Un modelo condenado a morir en su ley

En varios reportajes previos a las elecciones del 11 de agosto, el candidato presidencial del Frente de Todxs, Alberto Fernández, manifestó que el dólar tenía un valor “retrasado”. Esta expresión, muchas veces repetida por economistas ortodoxos para alentar devaluaciones, tenía en este caso una justificación contundente: ese precio (alrededor de 42 pesos) convivió durante meses con una letal sangría de reservas que lo tornaba inviable y depredador del patrimonio público.

Previo a las PASO

A principios de marzo, el Gobierno tomó la decisión política de garantizar la pax cambiaria para sostener su competitividad electoral en medio de una profunda recesión. Estos meses se caracterizaron por una demanda sostenida y creciente de divisas por parte de una amplia gama de actores de la economía, con preponderancia del capital financiero, y por un Banco Central asumiendo en solitario el rol de oferente de dólares, ante la casi total ausencia de oferta privada. Sin embargo, eso sólo explica una parte del problema: las reservas que fueron sacrificadas para sostener el tipo de cambio guardan directa relación con los desembolsos del FMI. Lejos del programa de estabilización y crecimiento con el que fue promovido, el crédito stand-by pactado con el Fondo terminó, en los hechos, financiando la estabilidad del dólar y la fuga de capitales que llevó asociada. Este desmanejo de las reservas fue denunciado por el mismo Alberto Fernández cuando mencionó que más del 75% del crédito del FMI había adoptado la forma de fuga de capitales.

Párrafo aparte merece la administración de la tasa de interés de las LELIQ que, en el orden del 60%, pretendía limitar la fuga mediante una rentabilidad financiera elevada en pesos, convirtiendo al proceso en una enorme bomba de tiempo. La débil estrategia oficial para pasar el invierno, sin embargo, nunca fue capaz de inhibir la demanda de dólares por motivos especulativos y precautorios y, mucho menos, de alentar la oferta privada, mientras que el sector PYME sufría las consecuencias del costoso financiamiento.

De esta manera, terminó configurándose un frágil equilibrio pre-electoral: tipo de cambio estable, economía en recesión, elevada inflación, exportadores sin liquidar dólares en el mercado de cambios, fuga de capitales y déficit externo, altas tasas de interés y pérdida sistemática de reservas. Como telón de fondo, la acumulación de compromisos de deuda con el FMI, sumados a las deudas contraídas con el sector privado en el ciclo 2016-2018, no permitía avizorar siquiera un horizonte promisorio.

Lunes fatídico

El lunes posterior a las elecciones no hubo una corrida cambiaria. Las transacciones en el mercado de cambio fueron incluso inferiores a las de la semana anterior a las PASO (500 millones de dólares versus un promedio de 750 millones). La diferencia no radicó en un salto de la demanda, sino en una pausa en la oferta: el Banco Central prácticamente no intervino vendiendo dólares, como estuvo haciendo de forma decidida y sistemática hasta el viernes 9/8. Lógicamente, al sostenerse niveles similares de demanda, eso devino en un abrupto aumento en la cotización de 15 pesos en el lapso de pocas horas.

Hubo otros dos hechos notables ocurridos ese lunes: el desplome de la bolsa de comercio y el aumento del riesgo país. No hubo una interpretación única de este fenómeno: mientras Alberto Fernández lo adjudicó a la falta de credibilidad del mercado internacional ante los estrepitosos fracasos de Macri, el Presidente intentó explicarlo desde el “miedo del mundo al retorno del populismo”. Sin embargo, la desconfianza del mercado ante el eventual cambio de Gobierno no puede explicar la devaluación que, como dijimos previamente, contó con la complicidad necesaria del Banco Central. Esta interpretación, expuesta por Macri en la conferencia de prensa del lunes, formó parte del relato electoral del oficialismo y no guarda ningún asidero con lo que ocurrió ese día en el mercado de cambios. Se trató, sin dudas, de una devaluación autoinflingida y un cambio de estrategia cambiaria ante la debacle electoral.

Arrepentimientos y alivios

El día miércoles de la semana pasada se produjo el anuncio por parte de Macri de un plan de reactivación del consumo que no terminó de convencer a propios ni ajenos. ‘Contradictorio’, ‘electoralista’, ‘insuficiente’, ‘tardío’ fueron algunos de los adjetivos que se ganó el paquete de medidas desde diversos sectores.

Los incentivos anunciados fueron un bono para asalariadxs, reactivación del plan PROGRESAR, congelamiento del precio de la nafta, exención de Ganancias para trabajadorxs medios, moratorias impositivas a las PYMEs, eliminación del IVA para productos de primera necesidad y alivio en cuotas UVA. Se trata de paliativos que tendrán un impacto leve en el bolsillo de sectores bajos y medios, y que no van a lograr siquiera compensar la licuación de ingresos generada por la devaluación del lunes: ¿no era más fácil evitar la brusca devaluación?

Asimismo, el plan adolece de garantías básicas para generar credibilidad: no se sabe a ciencia cierta cómo las medidas van a financiarse ni implementarse. El congelamiento del precio de la nafta es un caso testigo: el mismo día en que se produjo el anuncio, asomó una incipiente crisis política que involucra al Gobierno, las Petroleras, los sindicatos y algunas Gobernaciones provinciales, que sufrirían una quita importante en términos de recaudación fiscal. Algo similar ocurre con la rebaja del IVA: es posible que, bajo estas condiciones macroeconómicas, sólo termine desfinanciando al Estado, con mínimos efectos en el precio de los productos. Ejemplos que dejan en evidencia el grado de improvisación y falta de coordinación política básica en los que está inmerso el macrismo.

Si bien las medidas anunciadas están tibiamente orientadas a “encender la economía”, el elemento de análisis más relevante de la última semana es que el macrismo se encamina derecho a morir en su ley, sin alterar lo más mínimo las reglas del juego neoliberal: deuda externa, bicicleta financiera y desregulación del comercio exterior. Tal vez sea allí donde radiquen las causales profundas de la crisis y donde podamos encontrar un verdadero alivio. Tal vez ya no se trate de medidas sino de cambiar el modelo económico.

Texto: Mariano Santana. Economista del OCEPP (Observatorio de Coyuntura Económica y Políticas Públicas). Me gusta la ciencia ficción y el mate con miel.

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