Perú: Éxodo cruel por hambre

“Me dijeron que la vieron por última vez a Matilde sentada encima de un camión que partía hacia Lima. Dicen que tenía la mirada fija y pensativa de los viajeros que parten a la Capital para siempre. Cuando supe de ello algo se rompió, también para siempre, dentro de mí”. Esto puede haber sucedido hace ya algunas décadas. Matilde, la prima de Lucascha o Luquitas, se fue de la comunidad de Chirirque (provincia de Grau, Apurímac) hacia Lima, hacia la grande, turbulenta y desigual metrópoli peruana. Y se fue “para siempre”, conteniendo ese viaje una ruptura irreversible con la vida en los Andes, “no hubo llanto ni despedida”, simplemente se fue, tal como lo narra Nilo Tomaylla en su hermosa prosa poética escrita con tinta de ñucchu en sus Crónicas del silencio (Hipocampo Editores, Lima 2005).

Lima, efectivamente, en esta segunda década del siglo XXI, tiene una población de algo más diez millones de personas contando sus distritos y alrededores. Hace rato, hace más de cincuenta años, dejó de ser la señorial “ciudad jardín” de “acequias rumorosas”. Pasó a ser un mosaico de “todas las sangres”, una metrópoli plagada de cholos, de serranos y charapas, un receptáculo de migrantes que llenaron sus calles con el comercio ambulatorio, que multiplicaron la servidumbre o que trabajaban al día de cualquier cosa. Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática, el empleo formal apenas llegaba al 27,4% a nivel nacional, mientras que el “informal” alcanzaba el 72,6% al culminar la segunda década de este siglo XXI. Desde luego, este inmenso porcentaje reconocido de “informalidad” –que en realidad es una cruel expresión del colonialismo neoliberal– tiene su mayor volumen en esa Lima Metropolitana tan absorbente de migrantes. Y además, según esa información oficial, en la misma metrópoli hay un resto no absorbido, es decir una desocupación del 6,6% de la población en condiciones de trabajar. Desde luego, son las mujeres las que menos posibilidades tienen, constituyen la mayor parte de la población que busca trabajo y en el caso de las ocupadas sus ingresos son –en los mejores casos– un 30 a 35% menores que los de los varones.

Por lo menos desde la segunda mitad del siglo XX, la migración del campo a la ciudad ha representado un movimiento de millones de personas. Las razones son diversas, pero todas conducen al mismo punto. Millones llegaron a Lima desde la puna y los valles serranos, desde los valles intermedios y desde la selva amazónica. Y llegaron también a otras ciudades importantes y llamativas, por ejemplo Arequipa, Trujillo o Cusco. Esa migración multiforme fue provocada por la crisis agraria, por el hambre, por la guerra interna (1980-2000), por la búsqueda de mejores oportunidades o la quimera de una vida diferente en las urbes. Su efecto superó al crecimiento demográfico propio de las ciudades. Surgieron así las “barriadas”, los “pueblos jóvenes” o los “asentamientos urbano-marginales”, al principio sin agua, sin cloacas, sin luz, sin servicios. Allí fueron a parar miles y miles de Matildes con el corazón roto, aprendiendo a sufrir el desarraigo. Algunos, algunas, tal vez con una vana ilusión. Pero las luces citadinas y los imaginados lujos quedaron lejos, siempre lejos. Entonces sobrevino la organización y la lucha, trasladando o recreando el espíritu comunitario en la metrópoli, dando lugar a masivas confrontaciones con el poder, reclamando derechos y conquistándolos de alguna manera. Esos barrios periféricos terminaron ganándose un lugar en la urbanidad, es cierto, se llenaron de negocios, de chifas, de discotecas, de bailantas chicheras, de bingos, de lugares de comida rápida, etc. Pero ese lugar en la urbanidad vigesimónica, que también incluye la violencia, la delincuencia, la trata de personas tanto como en el “centro”, nunca significó una integración real. Siempre estuvo presente la estigmatización, el desprecio, la marginación de clase tan unida a la identificación étnica, una marginación que practican en el Perú no sólo los blancos sino los cholos que niegan sus raíces o prefieren ignorarlas. Y debemos decir que la oleada neoliberal, tan nítida desde los años 90, fue desde luego más allá de la economía y permeó la cultura migrante, introduciendo el “sálvese quien pueda” y la idea de que prosperar sólo depende de cada uno.

¿Qué está pasando en tiempos de pandemia? Esta no es una nota sobre el proceso y las curvas del Covid-19. A esta altura, cuando ya han pasado cuarenta días y cuarenta noches, está claro que no existe certeza sobre las cifras de personas contagiadas o fallecidas, aunque oficialmente –al 4 de mayo– se contaban respectivamente 47.352 y 1.344. Si existen dudas respecto de los datos en países “centrales”, es difícil pensar que las estadísticas sanitarias del Perú marquen una excepción. En fin, se puede discutir mucho al respecto. Pero interesa resaltar que la desigualdad social, hasta hace poco colocada en un segundo plano frente al crecimiento económico, ha saltado al centro de la escena. El gobierno dictó medidas severas frente a la pandemia, apeló al toque de queda, etc., encontrándose en un escenario en el que las carencias de la salud pública son enormes. Atendiendo a los poderosos, favoreció con créditos a las empresas y mediante un decreto de “suspensión perfecta” les permitió deshacerse de sus trabajadores, afectando a más de 80.000. Por otra parte, además de algunos programas de ayuda a los más necesitados, sacó un bono universal de unos 223 dólares, que fue bien recibido por los más pobres. Pero no estaba en sus planes que más de 200.000 personas se inscribieran en los padrones de los gobiernos regionales para retornar a su terruño. Muchas se aglomeran en las terminales de ómnibus, también en los aeropuertos, pero lo más cruel es la concentración de gente sin recursos, de a pie, que quiere volver aunque sea caminando distancias inmensas. Los accesos a Lima, por el sur, el norte y el centro, ahora con albergues temporales, muestran en los primeros días de mayo esa ansiedad por volver. Sin posibilidades de conseguir la comida diaria, algo absolutamente básico, toda esa gente, nuestra gente, quiere volver ahora. El gobierno habla de un plan de “retorno seguro” que consistiría en programar la vuelta a casa, pero como siempre ocurre, ya sea por desconfianza o por imaginar que es mejor hacerlo por riesgo propio, toda esta gente quiere salir ya, no soporta más seguir viviendo en esa metrópoli a la que antes buscaron o a la que llegaron por imperio de difíciles circunstancias.

No sabemos si Matilde o si sus hijos o sus nietas estén acampando en las afueras de la gran ciudad. Tal vez sí, cargando nuevas frustraciones y el virus. “Sólo queremos regresar a casa”, dice Susan Fasabi, 23 años, madre de tres hijas, cuyo marido perdió el empleo. “Mi mamá tiene su chacra en Pucallpa y no le cuesta nada comer o encontrar pescado. Aquí en Lima nos tratan como animales”, afirmó (La larga marcha del hambre y el miedo, Garro y Taj, 20.04).

 

Texto: Manuel Martínez. Periodista y escritor, con una larga trayectoria militante en la izquierda latinoamericana. Integra el Consejo de Redacción de la Revista Herramienta y participa activamente en la Plataforma Nueva Mayoría del Frente Patria Grande.

Imagen: Diego Ramos / Ojo Público, tomada de La tinta.

 

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