Aguafuertes bonaerenses / Pablo Podestá

Inauguro la escritura de mi barrio, como si la identidad no se apoyara en este lugar donde crezco, todavía. Nunca me fui del todo, más que con la imaginación. Temo que ser de un barrio del conurbano sea tan identitario que me costará vivir en otros lados. Todes lo sabemos, les que vivimos en un barrio compartimos idiosincracia, una suerte de códigos y una especie de nacionalismo, barrialismo medio triste. Porque, hey, creo que si hubiera crecido en Loma Hermosa, o en Coronado, no sería distinta, pero crezco en Pablo Podestá, y este barrio no tiene mucha identidad, algo distintivo más que el cementerio, al que muches fuimos a pasear o aprender a manejar. Que el cementerio esté a tres cuadras de casa es para mí definitorio, aunque dejé de ir una vez que tuve un muerto en esa tierra. Al revés que García Márquez.

Vivir cerca del cementerio tiene cosas piolas también, las florerías cerca, el verde de los árboles recortando el cielo si estás un poco en lo alto, el recordatorio de que todes vamos al mismo lugar. Suena sombrío pero es esperanzador. La igualdad de la muerte. Memento Mori.

Les que vivimos acá paseamos por el cementerio más de una vez, nos sabemos el recorrido por las lápidas buscando nombres divertidos, las fechas de nacimiento y muerte cercanas a nuestra vida cuando éramos pibxs.  Más grandes empezamos a prestar atención a otras cosas, como a las lápidas de los pibes asesinados por la yuta, los amigos dejando una botella, un cigarrillo, unos cinco puntos, las tumbas de las pibas asesinadas por quienes decían quererlas, la muerte joven en manos de la desidia de todo un sistema. Hay algunas legendarias, una moto saliendo de la tierra, una lápida negra para el ídolo heavy, el perfil de facebook de alguna amiga querida, el abandono de algunos espacios leído como alguien no querido, o una familia indiferente a los rituales post vida.

Las conjeturas de les que paseamos por acá son parte de lo que es Podestá, un barrio sin identidad pero con un paraíso ficcional gigante. No por nada lleva este nombre, Pablo terminó sus días en un loquero, como el que está cerca del cementerio, entre sus últimos delirios estuvo el de alambrar Buenos Aires y llenarla de pájaros, una de las últimas calles antes de terminar el barrio se llama Los Poetas.

 

Por Natalia Iñíguez

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