Aguafuertes bonaerenses / Hurlingham / Oda al barrio

Lo que resuena

Cuando camino por Hurlingham espero encontrar al final de la calle un mar. Me gusta imaginar el oleaje rompiendo sobre la costa en el patio trasero de una de esas casas del barrio inglés, ahí donde alguna vez se asentaron las primeras familias ricas, cerca de las construcciones del ferrocarril. Hoy esa casa y otras se erigen entre las callecitas iluminadas por las luces de los postes y las linternas de los guardias de seguridad, tienen algo de atemporal, tan triunfal y oscuro a lo Casa Usher de Poe. A veces pienso cómo será vivir en ellas, mirar por sus ventanales, salir a sus balcones, tomar el té en sus jardines y me olvido de lo triste que es que muchos tengan tanto y otros tan poco y me pregunto una y otra vez cómo será vivir así. Pero nada es suficiente, más allá de las reflexiones y el imaginario siempre vuelve la sensación de nostalgia por ese mar que nunca existió, solo en mi deseo de una ciudad costera para que resuene, al menos en mi mente, el atlántico al final de las calles del barrio.

Las remiserías enfrentadas

En el centro de Hurlingham tenemos un bosque, bueno, en verdad, es un camino de eucaliptos junto a la estación del tren San Martin. Ahí no más de la estación están las remiserías enfrentadas, y esta es una historia que me encanta contarles a los viajeros que pasan por mi barrio. Cuentan las malas lenguas que todo empezó por una discusión entre un chofer y el dueño de la remisería más antigua, el chofer juró venganza por la afrenta instalando una remisería al lado de la de su enemigo,  nunca supe muy bien de qué se trató el conflicto, pero lo cierto es que ahora ese chofer lleva más de cinco años ganando territorio. Ambas remiserías conviven lo más pacíficamente que pueden, pero suelen disputarse choferes y hasta el uso de la vereda. Es tan de pueblo esta historia que me fascina, obviamente que tomé partido en el asunto y me quedé con una de ellas, la más nueva, y como soy leal nunca tomo remises en la de al lado por más que tengan auto y la mía no tenga. En la mía, la que elijo, me llaman por mi nombre, me saludan cuando paso, es mucho más de lo que puedo pedir, me gusta esa familiaridad de ser clienta y testigo en esta historia, a lo Montesco y Capuleto, un mito urbano que quizá nunca tenga final.

La casa abandonada y el paso del tiempo

Siempre que pasa algo nuevo me entero por los choferes, como la vez que me enteré de la señora de la casa abandonada. Es una historia espeluznante que prefiero reservarme, solo voy a decir que en Hurlingham existió durante siglos un caserón estilo inglés que estuvo habitado, pero de un momento a otro nadie supo más nada de sus dueños y un día sin más se incendió, de esto hace más de 20 años, pero cuando pasás por la vereda se puede sentir todavía el olor a quemado, como si las llamas y las cenizas siguieran encendidas bajo las raíces de la maleza que terminaron por invadir el terreno. Es extraño, hace unos años, un día cualquiera, una mujer mayor apareció y se quedó a vivir entre los escombros y la maleza, reclamando cierta pertenencia al lugar, a veces siento que era la cuidadora de un recuerdo. Pero el tiempo no es muy amigable con quienes se aferran al pasado, por el contrario la modernidad se trata de ir siempre hacia adelante llevándose consigo todo lo que pueda. A la señora la echaron o se fue, el caso es que no apareció más limpiando por las mañanas la vereda de su casa imaginaria. Y a mí me quedó la sensación como cuando alguien se muere. El paso de la muerte por el barrio es tan particular, nadie sabe cómo ni por qué, pero la gente se muere, y un día ese que te saludaba cuando pasabas por la vereda, no está más, es como si el escenario cambiara, rompiendo con la costumbre de todos los días, dejándonos en una orfandad inexplicable.

 

Entre el mar y las vías del tren

Mi mejor amiga camina conmigo por las calles de Hurlingham desde que éramos muy chicas, y lo sigue haciendo, aunque no lo haga de verdad y solo pase en mi mente. Todo lo que le pasa a mi barrio se me parece, siento que es mucho de lo que también soy, mezcla rara de clases, árboles, historia de inmigrantes y magia. Me gusta vivir acá, podría quedarme para siempre, pero a veces necesito ir a buscar bosques más grandes que el de la estación. Creo que a mi amiga le pasó algo similar por eso tal vez decidió ir a buscar lo que encontraba acá a pequeña escala a lo grande en otro país.

De noche para volver a casa puedo tomar dos trenes, elijo el que me queda más cerca de dónde esté, si estoy en Palermo viajo en el San Martín, si estoy en la zona de Almagro, voy en el Urquiza. Me gusta la distancia que separa las vías del tren, siempre me hizo pensar en los dibujos que se deben formar desde el cielo y cuando los trenes se cruzan sin cruzarse pero coinciden en tiempo y cercanía, imagino lo hermoso de ese paisaje, en cómo las vías se cruzan en ese instante como si pudieras verte desde el otro tren.

En Hurligham ya casi no tengo amigos, muchos viven en otros lados. Me gustaría que todos vivieran en mi barrio, salir a la calle para encontrármelos e invitarlos a tomar unos mates o a mirar series, pero ellos eligieron no vivir en Hurlingham y es porque tal vez no sabían que el barrio es tan especial y no importa que no tenga mar porque cuando caminamos por sus calles confundimos el ruido de los trenes con el murmullo del oleaje de un mar precioso, y eso es más que suficiente.

Por Nadia Sol Caramella (Hurlingham, 1986). Es editora en Difusión A/terna ediciones, dirige desde 2009 Escrituras Indie, medio de difusión alternativo. Es autora de Temporada de ciervos en el bosque, (2015, Nulú Bonsai), Tiempos de Caza (2016, Subpoesia), Federación de Cazadoras (2017, Ausencia editora), actualmente se encuentra trabajando en su primer libro Técnicas de supervivencia.

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