¡Viva mi patria Bolivia!

En el siglo XVI –y aunque parezca mentira, estoy hablando del presente– la Biblia y los cañones fueron los instrumentos “civilizados” que usaron los invasores europeos en nuestro continente. Allá por noviembre de 1532, el conquistador Francisco Pizarro había pactado una primera cita con Atahualpa en la plaza de Cajamarca, en el norte del Perú actual. El inca llegó con un séquito de miles de hombres desarmados, pero la plaza estaba vacía y los soldados españoles escondidos en las inmediaciones. Salió entonces el fraile Vicente de Valverde acompañado de un indio intérprete, se acercó al inca y le alcanzó la Biblia diciéndole: “Este libro te dice la verdad”. Atahualpa entendió la traducción literal del intérprete. Tomó el libro y se lo puso al oído. El libro no decía nada, no hablaba. Sintiéndose defraudado, lo arrojó al suelo. Valverde gritó llamando a Pizarro y la soldadesca se hizo de la plaza produciendo una matanza enorme. Atahualpa fue secuestrado y encerrado. Ofreció una gran cantidad de oro y plata por su liberación. Sus captores aceptaron y la obtuvieron, pero igual terminaron matándolo. La empresa de los conquistadores occidentales no contemplaba negociaciones: tenían que colonizar a sangre y fuego. Aquel trágico acontecimiento marcó el inicio de la colonización por despojo que nuestros pueblos han vivido por siglos.

En estos días, cuando se estaba consumando el golpe de Estado contra el presidente indígena Evo Morales, dos sirvientes del neocolonialismo: Fernando Camacho y Marco Pumari, considerados “líderes civiles” de Santa Cruz y Potosí, respectivamente, irrumpieron en el Palacio Quemado, sede del gobierno boliviano, con una Biblia como portadora de la restauración. Extendieron la bandera tricolor de Bolivia en el suelo y sobre ella colocaron el “libro sagrado”, arrodillándose. Todo un símbolo, sin duda. El diario La Nación, apologista histórico del despojo de nuestros pueblos, tituló: “Bolivia: la Biblia se vuelve una inesperada protagonista del conflicto político”.

Fernando Camacho pertenece a las clases pudientes de Bolivia, es empresario con intereses en el negocio del gas nacionalizado durante el proceso de cambio que lideró Evo Morales desde 2006. Es blanco, racista, xenófobo y ultrapatriarcal. En pleno siglo XXI se hace llamar –y lo llaman– “El Macho”. Es miembro de la Logia de los Caballeros del Oriente y líder del Comité Cívico de Santa Cruz, es decir de la zona más rica y beligerante contra la política desarrollada por el gobierno en los últimos 13 años, aunque con marchas y contramarchas, porque después de la crisis de la Media Luna de 2009 las fuerzas populares ganaron las elecciones en esa región boliviana. Ahora, con la crisis que se produjo después de las elecciones del 20 de octubre de este año, volvió a retomar protagonismo desconociendo los resultados y desplazando a un segundo lugar a Carlos de Mesa, el principal candidato opositor. Camacho, incluso con su discurso racista, logró articular con otros comités cívicos de la zona occidental de Bolivia. Tanto es así que tiene como aliado principal a Marco Pumari de Potosí, quien, por su propio apellido, no es precisamente blanco, pero sí recalcitrante reaccionario. En un discurso reciente señaló falazmente: “los verdaderos pueblos indígenas originarios han desconocido a Evo Morales”.

***

Este golpe de Estado, orquestado desde Estados Unidos en la coyuntura que vive Nuestra América en este 2019, es parte de un plan de recuperación del “patio trasero”. Se produce después del triunfo de Andrés Manuel López Obrador en México a fines del año pasado y el triunfo reciente de Alberto Fernández en la Argentina. Pero además en medio de la crisis irreversible del neoliberalismo-neocolonialismo aplicado en Chile desde los años 70, primero a sangre y fuego por la dictadura y después por los gobiernos democráticos de los últimos 30 años. Se produce además cuando el salto de tranquera del gobierno de Ecuador, a poco de andar, provocó una enorme reacción de los pueblos originarios de ese país. En el tablero geopolítico de nuestra región es un golpe que busca recuperar terreno perdido, política y culturalmente, incluso cuando los indicadores de la economía boliviana son los mejores a escala continental. Esto último no está en discusión, por eso la agitación golpista está centrada en la “libertad”, en poner fin a lo que consideran “dictadura”. Han encontrado una razón en las últimas elecciones del 20 de octubre, instalando la idea de que hubo fraude, apelando a la OEA, es decir a su famoso “ministerio de colonias”. Lo han hecho porque tienen una base social real que se fue acrecentando en los últimos años, aunque sus representaciones políticas nunca pudieron ganar ningún proceso electoral. La democracia no les importa, mucho menos cuando quienes ganan y vuelven a ganar son las corrientes progresistas o populares.

Por otro lado, más allá de los intereses geopolíticos y volviendo al principio de esta nota, el fin de la “dictadura” de Evo Morales apunta a una contrarrevolución social y cultural. Arriar y quemar la whipala, arrancarla de los uniformes de la policía, “poner fin” a la Pachamama y anunciar mesiánicamente el retorno de la Biblia y de Cristo, hacen parte de esa contrarrevolución. Los mueve el odio y la venganza de clase y étnica. Esto, en un país con mayoría aimara, quechua y guaraní, es una afrenta cuyas consecuencias son imprevisibles. La declaración de Bolivia como Estado Plurinacional fue precisamente un paso fundamental e inédito en la historia latinoamericana. Hoy está planteado el retorno a un pasado infame. Se trata de un golpe contra la soberanía popular, contra el empoderamiento de los pueblos originarios de Bolivia que constituyen su principal entramado social, que en los últimos años han expresado una alteridad a la colonialidad del poder.

Recordemos que el proceso de cambio emprendido por Evo Morales se originó con la guerra del agua (Cochabamba, 2000) y con la guerra del gas (El Alto, 2003). Ambos recursos naturales, en la cosmovisión andina, hacen parte de la riqueza de la Pachamama. La lectura economicista occidental no comprende esta visión, desde luego. El manejo de esos recursos y de otros, así como de todo lo que generan para el bienestar de las mayorías, cuestiona la colonialidad y afirma al pueblo como sujeto protagonista, al pueblo sustancial.

El golpe, si triunfa, significará una enorme tragedia para un país como Bolivia que sufrió el mayor despojo de sus riquezas durante siglos. La resistencia ya está en curso cuando escribimos estas líneas, aunque el panorama es incierto. Mientras las castas políticas y algunos comentaristas debaten si fue golpe o no, el pueblo boliviano lo siente así, lo vive así, sufriendo nuevamente la militarización de su país. Cuando Túpac Katari, el gran revolucionario indígena del siglo XVIII, fue derrotado junto a Bartolina Sisa, proclamó: “Volveré y seré millones”.

 

Texto: Manuel Martínez. Periodista y escritor, con una larga trayectoria militante en la izquierda latinoamericana. Integra el Consejo de Redacción de la Revista Herramienta y participa activamente en la Plataforma Nueva Mayoría del Frente Patria Grande.

Imagen: tomada de Mundo Sputnik News, Carlos Garcia Rawlins.

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