#3poemas1poeta / Damián Lamanna Guiñazú

Damián Lamanna Guiñazú (1985) se crió en Ramos Mejía y vive en Caseros, Provincia de Buenos Aires. Escribe poemas y artículos críticos, toca la guitarra en La culpa del mundo e integra el colectivo de improvisación Las Hojas. Editó tres libros de poemas –propiedad horizontal (añosluz editora, 2016), después de la superficie (editorial simulcoop, 2013) y dormir en la espalda de la lengua (edición muy artesanal, 2011)- y un disco –La culpa del mundo (2019)-. Le gusta trabajar lejos de casa.

 

que el niño

en tu corazón multiplique
la fuerza
de una luz al desgarrarse

 

ese canto que empuja al amanecer

contra las cuerdas es mi hijo que llora
mi hijo grita desde su catre y yo obedezco
como si su voz me dictara una verdad reveladora
esa voz arcaica de la que tanto se jacta
(la poesía. el balbuceo en las puertas de la jaula
mi hijo grita y la calma es arrastrada
por el corazón débil de los horneros

que tratan de huir. cuál será el gesto
de sus ojos que nadie salva. ¿temerás acaso
a la lámpara apagada que cuelga del cielo?
pero vos no sabés nombres
y en estas páginas casi no tenés aire
y nada de esto es cierto
mi hijo duerme detrás de la superficie,
donde debería estar mi imaginación
por eso expando el tiempo entre esterilizar
objetos de plástico, abrir el lavarropas, dejar ir
la basura para no olvidar que yo también escribo
y a veces grito en una habitación vacía
para que ella vuelva)

la poesía
no tiene nada que ver con el dolor de los hijos
quizá tampoco eso sea cierto

 

son dos cables estirados con precisión y fuerza

separan el cielo en tres partes como si
de una pileta olímpica se tratara. allí cuelgo
la ropa del trabajo, escarpines y pantalones
del tamaño de un juguete; hasta un corpiño con encaje
que la luz se encargó de percudir, poco a poco
vamos cerrando puertas, bajamos
la música en las habitaciones luminosas del pasado
y salimos a mirar el cielo sin pensar en la nostalgia
el rito sagrado de los vivos, pero hoy
simplemente cumplo y es el sol el mayor aliado
del viento que hace bailar y endurecer la tela
como una multitud dispuesta
a celebrar el comienzo de la guerra

debajo de los pies, los brazos de un río de orina
arrastran los fragmentos de un vientre
animal a la espera de que una mano los junte en una bolsa
los cables todavía no han comenzado a perder su fuerza
dentro de un tiempo la tela se acercará al suelo, acaso
se mezcle con el río o se humedezca
una degradación de oro volverá reales nuestras cosas
no haremos lo imposible por salvarlas

 

la luz de la mañana aún no puso el mundo en movimiento

y mientras espera el punto justo de la pava
observa a través de la reja
la pileta redonda de su hijo sobre la losa
en el fondo, dos baldes de colores que por su tamaño
podrían considerarse de juguete, dos caras plásticas
sonrientes que al llenarse distorsionan la forma del agua
el primero en un efecto de regadera. el otro
tiene un orificio donde debería estar la nariz
para que el chorro caiga
contra la cara plena del niño. dos baldes
sobre la lona celeste arrugada. el borde
se fue cubriendo de pliegues y la estructura
después de unos días empezó a perder aire
igual que los insectos que bajaron a tomar agua
y ahora se arremolinan muertos. desde el fondo
de su cabeza emerge cierta imagen
recibida en su teléfono hace unos días:
el agua en su instante más luminoso y su hijo
chapoteando en el centro del anillo,

la sonrisa y los brazos felices
de la madre. el efecto del sol
cuando se elige contar una historia
desde la cima más alta, por eso
antes de sacar la vista de la ventana y las rejas
antes de ver lo real de esta mañana
debe olvidar el paraíso
volver a concentrarse en las arrugas
y en la curva que su vientre hace, a esta altura
demasiado pronunciada como para ignorarla. cree
o quiere creer que aún está a tiempo
de llegar al primer cumpleaños del hijo
con un buen corte de pelo, una remera
de banda de rock bien lucida. todavía tiene
la posibilidad de enamorarse si el barco desde donde mira
el mundo hoy llegara a hundirse. pero por alguna razón
por las únicas razones que comprende
se deja poseer por lo que esta mañana ilumina
la mente y el cielo como techos altos
la pava a punto de romper
una ojiva de agua que se ilumina en el patio
la potencia que cada cosa carga para transformarse
en la imagen de un parque de diversiones
que aún no ha sido abandonado


niño peronista

aunque mañana cumplo treintaytres
en esta escena tengo veinte años. vuelvo
de la facultad sentado en el suelo del 96
son casi las doce y el niño peronista
sigue oculto en la copa del tilo monstruo. una jauría
de vecinos se acumula alrededor para lincharlo. paso
la página en el momento exacto
en el que atravesamos el túnel que separa
la capital de la provincia y el suelo del colectivo
empieza a moverse tanto
que la lectura se vuelve imposible. “ésta es
la diferencia entre campo y ciudad. entre la vida
real y ese futuro
que ya ha empezado a desplegarse”, pienso
mientras me inflo por ese hallazgo
retórico. también pienso que a partir de hoy
leer va a ser lo único que haga toda mi vida
más allá de proyectar el pasado
como un teatro en el que los actos pueden repetirse

hay quienes dicen al ver su hijo nacer “este es el día
más feliz de mi vida” y aunque las imágenes que imitamos
para vivir nos obligan a creer, quiero decir
que todo esto es mentira. los momentos más felices
son iguales a esa cabeza olvidada que se asoma
en el momento justo para salvarnos
una cadena que tracciona, la vida
como un bosque que se incendia lejos del presente
los momentos más felices, ese niño que alimenta
a sus fantasmas desde la copa del árbol
los gorriones y las luces caen sin que sepamos
si hay final para la novela
hoy cumplo treintaytres y alcanzo
a ver las multitudes que nos separan
de otras frondas, otros refugios
los recuerdos como máscaras de oxígeno
que se ajustan sobre el mundo y, como sea,
intentan ponerlo en movimiento


alumbramiento

“la mismidad del doble movimiento del árbol 
sólo se resolverá limpiamente en nuestros ojos”
josé watanabe

sea el aire por primera vez, nuestras lágrimas
techos pasillos ciudades universos. el desorden
adentro de tus ojos: racimo de damascos ciegos
para ver a la gran sombra en retirada. sus dedos
de sangre en las luces, verás, su bendición
el viento y el temblor de nuestras manos, nuestras
corazas de tierra donde hasta hoy creciste, de una cueva
el reflujo que se cierra, las mascotas enterradas, los
maestros haciendo señales antes de volverse

reales, la belleza del fuego, el paisaje
que el aceite dibuja en los telares. hacele frente
al amor cuando se ponga su dentadura amarilla
su vigor desenfrenado abriendo surcos para darle
tus pedazos a las bestias. que florezcan tus semillas
contra el caos y te abras como una corola negra
o un símbolo de paz entre los brazos, que toques
por primera vez el pelaje de las sombras y memorices
el grito de un búho cuando muere, el sabor arcano de la llovizna,

el empedrado. será tu corazón un tren o un avión que navega
hasta soltarse y duerme como una estrella contra el muro
siempre habrá un olvido guardado en el pasillo más frondoso
la tierra oscura, el orín y las espinas, la cueva a tu medida
el cuchillo clavado en la raíz, las marcas que la diosa
te dejó. no abandonés el fragor de la belleza
conjurá el canto rebelde de la muerte aunque te duela
ya habrá tiempo, hijo, para encontrarle sentido a los desvíos


habitación de al lado

te dejo ir y que tu nombre sea
una bandera sobre los bosques de otros mundos
te suelto la mano hijo. te suelto
el paso, tus dedos de araña fría
en la tierra. el viento alrededor
para que ardas, hijo, el sol
se hunde y no lo vemos. te toca
ir a buscarlo a donde vayas
y si es necesario mirar atrás
que nuestros ojos hagan luces
y le veas la salida a la niebla. pero ahora
es la soledad de hielo. te soltamos
y que tu cabeza construya
una intemperie y la atraviese, que escuches
la lluvia a solas. que ames y veas morir

a los jazmines. estiro los pies y ya no toco
tu carne fuerte. dónde
estuvimos todo esté tiempo no sé
vos pero ahora yo también puedo dejarme ir como un niño
vuelvo a casa. vuelvo a lo imposible
camino entre los árboles cuadrados, en brazos
llevo una pelota blanca, la campana
que toco con las llaves, la reja
sin ruido, las mangueras que dibujan
el silencio del verano
el silencio de los rayos
de las bicicletas. mis hermanos corren
por las escaleras como gendarmes, mamá fuma
mientras cuelga la ropa y escucha
la campaña del campeón por la radio

cada uno vuelve a su rol: papá se arrodilla
y me espera con la barba crecida, en una mano
un cuchillo, en la otra una manzana. se abre
la camisa y deja
caer el corazón sobre la losa negra
los dos lo vemos latir. dormir en la cama nueva. hijo.
en este poema estamos todos vivos

 

Fotografía de Rita González Hesaynes. Parque de diversión abandonado Spreepark en Berlín.

Sección coordinada por Melisa Papillo (1984). Docente, poeta, librera y madre. Estudió Letras en la UBA y la Diplomatura en Literatura infantil y juvenil en la UNSAM. Blog: http://desdecualquiermontania.blogspot.com/. Coordina y escribe en El Tresdé. Es fanática de las meriendas.

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