Tácticas y estrategias en el debate presidencial

El 13 de octubre tuvimos la oportunidad de ver el primer debate presidencial de esta campaña 2019. Luego del 2015 en el que tuvimos dos contiendas televisadas, parece que la Argentina comenzó a integrar esta herramienta que en otros países de América Latina ya tiene más de 20 años en práctica.

En los debates de 2015, asistimos a lo que los gurúes llamaron “la victoria” (algunos apresurados le adosaron el adjetivo “definitiva”) de la comunicación política y el couching como formato para ganar. Pero el pasado domingo se revivió este contrapunto al contrastar los resultados de la gestión de Macri con las promesas electorales de aquel debate por el ballotage con Scioli.

Ampliar o consolidar, esa es la cuestión

Tal vez por lo novedosa que es la versión nacional de estos “debates”, sea que tienen tan poco de debate. Sólo trece minutos de exposición por candidato (abarcando en los mismos los temas “Relaciones exteriores”, “Economía y finanzas”, “Derechos humanos, diversidad y géneros”, “Salud y educación”) nos prepara para ver una presentación de intereses más que una puesta en discusión de puntos de vista y propuestas. Un formato a gusto de los canales televisivos que serán los que terminarán por darle un sentido, como refuerzo de la línea editorial que tengan previamente.

Es claro que si cada candidato tiene tan poco tiempo para hablar no va a desarrollar su plan de gobierno, ni siquiera una plataforma de propuestas, sino que va a construir un personaje, un discurso sobre intereses (vagos o puntuales) de lo que debería hacerse en los próximos cuatro años. También debe mostrarse seguro de lo que dice y transmitir que tiene la capacidad de llevarlo a cabo. Los candidatos tenían que construir y presentar una imagen de sí mismos que les permitiera ganar electorado y consolidar el propio. Además el resultado de este ejercicio recién se conocerá con el escrutinio (y a decir verdad, es imposible atribuir una cuota exacta de las variaciones en el voto al debate presidencial).

Todo esto lleva a que ante el dilema de expandir o consolidar el electorado tiendan a ser conservadores, que se vuelve evidente cuando un candidato yerra en su comunicación.

Cada candidato en su juego

El debate presidencial puede ser visto como un acto de campaña compartido y como tal, cada candidato se enfrenta a tres cuestiones: ¿a quién puede convencer? ¿A qué otro candidato puede quitarle votos? ¿Cuál puede quitarle votos a él y por qué?

Juan José Gómez Centurión es el candidato del Frente NOS, de fuerte carácter ideológico en la extrema derecha, tiene poco margen para ganar votos, ya que hacerlo implica la adhesión a un grupo estricto de pensamientos retrógrados que no permiten revisión (anti derechos humanos, negacionismo, contra toda ampliación de derechos en temas de géneros, diversidad cultural o migración). Como candidato poco conocido tenía por ganar una cobertura prácticamente nacional de su figura e ideas, pero tenía para perder su propia base ya que en las últimas semanas Mauricio Macri comenzó a enarbolar una campaña que refuerza su pensamiento contra la legalización del aborto. Ante este peligro eligió por consolidarse como opción para los sectores que se enfrentan a la oleada feminista. El resultado fue muy desorganizado y poco imponente para ser representante de los valores de la derecha argentina. Fue constantemente callado por los moderadores, repitió de forma literal segmentos prácticamente enteros. Pudo hacer poco para no quedar como una opción menos interesante ante Macri e incluso, Espert.

Nicolás Del Caño es el único candidato con experiencia en debate presidencial aparte del presidente Mauricio Macri. Como representante del trotkismo argentino tenía como principal potencial seguir haciéndose conocido en el interior del país y contrastar principalmente con Alberto Fernández, tratando de captar votos por izquierda. Debía para eso atacar a Macri y, principalmente, distanciarse de Alberto Fernández y el Frente de Todos. El candidato del FIT eligió muy bien lo que quería mostrar y con quién debía disputar. Pudo marcar su lugar en el espectro de la política nacional con claridad y desde ahí apuntar a un electorado de fuerte carácter ideológico, por lo que su perfil terminó siendo un tanto acartonado y redundante.

José Luis Espert como candidato del Frente Despertar también competía por el espacio que fue capitalizado por Macri desde el 2015. De fuerte carácter neoliberal y contra todo tipo de gasto público tenía un terreno de votos para ganar a partir de una premisa fácil “Macri no supo aplicar la economía neoliberal que yo sí puedo para terminar con el populismo” y para eso debía confrontar fuertemente con Alberto y minimizar a Macri. No sólo hizo esto, sino que además buscó cooptar electorado perteneciente a Gómez Centurión: se espera de un neoliberal que ataque a sindicalistas (el movimiento obrero) y a los políticos (la organización estatal), pero fue más allá al repetir la frase de Macri del 2015 sobre “el curro de los derechos humanos” y acusar de “ideología de género” en la impartición de la ESI a nivel nacional. Fue el candidato que más se orientó a expandir su margen electoral, mostrándose tranquilo y claro en sus respuestas.

Tuvo algunos enredos al gastar tiempo en ataques Del Caño y tuvo claridad en propuestas. Quizás su énfasis en la expansión de su electorado lo volviera un tanto contradictorio, ya que se puso de la vereda de enfrente de todo derecho constituido (derecho a huelga, educación sexual, educación superior gratuita, política de juicios a militares que actuaron durante la última dictadura, incluso dijo que los costos de producción eran muy altos) y por constituir (atacó a Alberto por plantear la necesidad de aumentar el consumo interno y se opuso a un Ministerio de la Mujer y la diversidad). Optó por referenciarse más claramente con la derecha que en un sentido estricto como liberal, algo que es recurrente en la ideología neoliberal argentina.

Roberto Lavagna es un caso peculiar ya que su punto fuerte es el mismo que su punto débil. El candidato de Consenso Federal tiene demasiada conciencia de que su campaña está más enfocada en los cargos legislativos que los ejecutivos, lo que le permitió ser puntilloso y claro en su oposición a Macri y aportar cuestiones específicas. Su tercer y alejado lugar luego de las PASO lo dejaron expuesto ante una polarización en la que Alberto Fernández tenía mucho para avanzar sobre su electorado por lo que debía mostrarse como un hombre centrado, con experiencia de haber aportado medidas concretas y realizables.

Su táctica fue defensiva y no le aportó carisma, lo que resultó una apuesta demasiado conservadora para evitar la polarización. La mesura con la que se expresó podría apuntar presentarse como una opción light (menos beligerante y tajante) respecto al Frente de Todos. Por otro lado, si bien pudo realizar propuestas concretas y análisis puntuales, muchas veces se quedó con demasiado tiempo de sobra y es un problema que un candidato no pueda hablar dos minutos seguidos sobre “Salud y educación”.

Mauricio Macri es el candidato que por lejos tiene más experiencia en debates por cargos ejecutivos y apuntó a una estrategia exclusivamente defensiva. Como presidente no sólo debe defender su gestión, sino interpelar emotivamente para convencer de volver a votar por él. Pero salvo con la intervención del cierre, se dedicó a defender su gestión que presentaba con “muchos logros” y “cosas que aún no pudieron cambiar”. Se sacaba toda responsabilidad, pero no fue concreto (no podía) en las mejoras que impulsó. Respecto a lo económico y presupuestario fue recusado sin poder replicar coherentemente.

El presidente resultó, en el mejor de los casos, irrelevante hasta el minuto final en el que expresó su estrategia, su idea más concreta, que no fue una propuesta sobre uno de los ejes, sino una lectura editorial del debate mismo: el pueblo debe tener miedo ante la “vuelta del kirchnerismo al poder”. Agitó el fantasma del autoritarismo para apostar a una polarización donde sea considerado como el mal menor ante la vuelta del populismo. Estos son factores puramente subjetivos y muy arraigados en la línea editorial de los grandes medios (que se centraron en hablar del “dedito acusador”). La apuesta de Macri fue organizar el sentido posterior del debate con el problema de quedar expuesto ante las acusaciones de Fernández durante los bloques temáticos.

Alberto Fernández era quien tenía menos para ganar y más para perder en el debate (en un sentido literal, ya que en las PASO demostró tener el apoyo de la mitad del país). La mayoría de medios auguraban que sería calmo y conservador, mesurado para consolidar su electorado. Pero la estrategia del candidato fue completamente la opuesta. A conciencia de que el sentido posterior que los medios le darían al debate sería indistinto a lo que hiciera, buscó darle otro sentido: como si se tratara de un debate de ballotage entre él y Macri.

Desde el primer minuto se estableció un contrapunto y los especialistas mediáticos se centraron en reforzar la línea editorial lanzada por el presidente Macri y lo señalaron de “excesivamente agresivo”, que le hablaba tan sólo a sus convencidos kirchnetistas, que era un discurso de fanático. Esa lectura es un tanto acotada, ya que pierde de vista que la imagen de Macri sigue cayendo después de las PASO y las medidas tomadas pos devaluación tampoco generaron expectativas en los sectores más golpeados. Alberto Fernández fue sumamente agresivo con Macri, pero sin falta se dedicó en un 50% de su tiempo a hablarle en tono pasivo e integrador a los electores que están viviendo la crisis económica actual.

No es una estrategia errada ya que por los resultados de las primarias es evidente que la mayoría cree que el actual presidente y su política son los responsables de las situación del país. Si algo queda claro de la estrategia de Fernández, es que se posicionó como lo opuesto a Macri y sus contestaciones fueron para denunciar las medidas del Frente Cambiemos. Además los candidatos con los que comparte electorado no pudieron hacerle mella (y un voto de Alberto difícilmente se modifique hacia Espert o Centurión).

Queda aún el debate del próximo domingo, el partido de vuelta. Ahora que la línea editorial y presidencial fortalecieron lo propuesto por el candidato del Frente de Todos, este tiene ventaja para mantener y reforzar el contrapunto.

 

Texto: Pablo Diz.

Imagen: El destape web.

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