#3poemas1poeta / Melisa Mauriño

La potencia del poema brilla en varios rincones hasta abarcar su totalidad, aparece descaradamente cuando es poema. Decir a viva voz un nombre propio es una forma que toma la memoria, hace que vayamos a buscar un rostro y eso a su vez nos ofrece una historia. Estos poemas que corresponden al libro La Dalia Negra de Melisa Mauriño son un llamado lírico a la memoria, un diálogo con el horror para mirarlo de frente, nos acercan miradas que evocan una hermandad. Son un espejo frente a la pregunta que da miedo leer “¿Alguien ha visto mi cuerpo?”.
Pueden seguir leyendo a Melisa en @ninfula.mm

 

Hallaron un cuerpo

¿Alguien ha visto mi cuerpo?

Han dicho que soy
hermosa,
de una belleza gótica.

Mi piel refracta
la luz
deslumbrante lunar.

Mi piel
es de diamante:
diamante Hope, han dicho
la ilusión de tocar
el cielo donde retozan
Los Angeles, California.

Yo estuve ahí, yo lo vi
todo acontecer. Estoy maldita
por dentro; por fuera:
ojos azules, pelo negro.

Partida en dos, el torso
arqueado en el éxtasis mortal.
Los brazos hacia atrás, cariño
abrázame antes de que ocurra.

¡Dejen de tomar fotografías!
algo está mal, no encajan
las partes.

Me lastima las muñecas, la soga
de un brillo doloroso. Soy
el oropel que encandila a los hombres.
¡Ya dejen de mirarme así!
estoy desnuda, desarmada.

He soñado tanto con las estrellas
desde que salí a buscar
mi luz. No me encuentro
en las bocas, en los periódicos,
en los archivos.

Han dicho
que mis dientes tienen caries;
hice empastes caseros para vestir
lo que ha de permanecer oculto.

Ahora todo está a la vista
del gran público.
No sangro,
ni una sola gota.

La luz se apagó, el frío
del día o la noche, ya no sé;
el día quince del mes de enero
él me mira morir.
No puedo dejar de sonreír,
una muñeca, han dicho
desarticulada.

Las estrellas
se expanden sobre mí
como una bandada rapaz que busca
su alimento en la tierra
de un baldío.

No dejen de buscarme,
todavía estoy aquí y les juro
no soy yo la que sonríe.

¿Dónde estoy, cariño?
¿Alguien ha visto
mi cuerpo? 

***

Elizabeth Short

Nací en Massachusetts
un verano,
fui la tercera de cinco
hijas mujeres.

 

La Gran Depresión del 29’
arruinó a papá,
le dio el empujón para irse.
Nos abandonó: un año después
dejó su auto junto a un puente
y saltó. La policía dijo:
probable suicidio.

Su cuerpo no estaba, simplemente
se esfumó en el aire como el humo
residual de un cigarro
apagado en la acera debajo del pie.

Un cigarro apagado
debajo del padre.

¿Lloré a papá? No lo sé, apenas
tenía cinco años cuando nos dejó
su muerte silenciosa
como un obsequio, una broma
extraña.

Papá volvió
de la muerte muchos años
más tarde. Mamá no quiso
volver a verlo. Yo sí.

Uno no entierra a sus muertos
dos veces. Salí a buscarlo,
a buscar mi luz en California.
Quería brillar pero papá,
¿dónde estuviste
toda mi vida? Fue breve
nuestra vida juntos. Me fui.

¿Lloraste por mí?
Estabas tan cerca,
no viniste al funeral
de tu pequeña Betty.
¿Quién podrá reconocer
mi cuerpo, sino tú
que me has hecho
con tus manos, con tu sexo?

¿Qué me has hecho?

He caminado tanto
las calles, cariño he buscado
el favor de los hombres,
esos desconocidos
que me miran y me ofrecen
su brazo, dinero.

He pasado días sin comer,
me lastiman
los tobillos, hay un gajo
de la pierna faltante.

¿Recuerdas las dalias
que abrochaba a mis cabellos
con hebillas de ébano?

¿No te parecía hermosa
entonces?

¿Qué hubiera pasado
si el avión no caía contigo
conmigo después de todo,
si nos hubiéramos casado una tarde
bajo un arco de glicinas?

¿Cómo puede doler tanto,
por qué
no se termina? Sus ojos
pesan sobre mí.

Recordarán el espanto
de mi sonrisa corrida, el tormento
en mi rostro pero no es mía,
no es obra de Dios esa mueca
terrible, arrancada a la fuerza
de mí, no es mía: es la sonrisa
de mi asesino.

Aún se ríe
en mi cara, no me dejen
arrojada al olvido, los archivos
se mueren y yo vuelvo a morir
con ellos cada vez. ¿Han visto
mi cuerpo? ¿Me han visto
acaso a mí?

Mi nombre
es Elizabeth Short.

***

Through these portals pass the most beautiful girls in the world

Earl Carroll Theatre, Hollywood

 

The most beautiful

Matt, cariño
la muerte ha caído sobre nosotros.

¿A quién pertenece
toda esta violencia del mundo
sino a nosotros, a quién
pertenece sino a los hombres?

Esa chica posando para la cámara
(para el ojo detrás, para todos ellos)
delante del Earl Carroll Theatre
en Sunset Boulevard, soy yo:
recuérdame así

la blusa sin hombros, la falda
negra asiendo mis caderas,
¿las recuerdas? El fragmento
del letrero luminoso
sobre mí: the most beautiful.

¿Era mi sonrisa
acaso demasiado pequeña?
Él la extendió al infinito.

Tal vez,
era una chica triste
aún capaz de soñar con tocar
el cielo con las manos.

La guerra no termina.
Cuando esto acabe estarás muerto,
habrá acabado para nosotros
y yo seré otra víctima, como tú;
recordados así: dos amantes
tocados por la fatalidad.

Los aviones se caen, las bombas
se abren como flores
en el aire de agosto, 1945.
La guerra no termina
jamás, simplemente le han dado
otros nombres

 

como a mí. Me he convertido
en una celebridad,
en Hollywood todo el mundo
me conoce; han visto ellos
también la blancura de mi cuerpo
abierto sobre el césped,
sonriente.

Guardaré tus cartas
junto a la fotografía de aquella cena
cuando sujetaba tu brazo
adornada con esa dalia blanca
en mi escote. Guardaré
la sensación de tus manos
prendiendo la flor
a mi vestido esa noche.
El corazón palpita entre las nubes.

Matt, cariño
después de la guerra, después
de tanta muerte, ¿qué nos queda
sino una fotografía donde las manos
se entrelazan, felices?

(en La Dalia Negra. Primera parte.)

 

2 gladys copy - copia

Vestido de novia

A la memoria de Gladys Ricart 

 

Eliges tu vestido de novia,
el traje
bordado de pájaros, el vestido
blanco que cubra lo desnudo
encima de lo desnudo,
como la armadura de las flores
copiando la forma
diáfana de las flores el mismísimo día
de tu muerte.

Te vistes para toda la vida,
para los ojos
del amado, para el planeta
que mira del otro lado,
para las cámaras, los títulos,
para las balas.
Te vistes para no volver
a desvestirte nunca.

 

¿Oyes un canto de ángeles
con cabezas de diadema,
con rostros de furia?

El anochecer no termina
de desprenderse del sol, nada
en el aire advirtió
que la tarde iba a caer.

Las hojas de los tilos caen
como estrellas que se apagan
felices justo antes
de abrir los ojos.

Él rotula mi cuerpo
con su nombre, ellos rotulan
mi cadáver, la causa
de mi pérdida.

Si no eres mía no serás
de nadie.

Alguien cierra las cortinas
las luces
se apagan, ¿qué ha pasado
con todos ustedes
que han venido y no ríen?

El día de mi boda
fue mi último día.

 

Ellas marchan
con sus vestidos de novia
van de blanco, caminan
las novias de luto
hacia la dura línea del ocaso
para recordar, para vencer
el miedo que nos han enseñado:
para recordarnos a todas
el valor

porque no somos de nadie,
porque seremos libres
como espíritus cuyos cuerpos
han sido arrebatados
con odio

porque somos mujeres
porque nos han matado
y cada vez
que una de nosotras vuelve
a ser arrancada de la tierra
oscurecida en sangre y lágrimas ardientes:
todas y cada una de nosotras
que gritamos con la garganta
en llamas, arrancada de raíz, acallada
por las voces más fuertes, todas
nos morimos de a poco
por dentro.


(en La Dalia Negra. Segunda parte: Otros poemas criminales)

Melisa Mauriño (Provincia de Buenos Aires, 13 de diciembre de 1985). Licenciada en Psicología (UBA). Escribe poesía y narrativa. Publicó los poemarios «La piel de la oruga» (Viajero Insomne, 2016), «La Dalia Negra y otros poemas criminales» (Al Filo Ediciones, 2019); «The Joke [la broma] a tribute to Joker» (mardelobos, 2020) y su primera novela «Nínfula» (mardelobos, 2019) -libro I de La Trilogía de lo perdido- de manera independiente y autogestiva.

Ilustraciones de Facundo Emmanuel Carmona.

Sección coordinada por Melisa Papillo.

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