#ElMundoTodoDeVioleta Política de la intimidad

Camino mirando el piso: las piedras amasan relieves sorpresivos, tierra roja, sombras y vidas camufladas entre toda la composición. Ninguno de estos elementos sabe que está acá, sólo yo y la humanidad que se reconstruye en mí, que camino mirando el piso. ¿Será un hábito de ciudad, de ese territorio donde no se mira el cielo? Será que la costumbre de economizar la mirada todavía no cedió a la minuciosa observación que nos propone la soledad. En la ciudad es necesario economizar la vista, si no el desfile de caras por las calles, las escaleras, las puertas y las esquinas se vuelve movilización y finalmente tsunami. Mirar el piso sería algo así como una especie de habilidad que me permite sobrevivir, un detalle que revela mi dimensión sociológica.

Sin embargo, ninguna cosa es una sola cosa y absolutamente todo fue parido por alguien. Como nobleza obliga, debo reconocer que si hay alguien que me enseñó a mirar el piso fue mi tía Filomena: Non parlare cossi in fretta me decía, stai zitto per favore, péinate, e pulito Daianita, despacito Daianita me repetía. En síntesis, me pedía que sea más callada, más prolija y delicada. Si hay alguien que me enseñó a ser mujer fue mi tía Filomena. La viuda, la solterona, la sin hijos, la analfabeta, la hermana, la longeva, la mutilada, la frígida, la negadora, la niña Filomena, que había sido casada por carta y enviada en un barco directo a los brazos de su prometido (traduciría fielmente alguien al español), me dejaba su herencia. Porque si de algo no tengo dudas, es que ella tenía la seguridad de dejarme algo valioso: sus recursos, lo que pensó que me haría exitosa o al menos me permitiría sobrevivir, lo que para ella habían sido sus herramientas para atravesar todo el siglo XX o sus mecanismos de defensa. Filomena, que sudaba la gota gorda cuando entendía que su empresa no llegaría a buen puerto y luego me envolvía en abrazos y besos, como renovando la esperanza antes de volver a comenzar, Daianita perfavore despacito.

Esta mujer me dejaba sus enseñanzas, me penetraba imperceptiblemente desde el amor, la crianza y las palabras. Yo me revelaba, me despeinaba, me alborotaba y alzaba la voz, me sacaba la suavidad como quien se saca el cansancio de ser quien no es; pero inevitablemente, siempre queda algo o en realidad, siempre queda mucho. Lo que queda se vuelve reflejo y se acuesta sobre nuestra piel normalizada. Todo hay que desaprender, hasta nuestra piel. Miro al cielo, está nublado como yo y pienso que ésa fue mi valentía de hoy.

Texto: Daiana Anadon. Militante transfeminista. Instagram @anadondaiana

Imagen intervenida: Leila Tanuz

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