¡Por siempre sufragistas!

La mujer puede y debe votar, como una aspiración
de los anhelos colectivos.
Pero debe, ante todo, votar,
como una exigencia de los anhelos personales
de liberación, nunca tan oportunamente enunciados.”
Eva Perón1

El 23 de septiembre de 1947, el Poder Ejecutivo bajo el mando Juan D. Perón, promulgaba la ley 13010, “Derechos políticos de la mujer”. Ante una Plaza de Mayo colmada, Eva Perón recibía el texto de la promulgada ley en sus manos y declamaba ante la multitud un memorable discurso:

Recibo en este instante de manos del Gobierno de la Nación la ley que consagra nuestros derechos cívicos. Y la recibo, ante vosotras, con la certeza que lo hago en nombre y representación de todas las mujeres argentinas, sintiendo jubilosamente que me tiemblan las manos al contacto del laurel que proclama la victoria”.2

¡Vaya si era una victoria! Por primera vez, desde la Ley Sáenz Peña de 1912, que establecía el voto secreto y obligatorio, pero habilitaba sólo a los varones mayores de 18 años, una nueva ley afirmaba en su artículo primero que “Las mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que les acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos”.3

A 72 años de esta gesta histórica, este artículo viene a proponer volver sobre ella desde una mirada actual, desde la ola feminista que nos sacude y atraviesa como sociedad: cómo se llegó, qué significado tuvo en su momento, quiénes fueron sus protagonistas y qué debates las tensionaban, por qué se trató de un acontecimiento fundacional de la política argentina, qué desafíos se sucedieron y cuáles enfrentamos hoy.

Un tsunami sufragista recorre el mundo

Es imposible comprender el proceso histórico que otorgó el voto a las argentinas sin el sufragismo. En realidad, sin el sufragismo y su agenda, el mundo no tendría el aspecto que hoy le conocemos: a través de casi 100 años de lucha, ganó gran parte de los pilares sobre los cuales será posible pelear por muchas otras libertades.

Este movimiento de la denominada Primera Ola del feminismo tiene un momento fundacional: 1848, Seneca Falls (Nueva York), la primera convención sobre los derechos de la mujer en Estados Unidos. La “Declaración de Seneca Falls” (o “Declaración de sentimientos”, como ellas la llamaron) era el documento en el cual, basándose en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, se denunciaban las restricciones, sobre todo políticas, a las que estaban sometidas las mujeres: no poder votar, ni presentarse a elecciones, ni ocupar cargos públicos, ni afiliarse a organizaciones políticas o asistir a reuniones políticas. Este documento es uno de los primeros programas políticos feministas: un manifiesto que aboga por la igualdad entre los sexos en todos los aspectos, personal, social, económico, político, religioso e, incluso, sexual y encenderá la subjetividad de millones de mujeres por primera vez a escala internacional.

Estos primeros pasos del feminismo organizado en originales formas de protesta exigían mucho más que el derecho al voto: reclamaba el estado de sujetas políticas para las mujeres, que incluía el sufragio femenino, pero iba mucho más allá, reivindicando al mismo tiempo el derecho a la educación y a ejercer libremente las profesiones, el derecho a la propiedad, a la patria potestad compartida y al divorcio. Las democracias occidentales no quedarán indemnes, porque estas mujeres visibilizarán su límite profundo: no puede haber democracia si la mitad de la humanidad no puede ejercerla.

El feminismo de la Primera Ola tuvo su epicentro en Estados Unidos e Inglaterra. Pero hubo expresiones sufragistas en todo el mundo. Se suele creer que las mujeres latinoamericanas estuvieron muy retrasadas respecto de las europeas y estadounidenses en las luchas por el derecho al voto y otros derechos civiles y políticos, pero no fue así. En absoluto. Desde México a la Argentina, en Latinoamérica se desarrollaron diversas expresiones de lucha por los derechos de las mujeres en general y por el sufragio femenino en particular. Esas luchas continuadas dieron como resultado el derecho al voto en Ecuador en 1924 y en Uruguay en 1932, dos años antes que en Francia y muy pocos años después que en Inglaterra.4

El sufragismo en Argentina

Argentina no estuvo al margen de la sacudida sufragista: desde principios del siglo XX las mujeres organizadas en agrupaciones feministas como aquellas en agrupaciones socialistas, radicales, anarquistas y comunistas exigían el voto femenino. Incluso ya se venía luchando desde 1862 por el voto femenino a nivel municipal. Cabe recordar que ya en 1914 las mujeres votaron sin calificación en algunos municipios y en 1928 se obtuvo el derecho al voto en San Juan, siendo elegida en 1934 por primera vez una mujer: Emar Acosta, abogada, fundadora de la Asociación de la Cultura Cívica de la Mujer Sanjuanina.

En Buenos Aires, Alicia Moreau de Justo a través de la Unión Feminista Nacional y Elvira Rawson de Dellepiane, presidenta del Comité de Derechos de la Mujer, confeccionaron de hecho un padrón femenino y practicaron un simulacro de votación con enormes carteles de protesta: “Para luchar contra los malos impuestos, las mujeres reclaman el derecho al voto. Para destruir la barbarie del prejuicio del sexo, las mujeres reclaman el derecho al voto…”

En 1919, Alfonsina Storni y Julieta Lanteri fueron por más y desafiaron el estatus quo de la época organizando el Partido Feminista Nacional y presentando a Lanteri como candidata a presidenta en las elecciones de 1920. La indómita Julieta, convencida de que “los derechos no se mendigan, se conquistan”, estudió en profundidad la ley electoral y afirmó: “si no quieren que los votemos, pidámosles que nos elijan”. Como señala la historiadora Dora Barrancos, su propuesta asimilaba muchas propuestas del socialismo y el libre pensamiento, pero contenía las reivindicaciones del feminismo más progresista del momento: además del derecho al voto, peticionaba horario reducido para las trabajadoras mujeres, salarios iguales, divorcio absoluto, jubilaciones y retiros para los trabajadores, igualdad para los hijos sin distinción de legítimos o no, educación y cuidados para la niñez, abolición de la prostitución y de la pena de muerte. Sobre un total de 150 mil votos emitidos, obtuvo 1730, entre ellos, el del escritor Manuel Gálvez.

“No parece necesario demostrar hoy que la mujer tiene derecho a intervenir en política (…) El movimiento de emancipación de la mujer no es un fenómeno aislado sino un aspecto del progreso humano (…) Asciende la personalidad de la mujer de la condición de esclava a la de ciudadana, de sierva del varón a la de compañera. Nada puede contener este movimiento. Los que se oponen a él caerán y los que lo miran con indiferencia serán arrastrados”5 manifestaba Alicia Moreau en 1930. Pero no sólo la indiferencia, sino fundamentalmente la férrea moral patriarcal de los políticos de una época marcada por el conservadurismo y la difícil situación política post golpe de Estado de Uriburu, impedirá el avance: en cinco oportunidades se debatió el voto femenino en el Congreso – 1932, 1935, 1938, 1939 y 1942 – y en todos los casos el resultado fue negativo y los fundamentos vergonzosos. Una vez más, Alicia Moreau relata:

“La mujer es siempre la hembra sumisa, o la china cebadora de mate, o la matrona encerrada en su hogar (…). Jamás olvidaré las impresiones recibidas en la antesala del Senado de la Nación el día que con otras compañeras decidimos entrevistarnos con algunos legisladores para obtener que se aprobara el proyecto de emancipación civil de la mujer (…) ‘Veremos, no conozco el proyecto’, ‘estudiaré la cuestión’. Hubo uno —más sincero— que se irguió cuan alto era y nos declaró solemne y furibundo: ‘¡jamás, jamás apoyaría un proyecto que atenta contra la santidad del hogar!’” 6

La conquista histórica que el peronismo materializó tiene sus antecedentes en estas duras batallas precedentes.

La conquista del voto: un antes y un después

Ya en 1945 Perón planteó el tema del voto femenino desde la Secretaria de Trabajo y Previsión y fue promesa de campaña en la fórmula con Hortensio Quijano para las elecciones de 1946. El simple rumor avivó polémicas y recelos de todo tipo en la oposición al peronismo. Mientras las sufragistas, sobre todo el colectivo que encabezaba Victoria Ocampo, no querían que el voto se obtuviese gracias a Perón porque eso significaría que lo otorgaba lo que ellas consideraban una dictadura militar; dentro del radicalismo crecieron las contradicciones: siempre habían apoyado el voto femenino, pero salir con ese programa para las elecciones no haría más que beneficiar al peronismo. Entre otros argumentos se encontraban los que acusaban a Perón de especulación y oportunismo político y también el de los conservadores, que aducían que no había tiempo suficiente para instruir a las mujeres en cuestiones cívicas, que se carecía de padrones electorales y que la participación de la mujer en la vida política iba a dividir a las familias. Las anarquistas, por otra parte, se oponían por otros motivos: más allá de estar lejos de abogar por los derechos legales, identificaban al espacio doméstico como la clave del sometimiento de las mujeres; el voto no sería útil sin antes quebrar la subordinación doméstica y religiosa, sin educación y libertad para las mujeres.

El hecho fue que el debate comenzó en el Congreso y en agosto de 1946 el proyecto fue aprobado por la Cámara de Senadores. Un año tardaron los diputados en tratarlo en su cámara; tanto que estuvo por perder estado parlamentario. Luego de una ardua campaña, que consistió en hacerles llover miles de telegramas a los diputados en sus despachos para que aprueben la ley, el proyecto pudo ser tratado en el recinto el 9 de septiembre de 1947, apenas tres semanas antes de su caducidad, resultando aprobado ese mismo día, en medio de acusaciones cruzadas entre peronistas y antiperonistas y con la presencia de Eva Perón en uno de los palcos.

El voto femenino fue un antes y un después para las mujeres y la sociedad argentina en su conjunto. Otorgó a las mujeres el reconocimiento de sujetas políticas y las empoderó como nunca antes.

Mucho se ha dicho y escrito sobre la figura de Evita que, ciertamente, no se consideraba feminista. Para nada. El feminismo estaba asociado a las elites acomodadas de la sociedad que, asimismo, eran fervientes opositoras al peronismo. Pero, además, Evita constituye una enorme excepcionalidad. Una vez más, en palabras de Dora Barrancos7, más allá de su retórica sobre la subordinación a Perón y la reivindicación del rol tradicional de las mujeres en la familia y la sociedad, Evita fue capaz de expresar una paradójica alternancia entre esa dependencia y la autonomía. Por su origen, su personalidad, sus posicionamientos políticos y, fundamentalmente por sus obras concretas, Evita constituyó una expresión del feminismo, llevó a cabo acciones feministas. Fue la primera mujer argentina capaz de hablar e interpelar a las mujeres de los sectores populares. Y bajo su conducción, el peronismo fue el primer gobierno que diseñó y ejecutó políticas para las mujeres.

La obra de Evita fue más allá del voto para las mujeres: con la Fundación Eva Perón desplegó diversas medidas de acción social; con la creación de los Hogares de Tránsito y del Hogar de la Empleada permitió que muchas jóvenes se aventuraran a dejar sus provincias y venir a trabajar solas a la capital; con las Misiones Monotécnicas se ejecutaron programas educativos destinados a mejorar la profesionalidad de las mujeres, en actividades clásicas, sí, pero permitiéndoles desarrollar un oficio y adquirir independencia. Quizá la medida más importante haya sido la creación de la Rama Femenina del Partido Justicialista; muy criticada por estar subordinada a los dictados de Perón, les dio a pesar de ello a las mujeres no sólo la posibilidad de votar sino de ser elegidas.

El 11 de noviembre de 1951, las mujeres votaron por primera vez: Juan D. Perón en fórmula con Quijano fue reelecto por el 63.4% de los votos, mientras que la fórmula radical de Balbín – Frondizi quedó en segundo lugar con apenas el 32.2%. Para esas elecciones, en el padrón figuraban 8.623.646 electores, de los cuales 4.222.467 eran mujeres. De esa cantidad de mujeres en condiciones de votar acudió masivamente el 90.32% y más de la mitad votó al peronismo. El voto femenino fue mayor que el de los varones en apoyo a Perón y, como resultado de la elección, entraron a las Cámaras de Diputados y Senadores aproximadamente un 30% de mujeres, algo inédito a nivel mundial, todas peronistas. El socialismo llevó un número apenas simbólico de 3 candidatas mujeres; los demócratas progresistas llevaron 5; el comunismo incorporó 8 candidatas y a Alcira de la Peña como candidata a vicepresidenta y el radicalismo optó por no incluir a ninguna mujer.

No podemos soslayar las reformas civiles que se impulsaron luego desde el peronismo, absolutamente disruptivas en términos de género: la igualación de los hijos e hijas extramatrimoniales con los matrimoniales, la patria potestad compartida de 1949 y la ley de divorcio de 1954, todas derogadas tras el derrocamiento de Perón en 1955. Lejos de las polémicas sobre el oportunismo e incluso sobre la no centralidad del voto sino de otros derechos para liberar a las mujeres, el reconocimiento social por parte del Estado, los derechos civiles, la redistribución de los ingresos y la extensión de las oportunidades educativas, transformaron cualitativamente la vida de las mujeres de los sectores populares: muchas pudieron acceder a la escuela secundaria e incluso en opciones alternativas a la escuela normal; otras tantas ocuparon diversos sectores de la industria y los servicios; se amplió la participación de las mujeres en espacios extradomésticos, modificando bastante la moral sexual imperante. En definitiva, las mujeres de los sectores populares tenían la posibilidad de escapar de sus destinos domésticos y dar pasos hacia una vida más independiente. El derecho al voto las empoderó y elevó los pisos de politización. En dicha politización, la figura de esa mujer de origen humilde, esa denominada bastarda de escandalosas costumbres sexuales para la época que llegó a ser la mujer del presidente y que tomaba el espacio público para dar encendidos discursos políticos, rompía imaginarios tradicionales y proporcionaba nuevos. En la Argentina de Evita y Perón, las mujeres, aún de los sectores populares, podían ser otra cosa.

La política es con nosotras

Volver a la conquista del voto femenino desde la cuarta ola feminista que estamos protagonizando las mujeres y las identidades sexuales disidentes en Argentina nos permite visualizar el largo camino que hemos recorrido, contextualizar los debates y las polémicas y, aún más, proyectar los desafíos. Nunca nadie nos ha regalado nada, efectivamente. Y el amplio, transversal y heterogéneo movimiento feminista que supimos construir es una muestra de ello, de las enormes y decisivas batallas que hemos librado.

Además de derechos fundamentales como el voto, la patria potestad compartida y el divorcio, hemos dado pelea también por el cupo femenino. Esta ley, lograda recién en 1991, estableció al menos el 30% de participación femenina en las listas de los partidos políticos para cargos nacionales, porque no podía haber democracia sin nuestra participación. Sin embargo, los todavía duros escollos a atravesar para poder estar en una lista y la participación en espacios de representación hegemonizados por varones nos han enseñado nuevos elementos. Y en 2017 obtuvimos la Ley de Paridad de Género en Ámbitos de Representación Política, que establece que las listas con candidaturas a ambas Cámaras del Congreso de la Nación y al Parlamento del Mercosur deben ser realizadas ubicando de manera intercalada a mujeres y varones desde la primera candidatura titular hasta la última suplente, para garantizar la paridad de género. La paridad de género es un hito en el marco de las nuevas reflexiones que estamos desarrollando actualmente como movimiento: no basta ni con el cupo ni con la paridad; no alcanza con incorporar más mujeres; es necesario transformar la política en un sentido feminista.

La actual campaña electoral hacia octubre estuvo precedida por la iniciativa “feministas en las listas”.

A 72 años de ser reconocidas como ciudadanas con plenos derechos políticos, estamos debatiendo cómo transformar la política y todos los espacios políticos, incluso los institucionales. Aprendimos que no se trata simplemente de pedir un lugar en la política, sino de qué estrategias darnos para ocupar las conducciones, para dirigir los procesos y las instituciones. Nos dimos cuenta de la necesidad y la urgencia de una incorporación real de nuestros feminismos en las agendas de los poderes ejecutivos, legislativos y judiciales, porque luchar contra el machismo no es sólo discutir la violencia de género y pedir que no nos sigan matando; es transformar estas prácticas patriarcales dentro de nuestras organizaciones y espacios de participación, para poder conseguir cualquier avance en los próximos años, para poder lograr organizaciones estables, fuertes y nutridas de las mejores experiencias de nuestro pueblo que puedan dar cuenta de los nuevos fenómenos que hay y va a haber en la Argentina.

A 72 años de la conquista del voto femenino, podemos dar cuenta de la existencia de un pueblo feminista y unir con un largo hilo violeta las mejores experiencias de lucha de las mujeres y las disidencias sexuales, entendiéndolas como parte de una identidad política común: desde las anarquistas del principios del siglo XX a las sufragistas, desde Evita y las muchachas peronistas a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, las piqueteras, las encuentreras de los Encuentros nacionales de mujeres, las luchadoras por el aborto legal, Carlos Jáuregui, Lohana Berkins, Diana Sacayán y todas las referencias tortas, travas y putxs. Todxs. Un feminismo nacional y popular que comienza a ser poco a poco, y no sin contradicciones y resistencias, parte de la identidad y de las tradiciones de lucha de los movimientos sociales y políticos en nuestro país.

Notas:

  1. Valobra, A. (2009). “…Del hogar a las urnas…” Consideraciones sobre la ciudadanía política femenina, 1946-1947. e-l@tina, 7 (27), 45-65. En Memoria Académica. Disponible en: http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.7375/pr.7375.pdf
  2. Eva Perón, Discursos(Selección), Compilación del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Eva Perón, Biblioteca del Congreso de la Nación, Buenos Aires, 2012.
  3. Congreso Nacional (9 de septiembre de 1947). «Ley Nº 13.010». Infoleg.
  4. Luis Vitale, La mujer latinoamericana y el derecho al voto, en http://www.archivochile.com/ideas_autores/vitalel
  5. Henault, Mirtha. Alicia Moreau de Justo, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1983.
  6. Idem anterior.
  7. Barrancos, Dora. Mujeres, entre la casa y la plaza. 1°Edición, Buenos Aires: Sudamericana, 2008.

Texto: María Paula García. Militante de Mala Junta – Poder feminista, docente, feminista.

Obra visual: Cecilia Libre. Es del conurbano. Dibuja, escribe, actúa y canta. Estudió teatro, música y artes visuales. Coordina talleres de arte para niñxs y adolescentes.

 

 

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