Sobre el capitalismo y otras pandemias

Ayer, 13 de abril, se cumplieron cinco años de la muerte del escritor y pensador uruguayo Eduardo Galeano. En tiempos extraños, de incertidumbres, en los que abunda la sobredosis informativa y escasean los pensamientos claros y críticos, es cuando más se evidencia la ausencia de esas otras voces que nos hablaban desde las profundidades del pensamiento de nuestro continente.

Releyendo algunos de sus textos, pandemia mediante, quisiera detenerme en el último párrafo de un breve escrito suyo llamado “Las tradiciones futuras”, publicado en El libro de los abrazos: “También nos anuncian otro mundo posible las voces antiguas que nos hablan de comunidad. La comunidad, el modo comunitario de producción y de la vida, es la más remota tradición de las Américas, la más americana de todas. Pero también pertenecen a los tiempos que vienen y presienten un nuevo Nuevo Mundo. Porque nada hay menos foráneo que el socialismo en estas tierras nuestras. Foráneo es, en cambio, el capitalismo: como la viruela, como la gripe, vino de afuera”.

Es interesante este párrafo no sólo porque está sencilla, pero contundentemente, explicitada cuál es la más profunda de las grietas en nuestro continente, capitalismo versus comunitarismo, sino también porque Galeano pone énfasis en un tema que no es menor y que debería despertar importantes debates en nuestro presente: que las pandemias llegaron a América con la conquista. Sería extenso -y de un desarrollo cuya complejidad excede las posibilidades de esta publicación- fundamentar este aforismo, pero lo cierto es que -tanto desde los registros arqueológicos como desde las publicaciones históricas sobre el pasado precolombino- se evidencia la ausencia de debacles poblacionales de gran magnitud provocadas por hambrunas o epidemias antes del siglo XVI en América. Y si bien el ocaso de las ciudades-estado mayas o del Estado imperial de Tiwanaku han suscitado hipótesis de catástrofes producidas por cataclismos naturales o pandemias, una buena e importante cantidad de investigaciones se ha centrado en las explicaciones de descentralización política de dichos procesos. Es decir, para resumir esto que queremos expresar, en América la caída del Estado se explica más por la rebeldía y sublevación de las comunidades que por la expansión de virus u otras calamidades.

La actual crisis sanitaria mundial provocada por la expansión global del Covid-19 ha suscitado múltiples e interesantes miradas sobre sus causas y sus potenciales consecuencias en el orden internacional. Entre las primeras, ha surgido una gran cantidad de teorías conspirativas que, por lo menos en sus argumentos mejor explicitados, en menos de un mes evidenciaron sus debilidades. Que quede claro. No es que las grandes potencias mundiales no conspiran. Por el contrario, parecería ser la conspiración inherente a su permanente búsqueda de primacía en el ámbito geopolítico. Pero, más allá que la letalidad del Covid-19 se centra en la franja etaria que tiene una menor participación productiva (y hasta podría pensarse en los beneficios estatales que podrían derivarse de una reducción en los sectores pasivos del sistema jubilatorio), las conspiraciones de las potencias mundiales de las últimas décadas (podríamos incluir todas las guerras desde 1945 hasta aquí, en las que las principales potencias productoras de armas han estado instigando detrás; toda la política norteamericana antinarcóticos en América Latina; o por qué no todo el diseño comunicacional hegemónico, como ejemplos de ellas) no lo han hecho con tanto margen de riesgo.

¿A qué nos referimos con margen de riesgo? A que la actual crisis sanitaria pueda devenir en un desborde de los márgenes de contención del Estado, y hasta el propio modo de vida sostenido por el sistema capitalista actual pueda quedar en entredicho para las amplias mayorías. Está claro que hoy todavía estamos muy lejos de ello. Pero nos hacemos la siguiente pregunta: ¿era el crecimiento económico chino lo significativamente peligroso para el orden mundial como para poner en riesgo al propio sistema y sus modelos de acumulación? ¿No fueron los capitales chinos los que sirvieron de salvataje para sanear la profunda crisis sistémica de 2008-09? ¿No está, como parece estar quedando demostrado en estos tiempos, el Estado chino en mejores condiciones para contener la propagación de un virus como el Covid-19?

Más contundentes parecen ser los argumentos que señalan al crecimiento desmedido del actual sistema capitalista como el principal factor que está ocasionando la propagación de los virus del siglo XXI. Está lo suficientemente estudiado en el caso del H1N1. Resumiéndola, esta posición se centra en que el corrimiento de la frontera agrícola, la devastación de los ambientes, la creciente emisión de gases de los complejos industriales y el desproporcionado crecimiento de las grandes ciudades han acorralado, cuando no hacinado, a gran cantidad de especies animales. El cultivo y propagación de virus en especies que han ido perdiendo sus hábitats naturales se ve potenciado por las nuevas formas de criar especies destinadas al consumo de carne en las megalópolis. Hacinadas, desprovistas de sus ciclos naturales, alimentadas con químicos, estas especies se convierten en una bomba bacteriológica.

¿Por qué no explotó antes?, preguntan los escépticos y los negacionistas. No, está demostrado que viene explotando todos los años. Quizás no al punto de poner al mundo en jaque como parece haberlo puesto el Covid-19. Pero las cifras de las epidemias de por lo menos los últimos veinte años son escalofriantes. Si a este panorama sumamos la decreciente calidad de los alimentos que consumimos en las grandes ciudades, con una alimentación cada vez más dependiente de los productos alimenticios industrializados, la fórmula termina de cerrar en su ciclo negativo: destrucción del ambiente-animales enfermos-mala alimentación-hacinamiento-globalización=pandemia.

En un artículo reciente, el geógrafo David Harvey expone detalladamente estos argumentos y los relaciona con el agotamiento del ciclo de acumulación capitalista de las
últimas décadas. Está claro que, en el ámbito de las causas, la postura estatista del análisis de la pandemia se llama a silencio. Sobre todos en los países de nuestro continente, en los que el Estado ha tenido una clara postura de sostenimiento del modelo extractivo en las últimas décadas (con una postura más o menos fuerte, dato que de todas maneras no es menor, en términos impositivos de participación). La postura estatista se ha centrado en las políticas de contención de la pandemia, ámbito en que los distintos Estados nacionales de la región han tenido posturas diferentes (o mejor dicho, un margen de acción más o menos activo en términos de aislamiento social) de acuerdo a múltiples variables, entre las que no es menor la relación entre la postura coyuntural de los gobiernos y su capacidad de negociación efectiva con los grupos empresariales, oposición, sindicatos, iglesia, etc. En el orden de las consecuencias que esta pandemia pueda tener en el plano internacional también se han escuchado argumentos y posiciones de gran diversidad. No es propósito de estas líneas resumirlas ni discutirlas. Además, si hay algo que ha caracterizado a esta coyuntura es la velocidad con la que se han desatado los acontecimientos, lo cual ha dado por tierra, en cuestión de días, argumentos que hasta hace muy poco tiempo parecían sumamente sólidos.

Pero sí resulta importante sumar algunas inquietudes y algunas voces que por estos lares parecieran no ser escuchadas. Se ha dicho que la pandemia ataca a todos los sectores de la sociedad por igual. Esta posición ya ha sido rebatida con fuerza. Nos sumamos, aquí, a su rechazo. Nuestras sociedades son profundamente desiguales. Por eso, todo acontecimiento que las afecte, lo hace de manera desigual. Cuando los Bolsonaro, los Trump, los Johnson o los Macri minimizan la pandemia o retrasan (o cuestionan) las medidas de aislamiento, lo hacen porque responden directamente a los intereses del capital concentrado. ¿Cuál es el argumento implícito para estos sectores? “La economía no puede parar, la acumulación no puede parar, vayan a trabajar aunque se contagien y se mueran muchos de ustedes. De todas maneras, al sistema le sobra gente”.

Ahora bien, también las más audaces políticas de aislamiento se valen de un desconocimiento de la desigualdad con la que se sobrellevan dichos procesos en nuestras sociedades. Y esto responde a la desigualdad social, económica, de género, etaria, urbanística y varios etcéteras. Si a esto le sumamos el creciente crédito represivo que se le ha otorgado a la policía y a la gendarmería en los barrios del conurbano bonaerense, o a los grupos de tareas militares en las ciudades de Bolivia o de Perú, por ejemplo, vemos cómo más allá de las distintas líneas políticas coyunturales, el creciente rol represivo del Estado se agudiza con la pandemia.

Y aquí volvemos al punto con el que abrimos estos párrafos. Justo ayer que se cumplió un aniversario más de la muerte de nuestro imprescindible Eduardo Galeano. En esas líneas que citamos, Galeano compara al capitalismo con dos epidemias, la gripe y la viruela. Siguiendo el desarrollo de estas líneas, podríamos decir que el capitalismo, y sus formas con las que ha corrompido (alienado) las relaciones sociales y destruido los lazos con la naturaleza y los ambientes, es el principal causante de la pandemia y su principal difusor. Podríamos ir más allá y decir que el capitalismo es la peor de las pandemias. Creo que Galeano autorizaría la asonada. Pero ojo. El sistema capitalista no es un fantasma. Tiene sus resortes bien aceitados y muchísima gente en este mundo que lo sostiene porque se ve directamente beneficiada. Otra muchísima mayor cantidad de gente que lo tolera porque entiende que es la única forma de vivir, trabajar y relacionarse. Y una inmensa cantidad de gente que lo soporta y lo sufre en carne propia todos los días.

Es difícil suponer que una pandemia acabará con este mundo de desigualdades. Pero quizás esta enorme crisis en la que nos ha sumido nos obligue a reflexionar sobre las palabras de fuego del recordado Eduardo Galeano y, con ellas, comiencen a aflorar esas voces que nos hablan de comunidad y de solidaridad. Sin nuestro cuestionamiento, el de quienes desde abajo siempre pagamos por las crisis arriba generadas, no hay otro mundo posible.

 

Texto: Adriano Prandi. Creció en el conurbano bonaerense. Estudió Historia y se desempeña como profesor y músico-terapeuta. Entre 2006 y 2015 realizó un viaje por América Latina, publicando artículos periodísticos en diversos medios alternativos sobre la actualidad política y socioeconómica del continente. Ha publicado artículos periodísticos, históricos y fotorreportajes en medios mexicanos, ecuatorianos, nicaragüenses, bolivianos y europeos. Se dedica a escribir columnas radiales e incursionar en géneros narrativos como el cuento y la novela. Colabora en publicaciones de reflexión sobre educación y políticas socio-educativas en la ciudad de Luján, donde actualmente reside.

Imagen: Leila Tanuz.

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