Aguafuertes bonaerenses / Caseros / Palabras después de la batalla. Microclima

Es evidente que en Caseros hay un microclima. Y no hablo estrictamente de uno de naturaleza social o económica. Sino, literalmente, de la temperatura que sentimos cuando pasamos cerca de la estación del San Martín. Un microclima selectivo, podemos decir: cuando hay un poco más de sol y nos matan matan los treinta y pico de grados, no hay cambios significativos en la zona. Pero sí cuando hace frío. En Caseros, siempre está un poco más helado que en otros lados, sobre todo, en esta parte del año, posterior al veranito de San Juan y antes de que comience, oficialmente, la primavera.

Las razones que explican el fenómeno son muchas. Algunos señalan como responsable a la falta de edificios que frenen el avance del viento, aunque desconfío de esos comentarios de especuladores berretas que enseguida te invitan un sábado a la mañana para que conozcas el nuevo pozo. Uno que defraudará a numerosos vecinos con ínfulas de genios en los negocios. Otros, con pretensiones metafísicas, dicen que los espíritus de los soldados caídos en la batalla que le dio nombre al lugar se levantan por esta época del año, básicamente, para pedir que no nos olvidemos de ellos, ahora que el calor parece haberse ido para siempre porque no es febrero. Debe ser raro, pienso: morir en verano. Morir cuando todos transpiran. Escuchar, en la habitación del hospital (si uno tiene suerte de que eso pase) el ruido de algún ventilador prestado que apunta mal hacia nuestra zona del cuerpo más afectada. Nada de eso, igual, tiene que ver con el frío microclima de Caseros. Ni edificios ni espíritu. El frío que llega viene por el desierto. Me pongo decimonónico, pero lo voy a llamar así. El desierto, el panorama de puro verde que rodea a Caseros por el lado de Santos Lugares y el de El Palomar. Creo, más por el descampado del último lugar antes que por el del primero, aunque me animaría a decir que es lógico esperar algo más de frío de la estación que tiene la cara de Sábato.

Cuestión que el microclima helado de Caseros es la pesada herencia de su cercanía con los árboles vistosos y el despojado ambiente fabril que está entre una estación y otra del tren. A veces, cuando estoy cruzando el puente, del lado de la municipalidad hacia la UNTREF, me quedo mirando, por un ratito, la inmensidad que se abre en esa dirección. No hay nada en el horizonte. Nada. El viento pega de frente y hay que estar atentos y llevar siempre algún pañuelo descartable, para después limpiarse y no quedar como que estuvimos llorando entre un lado y otro de la estación porque nos acordamos de alguien que se acaba de ir, que se acaba de tomar un avión o un barco o cualquier cosa para irse lejos de nosotros, y que nos escribió un mensaje antes de subirse al medio de transporte de preferencia para decirnos que nos vemos “prontito”. Y que uno se quedó pensando, y justo ahí, en el puente, se puso a llorar. Qué barbaridad. Qué despelote. Cuando todo el mundo sabe que es por el frío que hace en la estación de Caseros. Y que nadie percibe de verdad, salvo cuando se cruza el puente. Porque no tiene que ver con los fantasmas. Ni con la falta de lugares donde vivir. Tiene que ver con ese descampado. Tiene que ver con los árboles, con las fábricas. Tiene que ver, creo, este microclima, con el camino curvado que conecta a un punto y otro del partido. Porque, ¿quién se iría con este microclima tan puntual de Caseros? Nadie. Nadie, nunca, se iría.

A veces voy por las noches a cruzar el puente, sin esperar ningún tren. Si tengo suerte, pasan de madrugada los vagones de carga. Los miro desde arriba: llenos de carbón, me gusta distinguir las pequeñas diferencias entre uno y otro. A veces, hay una bolsa. A veces, las piedras se cargaron de manera diferente, y sólo hay que esperar, con paciencia, a que el tren carguero pase y manotear los pañuelos de papel usados que tenemos en el bolsillo o en la mano. Y tirar uno sobre un vagón, para que en el próximo puente, el próximo trasnochado de su zona se entretenga encontrando las diferencias entre los vagones, entre un montón de tierra y otro, acumulados, yendo a quién sabe qué velocidad. Pero lentos. Y fríos. Por el microclima.

Por Fernando Bogado (1984). Escritor, periodista y docente. Publicó el libro Jazmín paraguayo. Poesía reunida 2014-2006 (Nulú Bonsai, 2014) y la novela Tierra ganada al río (Letras del Sur, 2018), entre otros. Colabora regularmente en el suplemento Radar de Página 12, la versión local del Le Monde Diplomatique y la revista Acción. Conduce y escribe guiones del programa Infernet (FM La Tribu) y participa en la columna de libros del programa Allá voy (FM Cantilo), con Corina González Tejedor. Es ayudante en la cátedra de Teoría y Análisis Literario “C” de la UBA y da clases de literatura en varios cursos del Colegio Nacional Buenos Aires. Vive, orgulloso, en Caseros.

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