Alfonsina Storni, un amor feroz de garra y diente

La historia oficial suele negar los capítulos que no ayudan a lustrar la corona de los poderes que la escriben. Y tiende a rescatar, por el contrario, los datos que ayudan a construir un pasado inofensivo, libre de todo peligro o amenaza.

Difícilmente la historia registre un caso como el de Alfonsina Storni, de quien lamentablemente todos conocen el modo en que eligió morir, ahogada en el mar, pero pocos saben acerca de la manera audaz en que supo vivir una de las poetas más atrevidas que existieron.

Tal vez cabría preguntarse por qué en el imaginario popular tiene una presencia más poderosa su trágico final que su propia obra, tan provocadora, insobornable, enfrentada a todos los poderes. ¿Será porque fue una hija de inmigrantes pobres que desde niña tuvo que trabajar duro para ganarse la vida? ¿Será porque en un mundo de hombres construido para ellos logró transformarse en una escritora prolífica que en Argentina abrió el camino de la poesía escrita por mujeres? ¿Será porque supo como pocas lo que debía escribir?

Sea por lo que fuere, Alfonsina fue la poeta que se corrió de los mandatos normativos y construyó una subjetividad femenina diferente a la de su tiempo, una manera distinta de ser mujer, de pensar lo femenino. Fue la poeta suicida, la sentimental, la feminista, la loba, la que apartó con sus manos la maleza. Alfonsina es una figura emblemática en la lucha incansable por los derechos políticos y sociales de las mujeres. Y todo eso a principios del siglo XX, cuando el movimiento que en este país se alzaba contra el patriarcado recién comenzaba a tomar impulso y se consideraba, en su gran mayoría, una causa perdida.

Su nombre quizás le marcó el rumbo. Como si fuera premeditado, Alfonsina significa “dispuesta a todo”. A los 15 años recorrió varias provincias como actriz de un grupo de teatro. Y a los 19 viajó desde Rosario hacia Buenos Aires, embarazada de un hijo sin padre, consecuencia de un amor sin ley como decía ella. Fue madre soltera, orgullosa de sí misma, pasando por alto los prejuicios morales de una sociedad conservadora, hipócrita y farsante.

Fue docente y periodista. Firmó textos de divulgación con los que causó gran revuelo. Escribió ensayos, cuentos y teatro, incluso para el público infantil. Su estilo poético marcó una indiscutida vanguardia por su riqueza metafórica, por su verso libre y desenvuelto. Llegó a leer sus textos en teatros, a los que acudían para escucharla, incluso trabajadoras de las clases más postergadas, como las mujeres lavanderas.

Supo ganarse un lugar de respeto entre los intelectuales de su tiempo que se reunían en el café Tortoni. Y también se unió a socialistas y anarquistas que peleaban en las calles para denunciar sin contemplaciones la explotación y la discriminación laboral femenina. En 1919, participó en la huelga de las telefonistas. Al año siguiente, cuando el sufragio para ellas estaba prohibido, formó parte de un simulacro de voto de mujeres. Sesenta y cinco años antes de que fuera promulgada, ya exigía la existencia de la Ley de Divorcio, y fue la primera jurado mujer en un concurso literario, al que finalmente renunció porque no respetaron su voto.

Insolente, implacable, despiadada con los cómplices de la opresión. Sarcástica y feroz con las propias mujeres resignadas a cumplir un papel de sumisas y abnegadas. Alentaba a jóvenes y señoras a dejar de lado su cobardía material para salir a ganarse como fuese un espacio en la sociedad más allá del matrimonio. Ironizaba sobre aquellas miedosas que buscaban casarse para solucionar sus preocupaciones económicas. Cuestionó siempre las pesadas tradiciones que impedían elegir un destino verdadero de emancipación y libertad. Su gran popularidad se contrarrestó muchas veces con la incomprensión de sus colegas, que solían mirarla como una figura amenazante y peligrosa.

En unas vacaciones comenzó a sentir molestias en el pecho y, tras algunos estudios, le diagnosticaron cáncer. La operaron y aceptó ser sometida al tratamiento, pero los persistentes dolores le indicaron que el final era inminente.

Un día partió hacia Mar del Plata, su ciudad favorita, para finalmente abrazarse a la inmensidad del mar y así terminar con la cruel enfermedad que la oprimía. Fue la única batalla que dio por perdida.

Hoy su legado se levanta como un faro que alumbra el camino de las mujeres que no quieren ser rebaño.

Texto: Martín Flores. Alguna vez asistió a una universidad que ya no recuerda. Su más seria formación fue en bares, plazas y trenes. Realiza ocasionalmente actividades vinculadas al periodismo y la literatura. Pero ante todo, cree en la poesía, porque es capaz de revelarnos esa clara certeza sobre lo único que somos: un vulnerable y precario animal que sueña.

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