Aguafuertes bonaerenses / Morón / La Base y la Memoria

En mi lejana infancia, Ituzaingó y Morón eran un solo partido. Mi humilde casa materna se ubicaba en los suburbios, donde había zanjas con ranas y la retama y los aromos florecían en primavera inundando el aire.

Para mí y mis hermanos, la ciudad de Morón era el centro, ese lugar diferente en el que los asfaltos y las multitudes abundaban y donde siempre temíamos perdernos. Y a un par de kilómetros de ese centro, un sitio perturbador e inolvidable: la Base, es decir, la ex 7° Brigada Aérea de Morón.

No sé qué edad tendría cuando me enteré de que mi padre trabajaba allí como personal civil, entre los pintores. Sólo sé que hablaba poco del tema, lo único que conocíamos era su admiración por los aviones. Pero también intuí un temor arraigado a los uniformes, a las jerarquías, pues había sido uno de tantos jovencitos provincianos que fueron trasladados a Buenos Aires para cumplir con el servicio militar obligatorio de aquellos tiempos.

Lo cierto es que el lugar era enorme y se pobló en mi mente de silencios y misterios, de tesoros y terrores: los pájaros del aire y sus pistas, los puestos de guardia en el perímetro con sus garitas, sus soldados y la sentencia: No se detenga, el centinela abrirá fuego. Las barracas que nunca vi por dentro, las larguísimas calles interiores. La arboleda tupida, la enorme extensión verde, los montecitos con arbustos y gramíneas varias frecuentadas por incontables aves y pequeños mamíferos.

Cuando tenía seis años, comenzó el horror. Mi primera caries y la obra social me llevaron, de la mano de mi madre, a atravesar esas rejas y recorrer a pie varias cuadras que se me hicieron interminables. Es mi primer recuerdo de un dentista. Resultó un hombre adusto, poco contemplativo que me hizo llorar sin manifestar ni solo un gesto de simpatía o compasión. Siempre pensé que disfrutaba de su obrar y, al evocarlo, se une a personajes de mis lecturas cuyo sadismo estremece.

Pero la verdad es que, muchos años después, relacioné esas incursiones en territorio enemigo con la renuncia de mi padre a aquel empleo. Y con las atrocidades de la última dictadura militar: ¿cuántos habrían sufrido mucho más que yo entre esos muros?

Más adelante, durante un tiempo dorado para Morón que comenzó en 1999 y se extendió hasta 2015, el pasado y el presente se fundieron debido a la creación del primer espacio para la memoria en territorio latinoamericano -sin duda, un orgullo moronense-, la Casa de la Memoria y la Vida, a metros de lo que había sido un centro clandestino de detención dependiente de la Fuerza Aérea.

Por otra parte, se inauguró la Reserva Natural Urbana, un espacio conquistado a la Base por el pueblo, limpiado y acondicionado para uso de todos los vecinos. Y tuvimos la posibilidad de incursionar, al fin, por aquellos montes, disfrutar de esos pájaros y árboles, pero sin olvidar el espanto.

Tendernos al sol y mirar las mariposas, sí.

Olvidar, jamás.

 

Texto: Alba Murúa. Escritora, profesora, coordinadora de talleres literarios. Se enorgullece de su familia y amigxs; además, de ser parte de Alto Guiso, un colectivo del conurbano que puede leerse en la colección homónima de Editorial Leviatán. Colabora en la revista digital Devenir111. En su blog Poderosas Poéticas escribe reseñas de sus lecturas. En forma individual ha editado sólo un poemario, Lejos del Paraíso, Editorial Piedra al Cielo, en 2015.

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