#PerdiendoAmigos – Cebollitas

Las analogías futboleras nunca me atrajeron mucho, pero como digna hija de un padre enfermo del fútbol, a veces me permito estas licencias para alcanzar una idea mayor. No me preocuparé por su rigor, sí por su apuntalamiento argumental. Hechos los correspondientes avisos, les sugiero que no permitan que su hincha interior (si lo tienen) lea estas líneas sin explicarle antes que esto es pura fantasía verborrágica, como todos los #PerdiendoAmigos de cada edición.

Creo que antes de entender cómo se jugaba a la pelota, ya sabía qué era “Menottista”. Este famoso término refiere a la filosofía desarrollada por el director técnico de los setentas y ochentas, César Luis Menotti, quien para el imaginario de este deporte representa la éticael ganar sin hacer trampa y los “valores del fútbol”. Esta idea se plantea bien marcada en oposición a la propuesta que, contemporáneamente a su práctica, ofrecía el “Bilardismo”, cuyo referente es el Doctor Carlos Salvador Bilardo, quien con sus dirección técnica defendió a uñas y dientes que “lo importante es ganar a cualquier costo”.

Cambié cuatro veces de equipo de fútbol favorito a lo largo de mi vida. Fui una vez a la cancha y siempre deseo que la selección Argentina pierda. No me interesa ni el folclore del aguante, ni su necesaria identificación a la tradición, pero soy menottistaComo siempre, sale mi maldita manía de meter el dedo en la llaga. No lo puedo evitar: necesito de todas las herramientas que me fueron dadas, hasta las inútiles futboleras, para conectarme con el lugar que habito. 

Ser Menottista sin pelota de fútbol significa una comprensión más amplia de cómo jugar a vivir la vida. Aunque la comparación de la vida con el juego sea fastidiosa y trillada, no voy a titubear en meterme y manipular la idea para ver cómo salimos.

Bienvenidxs a la vida. Aquí no hay dos equipos, hay uno solo (cuanto más acompañadx se está, más fácil se hace el camino), pero si hay reglas y objetivos, cumplirlos para los parámetros normativos es triunfar y no lograrlo es salir derrotadx. Hay jueces inmateriales que te controlan el paso y para todxs en algún momento se termina el partido. Hasta acá el paralelismo funciona, nos permite comprender los elementos que están en valor. La primera pregunta estalla por el aire para siquiera poner en práctica el Bilardismo o el Menottismo en esta realidad paralela: ¿qué es ganar y qué es perder?

Pregunta más grande no había y su inconmensurabilidad no me detiene. Ganar es todo lo que siempre queremos, todxs. Pecaré de arrogante al tener certeza plena de esto. Estamos preparadxs para ganar, sabemos qué se hace cuando sucede, viene solo (me niego a decir que es “natural”, porque no creo que tal cosa como “lo natural” exista y menos en este contexto). Emociones, permisos, modismos, todo se presenta sencillo, correcto (por más apática sea la emoción, necesariamente hay valor en la mirada que lo tiene como foco). Distinto es perder. A no ser que perder tenga como fin ganar algo más, me vuelvo a presentar convencida de que nadie se predispone a esta opción. No hay una manera correcta de perder: si hay una emoción muy negativa, se pide calma y tranquilidad; si se toma con tranquilidad, se duda de su real emoción; si se expresa indiferencia, se sospecha algún engaño… Nunca se le da entidad a la derrota. Siendo perder el 50% de la ecuación, es asombroso que se lo anule como posibilidad, incluso cuando es una realidad de hecho.

El triunfo tiene una condena de indefectibilidad, de fin cerrado. Es eso que sucede previsible y absoluto. No hay nada que esperar en salir vencedorx. Porque ya se sabe qué reside allí, por eso es un objetivo. Ganar significa la linealidad del relato. No hay nada de malo en esto si alguien lo desea. Como tampoco lo hay en perder: la vertiginosa derrota se planta indescifrable, absolutamente anónima y abierta, ofrece infinitas opciones, (como en la ya vintage colección de libros juveniles de los 90: “Elige tu propia aventura”) cuando sólo consideramos una. Perder permite el ejercicio de seguir eligiendo, de seguir permitiéndose intentar. 

Arribando a esta línea de pensamiento, me cuestiono por qué se le da tanto peso al ganar, al punto de llegar a establecer vertientes de pensamiento para sobresalir. Le damos reglas al “ganar bien” o al “ganar mal”. Le decimos cómo tiene que ser, lo enroscamos en una filosofía, le ponemos una etiqueta. Sea como sea, todo debe terminar en una sola opción. No hay mayor valor en triunfar siendo ético o haciendo trampa. Y ahí está el embrujo: creer que la manera en que salimos triunfadorxs es lo valioso es el indicativo de que el foco está sesgado. El cómo es fundamental, independientemente de dónde o cuándo se termine. Lo que nos lleva a también destruir los conceptos de “buenxs” y “malxs” perdedorxes. 

Los caminos que tomamos para enfrentarnos a cualquier aventura, asumo, deberían ser el fin mismo y supremo de haberla emprendido. El desenlace no modifica la metodología. No hay filosofías que se comprueben por su nivel de acierto, sino por su nivel de efectividad y eso, mis amigxs, nada tiene que ver con ganar o perder. Tiene que ver con hacer sinceramente lo que nos dé la gana y las posibilidades contextuales de hacerlo.

Demos un pasito más. Supongamos que para un gran manojo de gente sí es importante esta  dicotomía, entonces me pregunto ¿qué tiene de malo perder? Que no es ganar, podrían decirme, incluso, podrían deslizar que es lo opuesto a todos los esfuerzos que nos movilizaron a un objetivo. Es justo el argumento, tiene lógica en dicha batalla de blanco o negro.

Propongo mirar desde otro lado: si relativizamos las puestas en valor de ciertas situaciones, para no bañarlas de un categórico carácter dividido, para que si no resulta como esperábamos podamos comprender que ganamos otras cuestiones que sí o sí remiten a lo elaborado, a lo construido, a lo que se recolectó… ¡Momento! A no confundir esto con un “consuelo de tontxs” (ya lo de “tontx” insulta bastante para que además se consuele). Con esto me propongo elaborar herramientas para construir una manera de vivir sin ser presxs de estar “siempre feliz” y “lograr todo en la vida” o ser “perfectxs”. Primero, porque no es posible, entendámoslo, por favor (este pedido parece más una plegaria atea autoreferencial que una solicitud a ustedes, lectorxs; aunque si lo necesitan, lxs invito a tratar de comprenderlo así), y luego porque no hay indiscutibles resultados de perfección en el final último de ganar siempre. 

El árbitro toca el silbato, se terminó el partido y me pronuncio Menottista una vez más, pero en esta ocasión en la manera de alcanzar mis derrotas. Encontrarle la ética a no tener miedo a que el resultado no sea el esperado. Menottista en ser elegante al encontrarme en otro lugar diametralmente distinto al que asumía llegar, haciendo todo “bien”. Finalmente, con la pelota bajo el brazo y dirigiéndome a vestuarios;  sentenciarme Menottista en saber “perder sin hacer(me) trampa”.

 

Texto e imagen: Leila Fernanda Tanuz. Es Diseñadora de indumentaria, docente e investigadora de FADU, UBA, tejedora en Il Porco Tejidos, constructora de imágenes en Casa Prensil, feliz, verborrágica y desobediente.

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