Aguafuertes bonaerenses / Martínez / Apuntes de un paraíso (perdido)

Esa tarde de agosto de 1997, yo tenía 12 años y estaba sentada en una butaca del cine Bristol de Martínez. 

Ir al cine era una de las pocas salidas que por esa época los padres dejaban hacer solas a sus hijas púberes. Era algo así como una iniciación, un primer paso de independencia. Habíamos debutado el año anterior con Pocahontas de Disney en el cine del Tren de la Costa de San Isidro. 

Pero esta vez no queríamos ver una de dibujitos. La proeza era que nos dejaran entrar en una para mayores de trece. En el diario anunciaban Cenizas del paraíso, de Marcelo Piñeyro. Seguramente lo veníamos planeando desde hacía varios días en el colegio. Seguramente hicimos una cadena de llamadas para organizar la salida. Seguramente elegimos con excitación la ropa que nos íbamos a poner, quedamos en encontrarnos en la puerta, y nos llevaron nuestros papás y mamás, haciéndonos muchas recomendaciones. Como en lo teatros de la calle Corrientes en capital, la enorme puerta de vidrio del Cine Bristol daba luz y entrada a la antesala (en línea recta, cruzando la avenida, estaba su hermano menor, el cine Astro). A la derecha el kiosco, donde seguramente compramos golosinas, de esas que tenían un efecto maraca, porque eran duras y chiquitas y venían en caja de cartón: maní con chocolate o sugus confitados con su icónica paleta de primarios en versión pastel.

No me acuerdo dónde nos sentamos en la sala. Pero hay algo que me acuerdo clarísimo: la película empezaba con el suicidio del personaje de Héctor Alterio, que se arrojaba de un edificio. La escena estaba filmada desde abajo, y terminaba cuando el hombre golpeaba contra el piso (o la cámara). Le seguía otra escena impactante: una pareja que hacía el amor debajo de un árbol en medio del campo. Al día de hoy no puedo decir si la peli era buena o mala, pero todavía puedo reconstruir esa imagen amarillenta y hermosa. Fue la primera vez que vi personas cogiendo en la pantalla grande. La primera vez que vi un desnudo masculino, por lo menos a esa escala. 

La película era oscura. O al menos lo era comparada con otras cosas que había visto en mis doce años. Asesinato, traiciones entre hermanos, mentiras. Además de las escenas de sexo que se multiplicaban, también había cadáveres en la morgue, escenas de violencia. Llegué a sentir un poco de asco y miedo. Mi yo de doce años sintió la tensión entre las ganas tremendas de salir corriendo a los brazos de mamá y a las Barbies que me esperaban en mi habitación, y una sensación nueva, como un cosquilleo: las ganas irresistibles de ver más y más y más. Mi yo de doce años se arremolinó ahí, en la butaca azul del cine Bristol.

Hoy pasé por la puerta del Bristol con el 707 cartel verde. Desde el incendio, el lugar está abandonado. Algún graffitero se las arregló para subir al segundo piso y escribir su apodo con enormes letras blancas. La puerta de entrada está tapiada con carteles políticos y pintadas con aerosol. Detrás de todo eso hay un cine quemado, una alfombra cenicienta, las butacas destrozadas, todo lo que es oscuro y derruido con lo que ahora, al parecer, estoy acostumbrada a convivir.


Por Mariana Ruiz Johnson
, ilustradora y autora argentina. Sus mayores intereses son el poder narrativo de la imagen, los personajes antropomorfos, el uso del color como elemento compositivo, las escenas nocturnas, la infancia, la fuerza de la naturaleza, el humor y la magia. Estudió Bellas Artes e ilustración de libros para niños. Ha publicado libros como autora e ilustradora en todos los continentes. En 2013 recibió el Premio Compostela al Álbum Ilustrado por su libro Mamá, publicado por Kalandraka y traducido a diez lenguas. En 2015 fue la ganadora del concurso internacional de libros silenciosos Silent Book Contest con el libro Mientras duermes, que fue publicado en Italia por Carthusia Edizioni.
Actualmente vive en las afueras de Buenos Aires con su familia, y se dedica a ilustrar y escribir sus propios libros, y también disfruta de trabajar junto a otros autores.

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