#PerdiendoAmigos – El 0.5% en mayúscula

AVISO: alto contenido de reduccionismo en las siguientes líneas, no se sienta ni excluido, ni parte; solo es un recorte, muy seccionado, del retazo involuntario de mirar sin posibilidad de desver.

Los sábados se usan para dormir o salir a pasear, así lo creo yo. Algunos limpian, mi religión no me lo permite -aunque a veces unx tenga que ceder un poquito y finalmente hacerlo-. Afortunadamente, de eso “Dios” no se entera, como capaz no se entera de otras cosas que unx querría que sepa, en el caso que existiese.

Los sábados se usan para pasear y como fundamentalistas de este paradigma, bajamos del tren con mi marido y cruzamos una plaza llena de flores, hojas gritonas bien verdes, casi tan verdes que podrían delatar que es el último verde bien verde de este año hasta por ahí marzo. Un perro me distrae de la cinematográfica luz del sol entre las ramas sobre estos ojos de relax agotados de bits, arrobas, clicks y pixeles diarios. Los ruiditos de canto rodado nos acompañan como carillones hipnóticos hasta llegar a la vereda, que da al cordón, que a su vez nos conduce a la calle; paramos, miramos para un lado para el otro y PUM, ruidazo.

La escena revela un hombre a los gritos pelados diciendo algo que no podría descifrar por ser muy rápido o muy contraído, no podría definirlo. Golpea el tacho de basura. Nosotrxs, en silencio, haciéndonos lxs tontxs como no formando parte, pero con toda la atención a lo que pasa. Hago un comentario de un local que siempre cruzo, pero ni yo le doy mucha importancia, ni mi marido escucha, aunque responde “Ah! sí, mirá vos qué barato!”. Lxs dos sabemos que no estamos ahí, ningunx se ofende.

Nuestra audición está imantada al diálogo inentendible de este señor, una señora y lo que asumo son sus 3 hijas; pero mis ojos están más perdidos que perro en cancha de bochas, es todo muy rápido, muy filoso, demasiado inaccesible. ¿Podría acaso ser ése el motivo de nuestra atención? Sigo sin saberlo.

– ¡MAMÁ, TOMÁ! (el uso de mayúscula precisamente aplica al volumen y a la intensidad que se decía en ese momento, es a mi entender narrativo y crucial), le dice la más chiquita de las nenas, mientras le extiende a la señora una ramillete de florcitas mínimas y de amarillo violento. – ¡PAPÁ!… ¡PAPÁ! TOMÁ ESTAS SON PARA VOS!, continúa la niña con el entusiasmo de alguien que espera una sonrisa, un abrazo, cara de asombro y una zampada de besos ilimitados que no suceden. Su empeño por alcanzarlo implica esquivar, como le dan sus piernitas cortas, el tacho de basura en el que el señor tiene medio cuerpo sumergido. Nada la detiene, sus palabras y su gesto son claros, transparentes y determinados. Las demás pequeñas se dividen entre llevar carritos de esos modernos de tela con manija, colapsado de cosas y colgarse de un soporte de esos de construcción que sostienen una estructura provisoria.

El señor y la señora gritan con voz áspera e intermitente cosas que sigo sin poder distinguir, pero que de seguro se concentran en ese tacho verde que aparentemente lxs tiene muy preocupadxs y atentxs. De pronto, la flor cae (o la dejan caer) y silencio. El aire se corta para todxs lxs que estamos allí. Miro a la nena chiquita, una pulga mínima de pelo castaño y una media colita tumbada, y su cara se transforma. Automáticamente, la rispidez se corta con la voz aguda y mínima de la más chiquita que pregunta – MAMÁ, ¿TIRASTE LA FLOR QUE TE DI?… MAMI… ¿MAMI LA TIRASTE? No hay respuesta áspera, solo silencio áspero.

Se me cortan las cuerdas vocales, no puedo ni siquiera decir pavadas que hagan de distracción. En ese silencio que no es dirigido a nadie, pero que nos afecta a todxs, se me congela el cuerpo y mi cerebro baraja mil respuestas que podría sugerirle a la mujer para disipar la nube que se le acerca a la niña de las flores al prolongar innecesariamente ese gélido silencio. Pero nadie hace nada.

Sin permitir que transcurra un segundo, pero que se siente una eternidad, la que lleva el carrito -una niña alta próxima a una pre adolescencia que se deja ver- le dice – MAMÁ, ¿HOY ME PUEDO QUEDAR CON VOS?… ¿PUEDO ESTAR CON VOS HOY, MAMÁ?

De nuevo, solo ruido de latas, bolsas y el señor que sigue murmurando inentendibles. No hay nadie más que ellxs dos y ese tacho verde. Las preguntas no llegan o el ruido de las latas es muy fuerte, demasiado “aturdidor”, pareciera el término que más se ajusta a esa intensa nada.

La tercer niña sigue colgada de los parantes muy entretenida como flasheando circo a pleno, ella sí, ella está acompañada de su imaginación o su evasiva ¿quién sabe?

Mientras nos alejamos de lo que asumo es un 0.5% de la vida de esa pequeña familia, la presión de la mano de mi marido, mis nudos vocales y una catarata de preguntas, contradicciones y sin sentidos me apagan el sol, vuelven sepia las hojas, enmudecen las piedritas y solo dejan una inquietud volando en el aire: si acaso alguien cree en algo, ¿dónde está ese algo los sábados por la tarde, cuando una florcita amarilla se cae y una niña no pueden salir a pasear, ni siquiera en su imaginación?

Reincido, porque ésa es mi maldita condena: ¿dónde se reclamarán las ausencias y dónde, el hambre? ¿Cuántas ventanillas separan a una de otra? ¿Cuántos silencios antecedieron a ése que presenciamos y cuántos le sucederán? ¿A quién llamamos cuando, aunque levantemos las florcitas del piso, algo queda ahí, al lado del tacho de basura, y lamentablemente no se recupere más? ¿Cómo se le sube el volumen a las flores y cómo se le baja a la desidia del mundo?

La militancia de los sábados se usan para pasear comienza con estas preguntas, pero debe seguir con no dejar de escuchar a ninguno, ni al que usa mayúscula en su voz, ni al que lo usa en sus silencios. Porque aquí no hay culpables. Esto es solo lo que queda después de tanto no haber, no tener, no alcanzar, no poder, que sin intención maliciosa reproduce lo que puede, lo que no hay, lo que no se alcanza.

Estoy segura que lo que yo hice está mal, no hay que quedarse heladxs, ni ser pasivxs ante todo eso; hay que habilitar las preguntas que me hice y llevarlas a cabo, sin posiciones urgentes que remienden el momento, sino por ejemplo, aprendiendo a votar ¿no? Así de lejos hay que ir. 

De nada sirve ser espectador de la tristeza si la dejás cajoneada. Salir en búsqueda de herramientas que nos saquen de ser público de otras realidades y nos acerquen a entendernos parte del mismo problema.  

Los sábados se usan para pasear. En un mundo perfecto también se usan para coleccionar flores y acompañar hasta el fin del mundo de la mano, a cualquier lado, sin gritar ni una vez ¡MAMÁ! con mayúscula, salvo que esté seguido de un GRACIAS, SOY FELIZ. Ahí, entonces, su uso sí cumple su función.

 

 

Texto e imagen: Leila Fernanda Tanuz. Integrante del equipo de El Tresdé. Es Diseñadora de indumentaria, docente e investigadora de FADU, UBA, tejedora en Il Porco Tejidos, constructora de imágenes en Casa Prensil, feliz, verborrágica y desobediente.

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