#PerdiendoAmigos – Estrategias y tecnologías

Tal como silbar: flotando alegre por el aire en forma de sonido. Ese gesto siempre fiel a la alegría o al esparcimiento mental, tan orgánico y sencillo como aparenta, y tan técnicamente exigente. Ocupa los pulmones, la posición de la lengua, de la boca y de la rítmica. Compromete más o menos tu capacidad tonal, aunque nadie esté ahí para juzgarlo. Y sale tan fresco como la sonrisa que proporciona al que lo escucha. Silbar, conversando con tus emociones y largándolas en melodías que a veces surgen arbitrarias y autoritarias, colándose en la memoria o tal vez en forma de invenciones catárticas, destilando eso sin registro previo. No importa mucho, solo exige que te predispongas inconscientemente a ello. 

No recuerdo quién, pero evidentemente importaba en mi existencia, con mucha crueldad una vez me dijo: “¡silbas mal! Es para afuera, no para adentro”. Enojadísima me obsesioné por aprender a silbar para afuera. No tenía idea de qué quería decir, porque haciéndolo “mal” como supuestamente lo hacía, generaba el mismo efecto: me hacía sentir igual de bien y en apariencia a los demás también, pero lo estaba haciendo mal.

Miré a personas practicarlo como una detective. Aprendí a activarlo con los dedos sobre la comisura de los labios, luego plegando el labio inferior y chiflando… pero no había caso: no lograba hacerlo para afuera. Esto me llevó al irremediable “no sé silbar” y dejé de intentarlo,  frustrada como si fuera algo importante. 

Pero un día, paseando por el microcentro se escurrieron los soplidos de un tango de algún mozo que se deslizaba entre las mesas entonando temazos (que no podría cantar), pero que satisfacen ese lugarcito donde a las cosas no se les pregunta ni se las cuestiona. Y como la cabeza no hace caso más que a sus reglas, me pregunté: ¿por qué había dejado de silbar? ¿Por qué era muy difícil? ¿Por qué no me hacía tan feliz como debería? ¿O por qué no lo hacía de la manera en la que se suponía que debía hacerlo?… Creo yo que todas las anteriores. 

Sin necesidad de drogas duras ni sesiones psicoanalíticas entendí lo que escondía ese tonto “fracaso técnico” en función de todo lo que me generaba. Silbar es como vivir: nadie te lo enseña, lo aprendés mirando y estando presente. Lo hacés intuitivamente, aunque requiera algún tipo de esfuerzo físico y experticia llevarlo adelante. En apariencia luce orgánico y sencillo, pero lograr esa felicidad inherente supone maneras de hacer, reglas, condiciones, escucha e intuición. No todos lo hacen del mismo modo y cada particular silbido aplica a cada individual ser. Siempre se espera que se esconda en él algo positivo, una liberación y, sin embargo, dentro del crisol de melodías “piadoras” podemos encontrar las más tristes entonaciones, la angustia hecha viento musical, si se quiere. 

Se desató un nudo en mí y con la ira de los dioses enuncié al aire a mí nadie me va a decir cómo tengo que silbar, a mí nadie me va a decir cómo quiero hacer material mi felicidad y hasta podría, irreverentemente, lanzar un poco más: nadie podrá decirme cuál es la felicidad que entonaré. Este permiso que me autoprescribí, canaliza por caminos mentales que solo aquel que se sienta a leer esta columna toleraría asociar (¿quién se sienta a leer algo digital cuando se puede estar parado, haciendo equilibrio? ¿quién te dice cómo y dónde leer una columna delirante?… en fin).

La tolerancia, tal vez, también los acerque a poner en crisis la manera en que se puede construir una vida de goce, ese hacer que toma un bricolaje de lo que te enjuician, te rodea involuntario y de, fundamentalmente, lo que sabes hacer. Considerar que silbar, al igual que vivir, solo consta de la intuitiva pulsión de satisfacción personal y que eventualmente eso se tope con una sonrisa que combine con tu manera de poner en el mundo lo que sentís, es el regalo que implica hacerlo. Es semejante a proporcionarnos técnicas para operar(-nos) nuestra capacidades en dirección directa a lo que queremos generar. El esfuerzo (físico, mental, emocional) siempre es en función de ese hilo liviano de algarabía. Salga o no, queriendo voluntariosamente o no, se embiste con la tarea hacia adentro o hacia afuera de intentar poner lo que se tenga a disposición para hacerlo exterior. Presenciamos todos los días la empalagosa corrida para ser lxs mejores humanxs gratificadxs de exultante felicidad. Siempre tiene que salirte bien: “probá así, es re fácil, así no se hace, mejor por acá… listo, estás viviendo: estás silbando como un zorzal”. No me sale, soplo para adentro y así no se juega a ser feliz. 

Entonces, ¿silbar implica la acción de hacerlo como se debe o será que es el nirvana de dejarte llevar y contagiar a otrxs? ¿Vivir será la acción misma de amanecer y anochecer cumpliendo con los caminos allanados o se tratará de perseverar en registro personal, en la constante maqueta de estudio que nos acerca a otrxs y nos embiste con la asimétrica y hermosa diferencia? Me gusta pensar que mientras alguien termina este insignificante ensayo sobre soplar viento o silbar, existen personas explotando en un sorpresivo silbido que cueste tanto tanto como el valor que tendrá al escucharse por primera vez hacerlo y estallar en la sonrisa de unx otrx. Porque de eso se trata: de soplar hacia dentro y hacia afuera, la vida y también, silbar.

 

Texto e imagen: Leila Fernanda Tanuz. Integrante del equipo de El Tresde. Es Diseñadora de indumentaria, docente e investigadora de FADU, UBA, tejedora en Il Porco Tejidos, constructora de imágenes en Casa Prensil, feliz, verborrágica y desobediente.

 

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