Tiempos de pandemia: carta a la sociedad de un condenado sin pruebas

Gabriel Batalla estaba a 150 m de su casa, en Adolfo Sourdeaux, cuando desde un Citroën lo apuntaron con armas y le pidieron que se bajara de la moto. Pensando que se trataba de un robo, decidió escapar y así empezó la persecución que terminó con una bala de plomo en su espalda. Una vez detenido y torturado, le armaron una causa e interrumpieron su derecho a vivir como padre, trabajador y estudiante. La única prueba en su contra es el acta de procedimiento de los policías, efectuada sin testigos directos por tratarse de una denominada “zona peligrosa”. Un caso de Doctrina Chocobar, en Adolfo Sourdeaux (Partido de Malvinas Argentinas), con el apoyo de una justicia provincial macrista cegada por el racismo y el odio de clase, cuyas consecuencias aún Gabriel y su familia están sufriendo. Leer crónica completa

Carta a la sociedad

Mi nombre es Gabriel Avelino Batalla, tengo 26 años y estoy privado de mi libertad hace más de dos años y medio. Quiero decirles que mi lugar en el mundo no es éste, la Unidad 48 de San Martín, cerca de Campo de Mayo, y que quiero volver a mi casa con mi familia, a mi barrio de toda la vida, Adolfo Sourdeaux. Mis viejos y mis abuelos también son de toda la vida de Adolfo Sourdeaux. Allí también vive mi hijo de 11 años.

¿Quieren saber por qué la sociedad me puso en este lugar? Fui condenado sin pruebas en contra, mi principal crimen fue la llamada portación de rostro, porque nada hice para merecerme esto, soy inocente, sí, y estoy preso y esto hace que mi encierro sea aún más pesado. ¡Cuántas personas como genocidas tienen prisión domiciliaria o incluso son premiadas por la sociedad, aún estando procesadas por violaciones, torturas y asesinatos! ¡Yo soy inocente y estoy acá, olvidado, solo por mi origen social! ¿Cuántas personas como yo, negras, pobres y del Conurbano ya nacen con la condena? ¿Por qué la historia no cambia? ¿Qué clase sociedad mejor esperan traspapelando a tantas personas?

Fui condenado por tener antecedentes durante el gobierno de Mauricio Macri, aquel gobierno que tanto premió a asesinos y se caracterizó por aumentar la miseria. Me tirotearon en el hombro por la espalda, me torturaron, me re contra cagaron a palos, y, como si fuera poco, también le hicieron lo mismo a mis familiares que ese día se acercaron a ayudarme. 

Fui víctima sin juicio, fui traspapelado, ya que me condenaron por mi pasado, y soy uno de los tantos pibes que están detenidos solo por tener una mancha. Soy uno de los tantos pibes que no nació en una cuna de oro, sin lujos y sin posibilidad de sacar la billetera para que me miren con distintos ojos. La plata mueve el mundo. La mirada es siempre la misma, como la psicóloga del Informe criminológico, que me mira cinco minutos y una vez por año y me etiqueta como “prematuro” para la libertad. Quiero que sepan que no hay seguimiento alguno de mi caso, que debería ser cada tres meses, según la ley de la Provincia. Es inentendible lo que dicen en el informe, nada importa si hiciste un curso profesional o empezaste una carrera como yo, que estoy en segundo año de Sociología. Es una cadena por donde pasás en la que hay una sola mirada desde el momento que entrás: si fuera rico esta mirada sería la mirada que se le da a un hijito que cometió un error, como los rugbiers que mataron cobardemente a un negrito. Mi psicóloga anterior se suicidó. ¿Se imaginan este ambiente? ¿Alguien supervisa estos informes criminológicos? ¿A alguien le importa saber si esto está bien hecho? Por ejemplo, a mí me hicieron un parte por pedir visitas y ese parte me va a pesar para salir en el futuro. 

Me condenaron por portación de un arma que ni siquiera toqué. Me cagaron a palos porque sí, me separaron de mi familia porque sí, me humillaron porque sí, sin ninguna ley ni nada parecido, y esto es para mí es inentendible, salvo cuando veo que a otras personas les pasa lo mismo. Una cama, todas las pruebas a mi favor; solo que mi rostro para el macrismo valía más enjaulado que en mi casa cuidando a mis seres queridos, como mi hijo, de 11 años. Hijo: el macrismo era la época de la mano dura y se permitía tirotear por la espalda, como me hicieron a mí, o a chicos de 11 años, como a Facundo Ferreira en Tucumán. ¡Y el presidente Macri y sus ministros odiadores aplaudían a los asesinos!

Coronavirus y la salud en condiciones de encierro

Hoy en día, a las sociedades del mundo les toca vivir el encierro por el Coronavirus, algo que también estamos pasando quienes estamos en unidades penales. Estamos doblemente olvidados. El Servicio Penitenciario entra y sale, y como si fuera poco, tardaron bastante en ponerse barbijos y guantes. En la cuarentena, vienen y van a sus casas, no se quedan acá. Las visitas no, solo nos permiten circular algunas mercaderías habilitadas. ¿Estas medidas alcanzan cuando estamos todos encerrados y si con la infección de uno se infectan todos? Corremos riesgo de que el Servicio Penitenciario traiga la enfermedad. 

Nos van a dejar morir, siempre hay pibes con diarrea, moco, diarrea y ni los sacan. En Enfermería nunca hay nadie, a veces aparece alguien, a veces. ¿Qué conseguimos para nuestra prevención? La gente de la Universidad nos trajo un poco de alcohol en gel y un termómetro para que nos midamos la fiebre por si pasa algo. Todo esto es una mierda. ¡Esto es una mierda! Muchos cometimos errores, muchos estamos presos por distintos tipos de abandono y formas de injusticia, pero no nos merecemos esto, vivir como la mierda. ¡Estoy en una unidad para 500 presos que tiene 1200 presos! 

Acá, en la Unidad 48. siempre reclamamos nuestros derechos entre compañeros, en especial por compañeros con hepatitis, con HIV,  problemas de pulmones, para que puedan salir más rápido. Con todo esto de la pandemia, los juzgados no están laburando por prevención, no lo hacen virtualmente como tantos otros. Podrían resolver cosas simples como pena mínima, pero no lo hacen, están parados, ni mail parece que mandan. Claro, no piensan en nuestra salud. Acá los que trabajan son los presos, nosotros hacemos todo: limpieza, nuestros cuidados, incluso hay presos más antiguos que hacen el trabajo de la policía. En mi pabellón, de universitarios, tengo suerte de poder estar en celdas de seis personas con seis personas, pero la superpoblación existe, porque hay celdas con quince compañeros cuando la capacidad de la celda es seis. Imaginate lo que pasa con las enfermedades en un lugar así. Esto lo hablamos en la nota que le enviamos al Ministro de Justicia y Derechos Humanos de la provincia de Buenos Aires, Julio Alak. (La carta se puede ver en el siguiente enlace).

En mi caso, tengo todo para irme, pero sigo acá. Me falta un año y cuatro meses, con talleres, cursos, pero el Tribunal Criminal Número 5 me lo niega por el Informe Criminológico, que casi ni te ve. Con solo tres o cuatro minutos ya te vuelven a condenar.

Pedimos que intervengan y se declare una emergencia sanitaria y no se olviden de nosotros. Todo esto me encuentro padeciéndolo al igual que todos mis compañeros.

Pido un fin para los días eternos 

Los días acá adentro son eternos, más para una persona condenada sin pruebas, solo por tener antecedentes penales y por su origen social. Sin embargo, no dejé que esto me volteara, estos dos años y medio la pasé ocupado, trabajando y estudiando. La policía de Polvorines me corrió a tiros en dos coches particulares, se ocultaron las cámaras, me dispararon en el hombro derecho, me torturaron y me encerraron por segunda vez en mi vida. Solo dos testigos se presentaron en mi contra: uno, el testigo y el otro, damnificado. Eran testigos de las fuerzas. Yo, que fui preso en mi barrio, a la vuelta de mi casa, en la moto de mi hermana, teniendo ocho testigos a favor, fui totalmente desoído.  Se me va la esperanza porque sin plata y una mancha soy condenado y ya no tengo derechos.

Es hora que nos escuchen. Durante estos últimos tiempos se burlaron de nosotros, nos violaron todos nuestros derechos, se pasaron el código penal y procesal y las leyes por el o***, y levantamos la voz e insultamos en esta situación porque estamos cansados de que no se haga nada, que hagan lo que quieran, tanto acá adentro como afuera. Nuestras familias lo padecen, y mucho, casi igual o peor que nosotros. En plena calamidad por la pandemia, pido que se terminen los días eternos y se respeten nuestros derechos: ¡basta de mano dura!

 

Carta escrita por Gabriel Batalla en colaboración con Rodrigo Arreyes: es de El Palomar aunque también es bastante brasileño de San Pablo. Tiene dos hijxs, Andrés y Vera. Estudió Letras en la UBA y se dedica a la traducción hace diez años. Su licuado favorito es de mango.

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