Aguafuertes bonaerenses / Caseros / El fondo del mar

En un arrebato de ciudadano masoquista, uno puede calcular el tiempo total que pasa en el banco o haciendo un trámite en la municipalidad. Pensar, por ejemplo, cuánto significa en el período de un mes, de un año, de una vida. Acumular esos minutos u horas, ponerlos todos juntos, no refleja el modo en que uno lo vive, claro, porque en realidad están repartidos, mechados en nuestra vida como trances cívicos, apagones de la conciencia.Y como una molestia, por qué negarlo: si parece que ahí, en esas suspensiones de nuestra voluntad que adquieren la forma de fila para pagar un impuesto, siempre somos menos sujetos, menos partícipes de las decisiones del mundo.

Estoy en la municipalidad. Toqué una pantalla antes de bajar la escalera que conduce al subsuelo.  Se me asigna una letra y un número.  Me siento a esperar. Dos señoras conversan justo adelante mío. Me impiden leer. La señora de atuendo deportivo dice que va por cuarta vez en el mes a la municipalidad, siempre le falta un papel, está haciendo un trámite inmobiliario, mucho no entendí, pero sí capté que la municipalidad para ella era una suerte de  sucursal de Sísifo.  La otra, más elegante, suma su queja porque esa mañana de trámite hizo que no pudiera cuidar a su nieto y eso, a su vez, no lo duda, generará nuevas asperezas en la relación con su nuera.

Me esforcé en volver a mi lectura, pero sólo lo logré por unos minutos, luego el tono y el volumen de la conversación captaron nuevamente mi atención. Una señora más entrada en años se había sumado a la charla, pero algo había cambiado. Parece que la que se integró conocía a la señora con ropa deportiva e inmediatamente, sin obstáculos aduaneros, empezaron a exportar chismes del barrio que incluían varios nombres de vecinos, supongo. La otra, en lugar de sentirse excluida, sacó una bolsita de caramelos y convidó a sus compañeras.

Mi número fue anunciado en la pantalla. Me acerqué a la ventanilla, hice el trámite. Antes de abandonar el lugar y subir las escaleras para regresar a la realidad me di cuenta de que las señoras seguían ahí sentadas, una riendo, otra explayándose en una anécdota, la otra escuchando atentamente con bruscos movimientos de cabeza. La pantalla de los números ya no importaba. De pronto, eso que estaban haciendo ya no era esperar. Ya no eran las víctimas de la espera. En mi caso, no esperé, me di vuelta y me fui con la conciencia de que hay seres que, como una extraña fauna adaptada a las condiciones extremas del fondo del mar, se alimentan de las demoras. Seres que cuando van a la municipalidad quizás deseen secretamente que les falte un formulario, un sello, una fotocopia, para tener la excusa de volver, y encontrarse de nuevo ahí como el primer paso de una misión inadvertida e imprevisible: apropiarse para siempre de ese espacio.

Por Marcos Seifert. Nació en el partido de General San Martín y ahora vive ahí. El resto de su vida casi ni salió de Villa Bosch, partido de Tres de Febrero.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: