Aguafuertes bonaerenses / Luis Guillón / Entre Lomas y Ezeiza

Casi nadie conoce  Luis Guillón.

Cuando decís que vivís en Luis Guillón, se hace un silencio. Nadie te sonríe como diciendo “ah, Luis Guillón, allá vive mi prima, o una amiga o un profesor que tuve en la facu”. Más bien una mirada vacía, como si hablaras de una ciudad checa.

Guillón es una de esas localidades que nacieron a la vera del tren y que estaban tan pegadas a las estaciones más importantes que nadie las recordaba. “Parada Km 23.540″ era en sus inicios, un mojón de camino a Ezeiza.

Ni siquiera nosotros, los vecinos guillonenses, sabemos defender como deberíamos nuestro gentilicio. Al contrario, muchas veces decimos que somos de Monte Grande, para simplificar esa segura explicación que deberíamos implementar sobre dónde queda Luis Guillón.

Y cuando decís “Monte Grande” a muchos les resuena a re lejos, porque inconscientemente lo confunden con “San Miguel del Monte”. Entonces aclarás “entre Lomas y Ezeiza”, un lacónico punto medio imaginario que para los porteños siempre sigue siendo demasiado lejos.

Porque Guillón, pese a su aspecto medio pueblerino, de casas bajitas, de jardines con ligustros, de piletas de clubes, de las fábricas que serpentean el Camino de Cintura, pese a su pasado agrario y su poca envergadura comercial, sin embargo, ya había empezado a tener su tránsito trabado frente a las iglesias evangélicas nuevas, o hileras de mano y contramano esperando la barrera con las nuevas frecuencias de los trenes chinos.

Y, aunque, en esta última década, bajarse del tren en la estación Luis Guillón acarreaba un tener que ir abriéndose paso ya desde LLavallol y hacer fila para pasar los molinetes de salida en las  horas pico.

Esta mitad ciudad, mitad pueblito bien conurba, con la placita de la estación, su calesita mecánica, unos pocos negocios rodeando la barrera y lo demás, es bien barrio. Por eso el silencio era normal en determinados horarios, los obreros en sus talleres, las docentes en las escuelas, los horarios con corte a la siesta, que no existe pero en la calle se respeta igual.

Y en medio de esta “ciudad de los jardines”, como titula un cartelito en la avenida Boulevar Buenos Aires, y sin estar muy segura de si es un eslogan antiguo o alguna nomenclatura municipal, un día de marzo nos despertamos con un nudo en la garganta.

Un silencio diferente a la hora de la siesta.

Las barreras altas y los colectivos, que antes llevaban a los obreros a los talleres, semi vacíos.

El sonido del tren tan espaciado, que parecía como esos días de cortes en las vías.

Las cortinas metálicas de los negocios oxidadas, bajas.

Y en el centro de Guillón ni siquiera las familias que salían a buscar las viandas a las escuelas.

Pero en la periferia de la periferia, por ejemplo, en “Barrio Lindo”, cruzando la Colorada, ese límite entre la barriada y ese territorio de casitas “vulnerables” como se suele llamar a la pobreza profunda, se resiste en un parate extraño, incomprensible.

Porque los días siguen estando  lindos, el cielo más azul, los árboles empiezan a amarillearse y nada, pero nada, podría hacer pensar en una peste.

Es que acá de la pandemia nadie decía nada. Se hablaba poco en Guillón de lo que pasaba en la China. Capaz que de otros países sí, de Brasil, por ejemplo, los vecinos que lograban veranear en las playas del sur, o de alguno que visitó a sus parientes en Italia, o los que viajan todos los años a Cochabamba a visitar a la familia. Pero de la China, nada. Chinos son los dueños de los super chiquitos del barrio, que venden vino a buen precio, porque ya nos sacaron la ficha que es un buen gancho para captar a los clientes. Y pará de contar, aparte de las nuevas formaciones del tren, que hace unos años trajeron por dos meses a todos los ingenieros chinos jovencitos a instruir a los maquinistas en Llavallol.

Por eso la pandemia nos agarró desprevenidos. Como si Guillón no tuviera nada que ver con el resto del mundo. Porque cuando la peste se apoderó del norte de Italia, la mayoría de los vecinos creyó que eso era allá y que los europeos lo iban a resolver fácil. Y que para enfermedades acá ya estábamos acostumbrados a tener mil pestes y que a nadie le impedía subirse a los empujones a un vagón y  seguir viajando así, todos apilados.

Cuidarse se entendía que era no tomar frío, y como acá hacía un calor terrible, no había ningún peligro cercano.

Más preocupados por comprar los útiles para las escuelas con los sueldos devaluados y llegar a principios de marzo con los guardapolvos o los uniformes nuevos. Y ya. Demasiados problemas como para imaginarse que se venía una epidemia.

Y ese ritmo de periferia que se activa con las demandas de la megalópolis central, esa Buenos Aires, cercana y lejana a la vez, se interrumpió de un saque. Los andenes se fueron vaciando, el ritmo de la barrera se hizo más espaciado, las formaciones pasaban visiblemente vacías y ese mundo amable se detuvo.

Y mi vecino que cartoneaba, que sabía recorrer las calles céntricas de Monte Grande con una familiar Renault verde agua descascarada, y cubría el portaequipaje de una cajas inmensas  de televisores, aires acondicionados, de todos esos productos que los vecinos de los countries de Canning compran año por medio, se quedó con las manos vacías, literalmente vacías.

Y el muchacho que hacía changas de herrería, guardó las herramientas y da vueltas por el barrio en bicicleta, buscando algo que ni él mismo ya sabe qué es.

Y la nieta de Doña Yola ya no pudo seguir cosiendo para el barrio.

Y la peluquera bajó la cortina y ya ni siquiera pudo ir a hacer cortecitos a domicilio.

Todos, adentro, y como dice el Nano: “vuelve el pobre a su pobreza /vuelve el rico a su riqueza”. Y  nosotros nos quedamos en nuestro jardín, un poco solos, un poco al refugio de esa peste que te amenaza con devorarte el aire.

Sin imaginarlo, una mañana, cuando me enteré por la radio  de que habían cerrado los accesos con montañas de tierra sentí un ahogo, un “de acá no puedo salir más”.

Sin embargo, con el correr de los días, las rutinas forzadas de trapeos permanentes y de miles de teorías conspirativas sobre el origen del virus, esa sensación de estar acorralados se fue alejando un poco.

Es duro reconocer que no existen tantas cosas afuera por las que valga la pena salir. Como si cada paso tuviera que justificarse qué es su “fuerza mayor”. Pesar en una balanza imaginaria el riesgo, el beneficio, o el para qué, el qué verdaderamente necesito.

Y ese aire escaso de la cuarentena se fue convirtiendo en una sensación algodonosa, como una piel que protege a ese afuera áspero. A veces creo intuir como un ánimo colectivo, como una necesidad de entender que todos somos iguales, aunque el empresario se imagine conectado a un respirador en una clínica de Recoleta, y sus empleados, vaya saber qué aire imaginan que les espera.

No, no sería justo negar este viscoso sentimiento de culpa por pertenecer a este Guillón del centro, sabiendo que hay muchos del otro Guillón, del  Guillón del otro lado de Fair o del otro lado de La Colorada, los que están viviendo de las viandas de las escuelas, de esos planes que más que nunca deberíamos comprender que no “sostienen a los pobres”, que no son un “mal menor”. De ninguna manera. El mal menor es seguir creyendo que algunos nos salvamos, o tenemos más fichas en nuestro tablero, con esa miopía social que descubre el velo de la mirada de este capitalismo que no se quiere dar por vencido.

 

Marcia Paradiso. Buenos Aires (1960) Documentalista, investigadora, guionista y docente. Es Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Lomas de Zamora y graduada en Realización Cinematográfica en el Instituto de Arte Cinematográfica de Avellaneda. Participó en talleres de escritura. Tuvo una librería en Temperley: Libros de la buena memoria. Dirigió los documentales “Lunas cautivas – Historias de poetas presas” y “Aguas Abiertas”. Nació en el centro, vivió en Almagro y reside en Luis Guillón hace más de treinta años.

Fotografía Daniela Gussoni

 

2 comentarios sobre “Aguafuertes bonaerenses / Luis Guillón / Entre Lomas y Ezeiza

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  1. Por ahi no sabes pero no tenes los permisos para publicar esa foto que pertenece a mis abuelos ya muertos te agradecería tengas la amabilidad de bajar la foto publicada gracias

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  2. Querida Marcia…nací y me crié en Guillón….y me fui muy poco,,,casi lo suficiente para extrañar y volver rápido….Me encantó todo este relato del barrio…de su crecer nostálgico…tu sensibilidad para expresar que es Guillón y ser guillonense…Nací….en una tarde calurosa,,,con sol radiante…un 9 de febrero de 1942….ironías….con una mamá muy cariñosa….nacida en Asturias en 1900….Y ayudada por una partera….que venía de Flores…Cap.Federal…después….siempre el después ….hoy con este flagelo del corona virus-19….¡Ya pasará!!!

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