Soñé otro mundo tan lejos y tan cerca, ¿será el coronavirus el gran motor?

En tiempos de COVID-19 están quienes anuncian que la pandemia es un golpe al capitalismo y que necesitamos una catástrofe para que surja la solidaridad global; están quienes desde el pesimismo afirman que China podrá vender ahora su Estado policial digital como un modelo de éxito contra la pandemia y que se avecina un nuevo régimen opresor, donde el control social digital está a la orden del día. Y estamos también quienes desde Latinoamérica creemos que es la oportunidad para discutir el patrón de poder moderno capitalista-colonialista-patriarcal prestando atención a dos grandes emergentes que proponen alternativas de comunidad desde la solidaridad y la igualdad: la economía popular y el feminismo.

Entre tanta incertidumbre los horizontes están velados para los pueblos, aunque también para las clases dominantes. El pensamiento popular busca certezas, espera soluciones y desea nuevos horizontes. El virus y sus consecuencias traen más ajuste, más recesión y dejan expuesta una realidad que ya no se puede ocultar: la pobreza estructural en la que viven millones de argentines y miles de millones en el mundo. Tenemos la posibilidad de crear certezas y soluciones innovadoras que representen los tiempos en que vivimos.

Dilemas ideológicos: Argentina, la lupa en la pobreza estructural

Quisiera poner en cuestión dos dilemas que se instalaron en la política argentina a partir del COVID-19 y que evidencian la necesidad urgente de discutir la pobreza estructural. En primer lugar, la dicotomía salud o economía. ¿Es posible enfrentar estas dos cuestiones? ¿Hay salud sin economía? ¿De qué economía estamos hablando? 

Les perdedores de siempre, les últimes de la fila, les nadies no mejorarán su salud ni mucho menos su economía, por el contrario, las condiciones de vida de millones de trabajadoras y trabajadores argentinos se deterioran, pero ahora más rápidamente. ¿Aún más? Si la salud falla, la gente muere y si la economía falla, la gente también muere. Muches afirman que frente a esta situación de más ajuste y más recesión, la economía debería hacer contrapeso a la salud, priorizando las medidas hacia los sectores más vulnerables.

Ahora bien, sucede que las medidas del Estado (por supuesto necesarias) no alcanzan, porque un parche no puede detener una hemorragia. Hay un sector muy grande de nuestro país que viene perdiendo hace décadas y ya no puede esperar. La dicotomía entonces debe plantearse de manera diferente: priorizar la salud, la economía y la vida de lxs trabajadorxs argentinxs por sobre las ganancias de los capitalistas, aquellos que fugan capitales, los bancos, los formadores de precio, las grandes empresas que amenazan con masivos despidos y puedo seguir. No hablo de priorizar sólo por el tiempo que dure la pandemia, sino de la posibilidad de repensar de una vez por todas el modelo económico injusto en nuestro país. 

Segundo dilema con el que quiero discutir: la cuarentena y sus normas no llegan a todes por igual. En lo que refiere a los países del mundo, la aplicación del aislamiento social obligatorio y el parate de la economía no genera las mismas consecuencias en países europeos “desarrollados” que las que genera en países con economías “subdesarrolladas” y sociedades con grandes niveles de desigualdad social y pobreza estructural, como es el caso de nuestra región. En Argentina, cuatro millones de personas viven en barrios populares y sin posibilidades de trabajar en la casa. La cuarentena se complejiza con el hambre, la falta de agua y cloacas, la falta de electricidad y vivienda; y a su vez siguen creciendo los índices de enfermedades respiratorias, las enfermedades en la piel, el dengue, la malnutrición y por supuesto la otra pandemia: los femicidios. En cuarentena, la pobreza se vuelve más invivible que nunca: no es posible quedarme en casa si no tengo para llenar la olla; no es posible lavarme las manos a cada rato si comparto el baño con cinco familias; no es posible salir a comprar si la yuta me va a bolacear; no es posible combatir la enfermedad si no hay respirador ni obra social para mí… La cuarentena no es lo mismo aquí o allá, las consecuencias del virus tampoco lo serán. ¿No sería momento de que la política priorice la urbanización de los barrios populares, la construcción de viviendas, la posibilidad de tener agua potable? ¿No sería el coronavirus el gran motor para hacerle frente a la pandemia pobreza? 

La economía popular y el feminismo no son parte del problema, son parte de la solución

Se torna urgente debatir y enfrentar de una vez la desigualdad social y estructural que provoca el capitalismo en las naciones del mundo y en Argentina. Y digo el capitalismo, porque no creo que el problema sea la globalización o la integración democrática del mundo, lo que está en cuestión, como ya lo había adelantado Aníbal Quijano, es el “carácter capitalista, contrarrevolucionario y predador del poder mundial que se globaliza”. Las consecuencias que trajo este patrón de poder mundial se vuelven insostenibles: la población se polarizó fuertemente entre una minoría rica, proporcionalmente decreciente pero cada vez más rica y la vasta mayoría de la población, proporcionalmente creciente y cada vez más pobre. A su vez, dentro del mundo del trabajo creció la distancia salarial entre asalariados y se expandió la proporción de trabajadores sin salario, de desempleados y marginalizados de los ámbitos centrales de la estructura de acumulación. La pandemia puso en la lupa que la pobreza no se aguanta más y que el modelo neoliberal fracasó, que quienes más sufren el aislamiento obligatorio y el parate de la economía son les más humildes y que el post coronavirus condenará a millones más a la exclusión. El escenario de incertidumbre nos permite crear certezas de que otro mundo es posible, antes de que las elites dominantes impongan sus recetas sin horizontes. 

Hay incertidumbres pero también certezas, ya no podemos copiar respuestas del siglo XX a los problemas del siglo XXI. El proceso de acumulación concentrada de la riqueza no tiene precedentes, debemos pensar otros modos de producir que sean coherentes con las verdaderas necesidades de las personas y no de círculos minoritarios y privilegiados. Debemos pensar una economía social, popular y solidaria que priorice al trabajo y las personas, que se oriente al buen vivir y se amigue con la naturaleza y el medioambiente. 

En Argentina ya existe la experiencia, debemos reconocer políticamente la capacidad de construir comunidad que tienen las organizaciones territoriales y les trabajadores de la economía popular organizades en la UTEP, la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular. En los barrios humildes, las estrategias colectivas para sobrevivir ya son facultades extraordinarias, hace tiempo que se enfrentan otras pandemias y se inventan soluciones colectivas. Sin embargo, ningún medio los menciona… ¿Y quién los reconoce? ¿Acaso alguien los aplaude? Debemos también considerar el papel protagónico que tienen las mujeres en dichas organizaciones, sosteniendo comedores, merenderos, espacios de infancia y de adultos mayores, construyendo feminismo popular y redes para enfrentar la violencia patriarcal. Mujeres que transforman los vínculos personales, derrotando al “sálvese quien pueda” para desembocar en el “vamos juntes”. Son feminismos nacidos en las luchas del pueblo, como diría Claudia Korol “revoluciones que se crean y recrean desde el deseo, el placer, la lucha codo a codo con otras, otres, otros; revoluciones que en sus rotaciones descolonizan, despatriarcalizan, desmercantilizan nuestras danzas y andanzas”. Son las mujeres de la economía popular quienes encabezan los índices de pobreza, precarización y desocupación, pero son también, a pesar de estas cadenas, las que en la últimas décadas se han abocado a la construcción de comunidad desde la tarea social, sumando una triple jornada laboral a las otras dos ya existentes: el trabajo doméstico y la tarea de cuidados. No es cuestión de romantizar el trabajo no remunerado, para eso debemos pensar una economía popular, solidaria y feminista. El nuevo mundo requiere poner en valor dichas experiencias de poder popular, a estos cuerpos colectivos que ejercen nuevos modos de vida, a estas gigantes organizaciones populares que ya vienen enfrentando al sistema y sus pandemias haciendo la revolución todos los días. 

Entonces, ¿será el coronavirus el gran motor a un nuevo mundo? Pues soñemos y caminemos, la única lucha que se pierde es la que se abandona.

 

Texto: Florencia Dupont. Militante del Movimiento Evita. Socióloga y transfeminista.

Imagen: tomada de Tiempo Argentino.

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