Aguafuertes bonaerenses / Caseros / El fondo del Odeon

Los miércoles, en el Odeón, hay micrófono abierto. No es que me entusiasme mucho la idea de participar, aunque alguna que otra vez pensé para mí que podía sorprender a los asistentes regulares a los miércoles de tango con alguna pieza de Goyeneche mal cantada, digo, recitada. Que es como cantaba Goyeneche, a fin de cuentas. Insisto, no es que me entusiasme participar. Es que me encanta involucrarme en algo que existe, que está vivo, y que parece un fragmento de un tiempo que es imposible recuperar. Como si parte del viejo Caseros estuviese ahí, latiendo. Entre los más viejos de Caseros, claro. El juego de palabras es tonto, pero algo de verdad tiene. Esos viejos que se juntan a cantar en el micrófono abierto son los que hacen que todavía se pueda vivir en un barrio, entre los edificios nuevos hechos de plástico que se comienzan a levantar a la vuelta del sanatorio, o entre las calles que llevan al Cristo Rey y al campito que corta Murias.

                Las veces que fui, la mayoría de las veces, al menos, fui solo. No por nada en particular, pero me gustaba eso de sentarme y formar parte de gente que estaba debajo del mismo techo, pero no amontonada. Se conocían, sí. Se saludaban. Por ahí, preguntaban cómo estaba algún que otro familiar. Pero no necesariamente eran íntimos. Compartían cierta complicidad nocturna que hoy, obligatoriamente, pasa por la creencia de que todos piensan igual, o sienten igual, o son “del bien”. Como si las categorías morales pudieran trasladarse sencillamente a todo: a la música, a los libros, a la gente y las cosas que hacen. Los viejos del micrófono abierto eran nietzscheanos, en ese sentido: estaban más allá del bien y del mal.

                Lo que piden a los mozos los parroquianos del Odeón son la viva muestra de que esta gente corre con todos los riesgos habidos y por haber. Vasos de fernet con Cinzano rosso y un chorrito de soda, platos con papas fritas o huevos fritos, como si sólo se alimentasen de la guarnición. Y los atados de cigarrillos largos al costado de los cubiertos, cerca de las paneras. En los parlantes de cumpleaños de quince de dos décadas atrás, lo único que siempre suena nítido es el sonido de las dos guitarras de los músicos fijos del ciclo de los miércoles. Las voces varían en su impacto: a veces, dependiendo del intérprete. A veces, de la suerte del cable del micrófono. Cantan siempre de todo: boleros, algún que otro tango del repertorio clásico, a veces, tangos que ni sabía que existían. Tangos que conocí, a fin de cuentas, por esta gente que quiere mantener la noche de barrio viva en el Odeón.

                Los oficios del público son variados. Se les notan en las caras: remiseros, adictos al bingo, jubilados, quinieleros, quiosqueros… No es muy difícil sacarles la ficha. A veces, porque lo dicen rápido, antes de que uno pose sus ojos sobre las arrugas y las caras con ese extraño bronceado de la vejez. Ese que hace que la piel se vuelva un poco más oscura. Un poco menos brillante.

                En los miércoles del Odeón hay siempre un grupo de personas que entran y salen del cuartito del fondo. Creo haber visto, alguna que otra vez, una mesa de pool y gente jugando, hablando ahí, en el fondo. Pudo haber sido una impresión: nadie es ajeno a los efectos etílicos en el Odeón. Pero sé que algo raro, algo que sería el otro miércoles del miércoles de micrófono abierto del Odeón, pasa. Algo en donde la gente manifiesta con más fuerza ese espíritu bohemio que apenas rozo cuando me quedo escuchando tangos en la “fachada” del bar, entre que vuelvo del trabajo y voy a mi casa. Como si en esa habitación del fondo hubiese un secreto, el corazón de algo a lo que todavía no puedo acceder. Un fragmento de soledad limpio, más puro que el que siento entre las mesas del bar, entre el sonido de las guitarras y el sorteo del numerito a colaboración. Cosas de viejos, seguro. Supongo que, como con el tango, esos secretos esperan. Ojala que a mí.

Por Fernando Bogado (1984). Escritor, periodista y docente. Publicó el libro Jazmín paraguayo. Poesía reunida 2014-2006 (Nulú Bonsai, 2014) y la novela Tierra ganada al río (Letras del Sur, 2018), entre otros. Colabora regularmente en el suplemento Radar de Página 12, la versión local del Le Monde Diplomatique y la revista Acción. Conduce y escribe guiones del programa Infernet (FM La Tribu) y participa en la columna de libros del programa Allá voy (FM Cantilo), con Corina González Tejedor. Es ayudante en la cátedra de Teoría y Análisis Literario “C” de la UBA y da clases de literatura en varios cursos del Colegio Nacional Buenos Aires. Vive, orgulloso, en Caseros.

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