#PerdiendoAmigos – Álbum de figuritas

Crecí en una casa integrada y guiada por mujeres. Los roles se dispusieron de manera orgánica hacia el interior de mi familia con su lógica particular y hacia el exterior construyendo mi recorte del mundo. Consignas clásicas como “defendete, no dejes que nadie te venga a matonear, hacé lo que creas mejor, estudiá lo que quieras”  fueron “naturales” (si entendemos como naturales lo culturalmente construido en un entorno particular). Los roles femeninos fuertes, las mujeres líderes estaban ahí. No hubo necesidad de buscarlas, vinieron a mí. Por suerte o desgracia, la experiencia personal no es la norma y asumo son más los casos en donde no se reconocen imágenes de mujeres como figuras identificables o donde no se logra aislar a una referente. También, podría dar vuelta la hipótesis y decir que estas imágenes están siempre ahí, que siempre estuvieron a nuestro alrededor, pero que su forma no es la de la excepción, ni es la de elegida. Hablo de la piba que te banca cuando estás en la parada del bondi sola a las 3 am o tu compañera de laburo que se alía para mover esa estructura patriarcal que beneficia solo a tus compañeros varones (sin importar su capacidad ni las tuyas), entre un mar de ejemplos camuflados. Hablo de otras, de las mismas, hablo de todas. 

Son representaciones femeninas como estas las que ponen en acción un mecanismo que me parece aún más interesante: reducir la atención a roles masculinos, identificar las falencias de las imágenes de poder y desarmarlas, que es muy distinto a “construir roles femeninos fuertes” o “crear imágenes de mujeres empoderadas”. No necesitamos que nos inventen un personaje, necesitamos solo de su atención. No queremos spotlight, necesitamos que no se requiera construirnos, ni dejarnos algún espacio. Los espacios ya existen para nosotrxs, nada más que algunos no quieren que estemos allí. No es cuestión de sobre-revisarnos, es cuestión de rever los paradigmas que nos siguen dando lugares y construyendo roles femeninos. Es asombroso cómo seguimos concentrando la energía en modificarnos y no dejar de construirnos de modo idílico e inalcanzable, porque asumo que, cuanto más arriba, más lejos se percibe la trayectoria y cuanto menos diversificación, más control.

El movimiento feminista posee casi dos siglos de lucha, cuatro olas en periodos distintos. ¿Cuántas imágenes se necesitan para que nos tomen en serio? ¿Una, cuatro, un millón?  No necesitamos íconos, no estoy de acuerdo con lo que nos piden. No precisamos ver unidades. Necesitamos escuchar voces diversas, hermanas, cómplices y también, opuestas. Somos suficientes, por cantidad y calidad.

Estoy convencida de que las mujeres que me influenciaron no quisieron ser tótems. No hay ni hubo un templo. Acá, en esta nueva ola, somos todxs lxs usinas que dan marcha y sostienen a las mujeres que vienen. No me parece justo evangelizar la figura de mujeres para que vengan por ellas a señalar todo de lo que carece, a lo que no aplica, en lo que falló o escapa a su entendimiento. Invito a los buscadores de falencias a venir por todas, por cada una de nosotras, incaratulables, desparejas e imperfectas. Vengan. 

Me resulta absurdo que la construcción de prototipos heroicos sea el objetivo, déjenme creer que el objetivo es la trama de sentido. Las voces de lxs protagonistxs son los matices y son fundamentales, pero obsoletas si se piensan como piedras filosofales únicas. Estimo que los hombres nunca se dedicaron a elaborar figuras significativas masculinas, solo fueron atravesando su visión heteropatriarcal en cada nivel imaginable. No fue San Martín, ni Borges, ni Leloir. Ellos son las caras, esas que tanto se necesita en un sistema que los sostiene y ya los seleccionó para que penetren en todos los demás estratos de la vida.

Deseo que esto no se malinterprete, mi vida fue más que afortunada por considerarme con las mismas capacidades que mis colegas masculinos, indudablemente eso se lo debo a la voz de mi madre, mis hermanas, mis bandas preferidas y mis autoras más elocuentes, mis docentes inigualables, las pibas que me prestaron una toallita en el baño o la que me preguntó en el tren si me estaban jodiendo un par de pibes. Todas son figuras. Figuritas sin álbum.

Ya estamos todas las que tenemos que estar. No hay que inventar nada. No necesitamos un Extreme Makeover de ideas. Este argumento lejos está de ser pensado en contra de las representantes que enaltecen el movimiento feminista, a ellas agradezco que sean y estén o hayan estado. Pero cuanto menos ejemplo de enciclopedia nos construyan más cotidianeidad seremos, más lugares alcanzaremos y habrá menos niñxs que sientan la necesidad de construir figuras para alcanzar sus individuales recorridos.

Entonces mi querido patriarcado (deseo que identifiquen la ironía que radica en este comienzo de oración y nunca la confundan con sinceridad, porque de cariño no tiene nada), a tus tótems, dioses y figuritas de ídolos autoadhesivas las cambio por una ola de conocidxs sin rostro, pero con muchas voces que evitan decirte quién sos, qué debes hacer o a quién seguir, porque saben que quién sos es suficiente y no hace falta nada más. 

 

Texto e imagen: Leila Fernanda Tanuz. Integrante del equipo de El Tresdé. Es Diseñadora de indumentaria, docente e investigadora de FADU, UBA, tejedora en Il Porco Tejidos, constructora de imágenes en Casa Prensil, feliz, verborrágica y desobediente.

 

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