no tiene nombre ni timbre. Hay que darle un par de mamporros a la cortina metálica para despabilar al dueño. Al rato, aparece una cara mal afeitada por la ventanita y pregunta “¿Ma qué quiere?”. Y con un hilo de voz más delgado que un papel de calcar, uno le transmite su recado. Tarda mucho en ir a buscar la mercancía. Siempre tarda mucho. Y yo me inquieto, ahí solo, parado como un gilastro al sol de la vereda. Finalmente aparece y me entrega el atado de cigarros, o lo que sea que uno le haya requerido. No me saluda (la cortesía no es lo suyo) y se pierde otra vez en las profundidades de su caverna.

En esos tiempos todavía se venden muchos artículos sueltos, y el tano los tiene a todos: alpiste, fideos, galletitas, carbón, vino, cigarros.

Una tarde, mi viejo me pide que vaya a llenarle la damajuana de tinto. Golpeo la cortina y escucho una especie de cocoliche gutural que me responde desde adentro. Imposible comprender lo que murmura. El tano me hace pasar unos metros al corazón de la calígine. Eso no me impide ver las manchas de tuco en su camiseta, ni sentir la opulenta fragancia a chivo que lo inunda todo. Le entrego el envase vacío. Afuera, el sol hace burbujas con las líneas de brea de la calle.

El sombrío pulpero de mi barrio se agacha detrás del mostrador, y yo pispeo con disimulo para ver que está haciendo. Lo veo llenando la damajuana con una especie de envudo de chapa. Está sentado sobre un banquito minúsculo. Después me entretengo mirando cajas de galletitas y otras gansadas por el estilo.

Pasan algunos minutos. Lo escucho respirar profundamente, como si fuera el sheriff de un spaguetti western al que le están saqueando el banco.

Duerme. Y la damajuana lo despierta de golpe cuando empieza a rebalsar y a mojarle el cuello. Ahí nomás suelta un rosario de puteadas ininteligibles. Hasta yo la ligo: entiendo que me reclama no haberlo despertado antes de que se produjera el percance.

Pago rápido, y me da el envase lleno mientras sigue mascullando broncas. Yo regreso a casa medio asustado.

Con el tiempo, el tano comenzó a perder clientela por culpa de las grandes cadenas de “shopping malls” y de los supermercados bien iluminados llenos de productos con la fecha de vencimiento claramente grabada en el envoltorio. Creo que no llegó a ser testigo del monopolio mercantil oriental.

Y es que la figura del almacenero solitario, o la de cualquier otro comerciante minorista que se las arregla como puede para mantener a su familia se ha ido desdibujando a través del tiempo. Quedan muy pocos. En mi barrio, casi ninguno.

Es imposible precisar en qué momento el tano cerró su aguantadero alimenticio. Un día, simplemente no abrió más. Pasaron los años y de casualidad me enteré de que se había muerto, aunque creo que parte de su familia continúa viviendo en el mismo lugar y alquila lo que alguna vez fuera el imperio de aquel César de las vituallas y los brebajes a una señora que puso una modesta panadería.

Ahora, el viejo local brilla con una iluminación de estadio de fútbol y huele a limpio por la acción de lavandinas y detergentes. Todavía me extraña un poco entrar ahí sabiendo que no habrá sorpresas, que me van a atender con una sonrisa y que voy a entender cada palabra que me dicen.

Es que, en el fondo, lo prefiero al tano, Su caverna brumosa tenía un dejo de leyenda medieval, de dragón dormido entre toneladas de oro. Y había que ser muy valiente para aventurarse a comprar un kilo de polenta o un chocolate semiderretido que te dejaba las manos como si hubieras estado jugando a los barquitos en las letrinas de Constitución.

 

Texto: Leandro Alva (1975).
Mi nombre es Leandro Ariel Alva.
Nací en Temperley en 1975, bajo la constelación de Sagitario.
Aún vivo en mi ciudad natal.
Estudié un poco, nunca lo suficiente.
Soy casi ateo y bastante soltero.
A los 5 años quería ser cosmonauta, a los 10 futbolista, a los 15 rock star, a los 20 no tenía idea de qué carajo quería ser.
Elegí fracasar con la literatura.

Me gustan las mujeres robustas, el tango, los perros y el fútbol.
Suelo disfrazarme de anciano para que me cedan el asiento en el transporte público.
Nunca meo en los árboles del parque Lezama.

 

Fotografía: proporcionada por el autor.

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