SE CUMPLIERON 53 AÑOS DE LA NOCHE DE LOS BASTONES LARGOS

En las primeras horas del 28 de junio de 1966, el general Julio Alsogaray ingresó a la Casa Rosada al mando de un operativo militar. Entró al despacho del ya débil presidente radical Arturo Illia y lo invitó a retirarse. Así comenzaba, en medio de la indiferencia general de la población, el golpe de Estado liderado por Juan Carlos Onganía. El nuevo gobierno militar, autodenominado Revolución Argentina, no se reconoció como un régimen de transición. Proclamó que llegaba para quedarse veinte años en el poder como un nuevo sistema dictatorial permanente.

Esta operación se articulaba a la Doctrina de Seguridad Nacional, que luego de la Revolución Cubana y en el contexto de la Guerra Fría respondía a la política exterior de Estados Unidos y su propósito de apoyar a las fuerzas armadas de los países latinoamericanos para “salvaguardar el orden de la amenaza marxista y subversiva”.

La dictadura de Onganía disolvió los poderes del Estado, prohibió los sindicatos y los partidos políticos. Se restringieron los derechos civiles, se ejerció la represión y la censura, y fue dispuesto de forma casi permanente el estado de sitio. Adiós Constitución Nacional, adiós.

Pero la Universidad de Buenos Aires atravesaba el proceso contrario. Vivía una época de modernización, autonomía y desarrollo basada en un proyecto reformista de universidad científica que pretendía alcanzar un nivel de excelencia. Contaba con una estrecha vinculación entre investigación y docencia, y estaba entonces organizada de acuerdo a los principios de la Reforma Universitaria de 1918, que establecía la independencia del poder político, y se autogestionaba de acuerdo al cogobierno tripartito de estudiantes, docentes y graduadxs.
Cuando la dictadura tomó por asalto el gobierno, la comunidad académica repudió de inmediato el golpe de Estado a través de un comunicado firmado por el rector Hilario Fernández Long.

En este contexto, las universidades eran percibidas por el gobierno militar como un refugio de subversión y comunismo, una cueva de ratas que todo lo cuestionaban para alterar el orden natural de las cosas. El pensamiento, la autonomía y el desarrollo eran para la dictadura peligrosas amenazas que había que desmantelar y someter.

La tarde del 29 de julio el General Juan Carlos Onganía promulgó un decreto que ordenaba la intervención de las universidades, prohibía la actividad política en las facultades y anulaba el gobierno autónomo tripartito. Si pretendían continuar en sus cargos, los rectores debían reconocerse como interventores a las órdenes del Ministerio de Educación del gobierno de facto. Tal como se despliega una estrategia de conquista durante un sitio militar, Onganía les dio 48 horas para decidirlo.

La Universidad decidió resistir y defender su autonomía. Durante el mismo viernes 29 las distintas sedes fueron un hervidero. El rector Hilario Fernández Long rechazó las nuevas disposiciones. Él y su equipo de asesores presentaron sus renuncias de inmediato. Y como señal de repudio, estudiantes y docentes tomaron los edificios de cinco Facultades: Ciencias Exactas y Naturales, Arquitectura, Ingeniería, Filosofía y Letras y Medicina.

Durante la noche la agitación continuaba. Seguían los debates para pensar las medidas a seguir ante la intimación y el atropello que significaba la intervención de la Universidad. Pero ante la organización y la resistencia, el gobierno decidió entonces ordenar el desalojo utilizando las fuerzas de seguridad.

Las imágenes más fuertes corresponden a la Facultad de Ciencias Exactas, situada en aquel entonces en la histórica Manzana de las Luces, sobre la calle Perú al 200. El cuerpo de Infantería de la Policía Federal al mando del general Mario Fonseca rodeó el edificio, tiró gases lacrimógenos y con total impunidad irrumpió violentamente en el edificio a pura cacería, en uno de los capítulos más sórdidos y despreciables que se recuerden en toda la historia de nuestras universidades.

Mientras eran desalojadxs, en la calle se formaron dos largas hileras de policías, haciendo un pasillo por el que debían pasar las autoridades universitarias, alumnxs y docentes para ser molidos a bastonazos antes de ser llevados detenidos en camiones. Hubo numerosxs heridxs, cuerpos magullados, sangre en los rostros, cientos de arrestadxs.
Días más tarde a la Noche de los Bastones Largos, alrededor de 1.300 docentes de la UBA decidieron renunciar a sus cargos. Muchxs abandonaron la actividad académica y otrxs se fueron al exterior, generando una lamentable pérdida de recursos porque entre ellxs se encontraban sectores vitales de mucho prestigio.

Así finalizó una de las etapas más renovadoras de la Universidad de Buenos Aires y comenzó un oscuro periodo de censura y desmantelamiento de un proyecto que prometía desarrollar una comunidad científica nacional de gran importancia.

La Universidad de Buenos Aires sólo se empezaría a regenerar lentamente a partir de 1983, tras la interrupción de la última dictadura militar y la llegada de la democracia.

Por Martín Flores. Alguna vez asistió a una universidad que ya no recuerda. Su más seria formación fue en bares, plazas y trenes. Realiza ocasionalmente actividades vinculadas al periodismo y la literatura. Pero ante todo, cree en la poesía, porque es capaz de revelarnos esa clara certeza sobre lo único que somos: un vulnerable y precario animal que sueña.

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